Al expolio de víveres para los pobres

Tenemos una nueva versión de Robin de los bosques en formato español. El alcalde de Marinaleda, diputado por Izquierda Unida, ha asaltado un Mercadona proveyéndose de alimentos no perecederos de primera necesidad, para depositarlos en el Banco de Alimentos de la zona. Se sitúa en esa franja peligrosa en la que pagan justos por pecadores. Más le valdría ejercer su cargo para convencer desde su escaño a los representantes parlamentarios, sobre leyes injustas que provocan situaciones a su vez también injustas. En una espiral destructora que no nos lleva a ninguna parte. Este diputado junto a unos sindicalistas exaltados defiende la paradoja. Si los de arriba roban a los pobres, los pobres robaremos a los de arriba.

La cuestión está mal planteada. La ley debe respetarse para que no se creen situaciones de injusticia sangrante. Pero lo cierto es que la crisis obedece más bien a la debilidad de criterios morales entre nuestros representantes parlamentarios. Cuando la política no busca el bien común, sino tan sólo beneficiarse de las prebendas de un cargo, la crisis se hace inevitable. Ningún gobierno debiera consentir que existiesen paraísos fiscales, o sociedades opacas que esconden capitales, mientras se destruye empleo y se sitúa al borde de la miseria a miles de ciudadanos. Cuando no hay límite para el enriquecimiento y existen personas cuyo patrimonio podría alimentar a millones de seres, nos encontramos en una situación de desigualdad abismal que convierte al hombre en un lobo para el hombre.

La propiedad privada es legítima, nadie lo duda, la Iglesia la defiende. Pero lo que no puede ser justo es la acumulación de riqueza, donde merced a la sociedad globalizada, unas cuantas fortunas manejan como títeres a las naciones. Esa situación deja indefensa la justicia distributiva. Por mucho que se establezca un salario mínimo, no parece en cambio que nadie regule un beneficio máximo limitado. Y desgraciadamente el poder que conlleva la acumulación de capital mediante multinacionales que se expanden como una tela de araña, actuando como lobbys que ejercen su influencia para manejar la sociedad a su antojo, es una de las causas de nuestra crisis económica.

Ahora mismo un simple trabajador está vendido a su suerte y el poco ahorro del que pueda disponer lo sitúa en los bancos de su país. Pero todos sabemos que los grandes empresarios de España manejan sociedades paralelas por la que se escapa el capital que debería estar en nuestro país, para acumularse en otras zonas geográficas. Las nuevas tecnologías pueden ahora influir en los mercados las veinticuatro horas. Porque operan ininterrumpidamente. Es necesario que se establezcan por parte de las naciones una regulación del capital que impida crisis como la que estamos viviendo. De lo contrario es obvio que nos encontraremos a medida que transcurra el tiempo en una zona cada día más peligrosa.

Si ahora el tejido industrial queda desmantelado porque resulta más productivo invertir en países emergentes, con condiciones laborales infames. El mal se traslada de un lado a otro, y repercute al final en ambos países. El totalitarismo financiero es el nuevo monstruo de este incipiente siglo XXI. No existe nada que no se haya experimentado con anterioridad. El colonialismo supuso un enriquecimiento desigual que exprimía a unos pueblos a favor de otros. Es peligroso que este nuevo colonialismo obedezca otra vez a ciertos intereses particulares. Por ello es necesario que los organismos reguladores se ocupen al menos de establecer principios y acuerdos que fomenten el bien común. Esa dinámica debe ser prioritaria en todas las sociedades. Y las leyes deben actuar contra los acaparadores insolidarios que como el rico Epulón banquetean ostentosamente, mientras en su puerta el pobre Lázaro comparte las sobras con los perros.

Y dicho esto que podría considerarse política, en realidad se puede afirmar que consiste en aplicar la compasión y la empatía a favor de un mundo más solidario y humano, según los criterios del mismo Jesús de Nazaret. Ocuparse del bienestar de los demás, es el deber de cualquier cristiano, nadie puede sentirse indiferente ante la miseria de su hermano, porque todos en definitiva estamos aquí para aprender a ser mejores personas y vencer el propio egoísmo.

La avaricia es pecado aunque genere riqueza. La explotación del trabajador es pecado, porque no basta con un salario miserable, sino que debe existir un salario que les permita vivir con dignidad. Y aprovecharse de la crisis también es pecado. Basta con leer el evangelio para comprender que Jesús de Nazaret propone un hombre capaz de dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Ojalá lo puedan entender también quienes miran hacia otro lado mientras la gente se queda sin hogar ni trabajo. La conversión de los corazones cambiaba radicalmente a las personas que se encontraban con Jesús. Dejaban su trabajo, vendían sus posesiones. Sabían que apostaban por aquello que vale la pena, por aquello que nunca perece.

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Acerca de Carmen Bellver

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