Antonio Gala, el agnóstico impenitente

Una de las tragedias permanentes de la Iglesia es su falta de sintonía con la casta intelectual. Es obvio que al estar compuesta de personas llenos de la podredumbre de la que es capaz de alcanzar el ser humano, siempre encontraremos modelos que son la antítesis de lo que se pretende profesando la fe católica. En la Iglesia no nos cansaremos de repetirlo se esconden los mismos males que agobian al ser humano fuera de ella.

No es extraño por tanto que el intelectual, normalmente muy orgulloso de su ego, no en vano es adulado por el mundo en base a sus propios talentos. Decida que la Iglesia es culpable por acción u omisión de una serie de males endémicos en la historia de la humanidad. En especial el de ser incapaz de pensar por sí mismos y vivir supeditados a la ley del pecado. De nada vale decir que no se trata de culpabilizar al ser humano y sus emociones más íntimas. Sino de liberarlo del yugo del mal que suele esconderse en los refajos de nuestra humanidad.

Para ello el camino se convierte en un pulso acerado y agotador, enfrentando cada una de nuestras pasiones y retándolas sin miedo. Es mucho más cómodo dejarse llevar, caer en esa indolencia que supedita el intelecto a los instintos más básicos y considera culpable de nuestra lucha entre el bien y el mal a la Santa Iglesia Católica. De manera que no es extraño encontrar a Antonio Gala pontificando que la Iglesia es una hija de la gran puta. Es casi seguro que exclamaciones similares son abono fácil entre la crema de la intelectualidad. Porque aunque ellos no lo saben, el narcisismo del creador, le impide someterse a ninguna norma o ley que regule su voracidad intelectual.

La libertad aparente de hacer lo que me de la real gana, sin que nadie me considere inmoral, es el abono necesario para que nazca un anticlerical. Y de esos los hay incluso en gran número dentro de las filas de la misma Iglesia. Son requeridos para estampar su firma en algún artículo que profundice entre la dicotomía de Dios y jerarquía. En realidad se trata de romper el monopolio moral de una Institución que lleva siglos diciendo dónde está el límite entre el bien y el mal. Como es obvio, a un libre pensador, semejante paparrucha le sabe a secta posesiva que se sirve del miedo a la condenación para dominar al individuo.

Si pudiéramos unir las declaraciones sobre la Iglesia de reputados intelectuales, tendríamos una colección de improperios sonoros que son el caldo de cultivo en el que se bañan algunos. Con el paso del tiempo esa inquina sobre la clerecía se ha ido trasmutando en un enfrentamiento con la jerarquía. Porque desde que la opción por los pobres les desmontó sus troneras verbales, ya saben distinguir entre los esforzados hijos de la Iglesia y los malévolos hijos de la gran ramera.

En cualquier caso si ustedes me dan un Antonio Gala cualquiera, que fue expulsado de la cartuja y terminó aborreciendo aquello que en su día le movió a dejar el mundo. Solo me estarán mostrando la metamorfosis de un ego hacia el máximo exponencial de la necedad. Porque son capaces de aventar sus fantasmas del pasado con amargura de viejos corroídos en su interior, incapaces de encontrar en la Iglesia a la madre en cuyo seno crece de manera maravillosa la fuerza del Espíritu Santo. Dando lugar a personas entregadas y generosas capaces de darse a los demás, aún a costa de grandes renuncias.

Es precisamente esa decisión radical que está escrita en oro en el Evangelio y que pide tomar la cruz y seguir a Cristo, negándose a sí mismo. La dificultad en la que todo creyente se encuentra inmerso. Algo que no es posible sin una cierta dosis de humildad y muchas caídas en las que hay que encontrar la fuerza para levantarse y seguir adelante.

Si hasta San Pablo tuvo que confesar que no hacia el bien que quería sino el mal que no quería (Romanos 7, 19-25), que no será de nosotros pobres pecadores. Por eso a Antonio Gala convendría decirle con el refranero en mano: Treinta monjes y un abad no pueden hacer beber a un asno contra su voluntad.

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Acerca de Carmen Bellver

Colabora en los medios de comunicación aportando su visión desde el humanismo cristiano
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3 respuestas a Antonio Gala, el agnóstico impenitente

  1. Hola Carmen, lo del asno me ha encantado:)
    Visita mi blog(puede que no compartas mi sentido del humor), lo dices y punto
    Saludos

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  2. Un intelectual es alguien completamente inútil que cree que sabe mucho de todo

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  3. Silveri Garrell dijo:

    Pues no sabía que A. Gala hubiera sido novicio cartujo, en algo nos parecemos el y yo que tambien pasé una temporada en la Cartuja. Realmente la Iglesia esta llena de defectos y a veces a los mismos cristianos nos coge cierta “rabia” para criticar a la Institución. Consiste en hacer la teologia en la frontera, donde siempre existe el peligro de pasarse de raya, pero si no se trabaja en la “frontera” a veces quienes son pensadores profundos se aburren. Ya lo dijo el Padre Ballarín que la Iglesia quiere ovejas obedientes pero si de vez en cuando no aparece alguna “cabra” la cosa resulta aburrida. San Francisco de Asis fué una “cabra” segun Ballarín pero se inclinó delante de los papas.

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