“Anda, ve y no peques más”

No siempre las lecturas nos gustan. No siempre comprendemos aquello que otros sugieren. Así que cuando algo nos importuna solemos pasar página o buscar estrategias interpretativas que calmen el desasosiego. Es lo que le sucede al evangelio de este martes farragoso que algunos no dejan de utilizar como arma arrojadiza:

“En aquel tiempo, habló Jesús diciendo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el décimo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: el derecho, la compasión y la sinceridad! Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que filtráis el mosquito y os tragáis el camello! ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis rebosando de robo y desenfreno! ¡Fariseo ciego!, limpia primero la copa por dentro, y así quedará limpia también por fuera». (Mateo 23, 23-26).

Estas frases son usadas como arietes contra la casta sacerdotal y religiosa. Pero si leemos con ojos cristalinos, limpios de prejuicios, resulta que nosotros también somos como los escribas y fariseos. También nosotros acusamos a los demás, les cargamos fardos pesados y nos sentimos justificados interiormente. La realidad es clara, el fariseísmo se guarda en los pliegues de nuestra piel. Y podemos vivir una religiosidad falsa como la que recrimina este fragmento del Evangelio.

¿Acaso asistir al cumplimiento dominguero, nos salva de la hipocresía?. Realmente no, porque en el interior se oculta un corazón hermético, cerrado a las necesidades del prójimo, callado ante las injusticias que sus ojos pueden observar. Un corazón que aparenta exteriormente un cristianismo que está muy lejos de vivir. Y eso es hipocresía, especialmente cuando se mira con autosuficiencia a aquellos que viven de espaldas a Dios, y se considera mejor o superior, por practicar unos ritos semanales.

Ese corazón está tan muerto como el de los escribas y fariseos de la Palestina del siglo I Porque de lo que se trata es precisamente de ver en el interior, esa parte oculta a los ojos indiscretos. Allí en lo escondido es donde se acumulan las maledicencias, las condenas injustas, los orgullos y vanidades. Es en lo oculto donde se juega de verdad la salvación de un alma. Por mucho que edifiquemos una aparente virtud exterior, donde Dios mira, es precisamente al interior. Por eso este evangelio va para todos, no sólo para una jerarquía a la que deseamos atribuir todos los males. No, la realidad es que la jerarquía como el fiel anónimo, tiene que vivir una espiritualidad encarnada, no aparente y fundamentada en ritos vacios de contenido.

Es curioso que utilicemos los fragmentos del Evangelio como armas arrojadizas. Más nos valdría recordar aquello que escribe Lucas 6, 27-38: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante”. Deberíamos vivir siempre unidos al beneficio de la duda cuando miramos a los demás. Pero es cierto que la vida se empeña en enfrentarnos ante situaciones que nos obliga a tomar partido.

De manera que al interpretar los textos podemos comprender que ante el pecador debemos ser comprensivos, pero no ante el pecado o el mal. Es decir que aquello que lleva implícito un acto reprochable debe ser valorado como pernicioso. Sin ningún género de duda. Como Jesús podemos disculpar al pecador, pero debemos despedirle diciendo “Anda ve y no peques más”. Y en este sentido aquellos que vive dedicados al culto y los sacramentos tienen la obligación moral de no escandalizar a los demás. Pero también los fieles cristianos deben dejar de cargarles fardos pesados a sus espaldas, porque en definitiva son seres humanos como nosotros.

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Acerca de Carmen Bellver

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