Los ricos, el camello y la aguja

Sabemos que hay salarios astronómicos que resultan casi ofensivos. Si hacemos caso de aquella máxima que dice: todo lo que te sobra se lo has robado a alguien, tenemos que reconocer que la alta élite de cualquier país que vive por encima de la media con salarios superiores a 500.000 euros al año, tampoco cumple con el proverbio del Eclesiástico: “No hagas sufrir al que tiene hambre ni irrites al que está en la miseria”.

Ahora nos dicen que esos 500.000 euros anuales son el límite que podrán recibir como remuneración los directivos de entidades rescatadas. Según ese parámetro, hay incluso quienes podrán supera la citada cantidad mientras miles de personas no tienen ni siquiera lo necesario. Al repartir la cifra en catorce pagas anuales nos da unos ingresos mensuales de 35.714 euros al mes. El salario mínimo está alrededor de los 641 euros. Y un sueldo medio asciende a 1.670 euros al mes. Al hacer un simple cálculo matemático sobre el salario medio tenemos que directivos de entidades rescatadas estarán percibiendo un salario superior al 2.138% del salario medio.

Es evidente que esas retribuciones sobrepasan con mucho el nivel de vida normal de cualquier ciudadano. Y resultan bochornosas para los miles de trabajadores en paro. Pues señores así están las cosas. De esa manera podemos comprender que la avaricia de unos es la miseria de otros. No niego el derecho a cobrar un salario de acorde con las responsabilidades del cargo. Pero es que precisamente los consejeros y directivos de las entidades rescatadas no fueron capaces de gestionar con solvencia los ahorros de miles de sufridos contribuyentes. Se da la paradoja de que recibieron remuneraciones blindadas que les cubrían las espaldas aún cuando llevasen a la ruina esas entidades para las que trabajaban. Que se sepa hasta la fecha ninguno está en la cárcel ni ha devuelto salarios percibidos inmerecidamente.

Si no existe la honradez y el sentido del bien común. Si lo que prima es la ley de la selva y el acaparar beneficios a costa de arruinar a otros. Es obvio que las leyes no son justas ni defienden con ecuanimidad a todos los ciudadanos. Porque sabemos que la usura fue siempre considerada pecado por la Iglesia. Y falsear los datos contables para poder crear sociedades paralelas que escondan los bienes a la Hacienda pública también es un delito. Pero parece ser que hasta los mismos Gobiernos están de acuerdo en facilitar los paraísos fiscales y la evasión del capital.

Y una empieza a entender que dada la estructura social, podrida y sin visos de mejorar, hasta la Iglesia modificase la oración principal de los cristianos, sustituyendo el personar las deudas, por el perdonar las ofensas. Como si no hubiese ejemplos paradigmáticos en el Evangelio que hablan precisamente de redistribuir la riqueza a favor de los más necesitado: “Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo. Jesús le dijo: Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”. (Lucas, 19, 1-10)

La mala gestión de las Entidades financieras abocó a un consumismo desenfrenado a miles de sencillos trabajadores. Los reclamos publicitarios golpeaban nuestros ojos y oídos. Conseguir un crédito para adquirir una vivienda hipotecándose por 30 años, sin más aval que un salario, la bicoca lanzada como señuelo que como vemos, ha dado lugar a los desahucios por impago. La práctica deontológica debió exigir a las Entidades endeudadas que nadie prestase sin una garantía que cubriese los riesgos.

La solución de los Gobiernos era crear viviendas de protección oficial. No dejar a las Entidades crediticias construir una burbuja inmobiliaria que como en un castillo de naipes, cayó al suelo cuando una de sus cartas no se sostuvo en el pie. Pero los parlamentarios miraron hacia otro lado entretenidos en sus dimes y diretes.

Dicho esto, volvemos a retomar la Doctrina Social de la Iglesia para que se levante una voz sobre la falta de ética que ha estado funcionando durante los últimos años. Una falta total de responsabilidad social que incluso llevó a endeudar a naciones por varias generaciones. Si todo esto no es objeto de análisis jurídico y moral, que nadie se sorprenda cuando las calles se conviertan en una explosión de ira desbordada.

La Iglesia habla por voz de sus obispos, pero está perdiendo la oportunidad de pronunciarse conjuntamente contra las prácticas legales que son injustas y un oprobio para el resto de los ciudadanos. Para que haya una regeneración social no basta con predicar desde los púlpitos, también hay que denunciar el expolio de los poderosos hacia los más desfavorecidos. Y generar esperanza entre los más necesitados. No sólo con el asistencialismo puntual sino con las estructuras sociales necesarias.

Es cierto que la fe habla de una salvación personal, pero desde luego no nos exime de la responsabilidad social hacia los demás, porque precisamente en su origen los cristianos ponían todo en común para todos tuvieran lo necesario. Tal vez sería el momento de crear un Banco ético por parte de la Iglesia, donde la práctica responsable quedase reflejada por encima de la avaricia de los brockers, cuya máxima aspiración es ganar más con menos riesgos. Generando una crisis económica que muestra las verdaderas fauces del capitalismo inhumano al que nos someten los mercados.

Acerca de Carmen Bellver

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