El adiós a Carrillo en tiempos revueltos

Se nos ha muerto Carrillo y ya podemos decir con propiedad que con doce años de retraso se ha muerto también el siglo XX. El siglo de la Revolución de Octubre y de dos guerras mundiales, el siglo de la guerra de Corea y la de Vietnam, el siglo del mayo del 68 y del Concilio Vaticano II. El siglo en el que el hombre pisó la Luna, cuyo protagonista también se nos iba hace poco.

Y con tanto óbito de relumbrón a una le sobreviene la angustia de no ver por asomo ninguna figura con el carisma que arrastraba Carrillo, con su laureado protagonismo en la transición, que no fue otra cosa que una nueva traición a su propio partido, una de las muchas traiciones que realizaría a lo largo de su vida. Con el cambio de camisa en la segunda República, trasmutado de socialista en comunista y exiliado de lujo. Todo un sobreviviente en tiempos revueltos, con apariciones estelares y liderando junto al partido comunista francés e italiano el transformismo de izquierdas. Lo que ha quedado de esa época debía de producir extrañeza en nuestro paisano Carrillo.

El fracaso de la izquierda es hoy tan patente que la fotografía que preside su cabecera de cuerpo presente suena a broma macabra: “El capitalismo puede llegar a destruir la raza humana”. Ahí es nada, una frase para la posteridad, una frase que en plena crisis de la sociedad democrática que veníamos conociendo, se presenta muy ceniza. Porque lo cierto es que el capitalismo ha sobrevivido al siglo XX y parece dispuesto a reinar en el siglo XXI, eso sí con su cohorte de víctimas de cualquier clase y condición.

Porque si en el siglo XX la España de la República intentaba hacer una reforma agraria, para evitar la pobreza y la hambruna. La España actual no tiene más reforma que la de apretar el cinturón a los más desfavorecidos. De manera que se nos mueren también las utopías. Y nos hacen falta constructores de esperanza. Y en eso Carrillo fue todo un pionero. Se ha dado a conocer con su fallecimiento el decálogo del buen socialista y a lo que parece, sus consignas eran bastante radicales, muy alejadas del aspecto bonachón de este abuelito cebolleta de la izquierda más casposa.

Su herencia nos muestra el pragmatismo y la flema de quien sabe resistir, sople el viento que sople. Y si luchó por la República fue monárquico hasta la tumba, sin un mohín de repugnancia por esa trasformación. Porque para Carrillo ser Juancarlista era estar a favor del progreso, significase lo que significase. Otra cosa diferente era comulgar con la aristocracia, que para eso él era de la tribu de patricios del pueblo que hace historia.

Y ahí lo dejan las hemerotecas, encumbrado como líder de la Transición, que hizo posible ir a las urnas a las dos Españas, sin que corriese ningún río de sangre fratricida, aunque tampoco se puede decir que esa Transición fuera pacífica y modélica. Y si no, que pregunten a las víctimas del terrorismo, que todavía en estos albores del siglo XXI sienten que están abandonadas, que son las grandes perdedoras de esa monarquía parlamentaria que tanto admiraba Carrillo.

Es buen momento para hacer balance. Sin la Revolución de Octubre, probablemente el mundo sería hoy muy diferente. Y a esos luchadores del proletariado es justo reconocerles que les debemos los años de bienestar que hoy parecen condenados al olvido. No sabemos si Carrillo era europeísta convencido o un escéptico en la distancia de su dorado retiro. Lo que no cabe duda es que fue un superviviente en tiempos difíciles. No mucho menos que los actuales, con la diferencia de que hoy no parecen acompañarnos personajes con su capacidad de liderazgo. Descanse en paz y que el Señor lo juzgue con misericordia, probablemente lo hará con más benignidad de la que él tuvo jamás con sus adversarios.

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Acerca de Carmen Bellver

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