“Esas pequeñas cosas, que nos dejó un tiempo de rosas”

Hablando de lecturas, seguimos asomando a este balcón el Evangelio del día. Es un buen momento para reflexionar sobre el mismo. Y hoy la cosa está un poco seria. Muy fatalista, pero con su dosis de esperanza, como debe ser. La vida eterna es nuestra meta y el Señor nos prepara para ese día en el que tendremos que saltar a sus brazos.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre. ¿Dónde hay un criado fiel y cuidadoso, a quien el amo encarga de dar a la servidumbre la comida a sus horas? Pues, dichoso ese criado, si el amo, al llegar, lo encuentra portándose así. Os aseguro que le confiará la administración de todos sus bienes. Pero si el criado es un canalla y, pensando que su amo tardará, empieza a pegar a sus compañeros, y a comer y a beber con los borrachos, el día y la hora que menos se lo espera, llegará el amo y lo hará pedazos, mandándolo a donde se manda a los hipócritas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.» (Mateo 24, 42-51).

Recuerdo haber pensado en la muerte como algo posible a los diecinueve años. Me encontraron un tumor óseo en la rodilla. La posibilidad de cortarme la pierna y dejarme tullida estaba ahí, lo mismo que la evolución posterior si aquello resultaba ser maligno. La verdad es que me quedé enfada con el Señor. Le dije que no había hecho nada en la vida, salvo trabajar y estudiar. Qué tenía que presentarle ante su presencia. Me parecía aquello una verdadera broma. Me iba con las manos vacías.

Han pasado muchos años, los suficientes para que hoy la valoración no pueda cargarse de fatalismo, de esa trágica desdicha de tener poca edad. Pero lo cierto es que si tuviera que presentarme ante el Señor, volvería a sentir que no podía llevarle gran cosa a su presencia. Así que con cierto aire resignado tengo que concluir que la vida es un ramillete de anécdotas en las que lo que cuenta está oculto a nuestros propios ojos.

Me pregunto qué valorará el Señor de mi pobre vida. Y sospecho que será la intención con la que he ido haciendo las cosas. El anhelo profundo de salir adelante pese a dificultades y reveses. El cuidado puesto en los detalles para hacer la vida agradable a los demás. Creo que son esas pequeñas cosas de cada día, las rutinarias que se escapan de nuestros dedos, las que dan consistencia a lo vivido.

Porque en definitiva las zonas grises por donde discurrimos los mortales, que no alcanzamos el Olimpo de la notoriedad, sino más bien que estamos sometidos a la aplastante mediocridad de cualquier ciudadano. Digo que esas personas que somos tú y yo, querido lector. Tenemos que suplicar al Señor que perdone nuestras miserias, porque lo hicimos lo mejor que supimos y no siempre acertamos.

Y si viene hoy, como si viene mañana. Lo mejor que podemos hacer es pensar que construimos nuestra historia para la eternidad. Allí donde todo luce con claridad y nada queda oculto porque no hay nada que ocultar. Confío que el Señor me perdone por el mal que haya podido hacer, casi con seguridad sin mucha conciencia de haberlo hecho. Y que en la balanza ponga ese anhelo de superar los obstáculos y afrontar los riesgos con buen humor. Porque en definitiva no siempre construimos el futuro que soñamos, pero ciertamente sin los sueños tampoco existiría nuestro futuro.

Del relato de hoy me quedo con la idea de que debemos hacer las cosas lo mejor posible, con buena voluntad, para que el Señor nos encuentre disponibles y preparados a descansar nuestras miserias entre sus brazos.

Acerca de Carmen Bellver

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