La Iglesia de las dos banderas

Estamos a un paso de celebrar el año de la Fe convocado por Benedicto XVI. Y al parecer la fe es un vaso frágil que algunos utilizan como objetos arrojadizos. Si hay algo que siempre me ha parecido monstruoso fue el calificativo de las dos Españas. No sólo por sus consecuencias trágicas, sino por la frivolidad con la que era utilizada por ciertos medios. De la misma manera me preocupa que exista la fe fetén, la progre y profética y la fe del carbonero, el fanático o el ultra. Y que ambas se enfrenten dividiendo a la Iglesia en dos banderas.

Seamos consecuentes. La fe es un don y se vive con diferente grado de intensidad por las personas. Pero lo que no es ni debe nunca ser es una mera ideología para clasificar las tribus urbanas. Considerar que mi fe es mejor que la de otro es una boutade. Porque la fe católica tiene una doctrina clara y meridiana que tiene un catecismo que es como el manual de primeros auxilios para cualquier creyente. Y en esos puntos tenemos que estar todos de acuerdo
.
Un catecismo que reivindica Benedicto XVI, artífice de su redacción, porque nos sirve para crecer y madurar sin peligrosos deslices, tan propios de los aventureros del espíritu. Y lo que no puede ser es que nos vendan a personajes de dudosa ortodoxia como los avanzados del espíritu, los teólogos de frontera. Como si el hecho de discrepar diera mayor autenticidad a sus postulados. Y discrepar de la doctrina de la Iglesia en materia grave, es tanto como situarse al margen de la fe católica, pero al abrigo de un cómodo refugio, el del personaje díscolo que tanto vende en algunos aforos.

Hay que huir de los iconos mediáticos utilizados sabiamente para dividir hermanos. Es un producto caducado que ha erosionado a la Iglesia durante toda su existencia. Porque hay intereses ocultos dispuestos siempre a levantar las dos banderas para ofrecer un conflicto que les beneficia, pero que tan sólo es un brindis al sol. Ninguno de ellos será recordado por la Iglesia en el futuro.

La realidad es que hay que enseñar a amar a la Iglesia como cuerpo de Cristo, donde nos reunimos todos para apoyarnos mutuamente. No para destrozarnos entre nosotros. Y hay que tener muy claro que llevamos en vasos frágiles la herencia de muchas generaciones. Herencia que tenemos que trasmitir sin añadidos superficiales. Por eso es tan importante el catecismo para educar la fe de los sencillos. Los instruidos suelen ir por libre y además son consultados por otros instruidos. La realidad es que a pesar de tantos medios de comunicación, si hiciéramos una lista de renombrados y reputados teólogos y la pasáramos como una quiniela por manos de los feligreses de cualquier parroquia, el resultado sería muy instructivo.

La fe de las parroquias se salva por el catecismo y la fidelidad de sus miembros a la vida de los sacramentos, no por las aventuras espirituales de ilustrados y reputados intelectuales de lo religioso. La fe que hace crecer a las personas es tan sencilla que no necesita de intérpretes, les basta con la fidelidad diaria en la lectura de la Palabra de Dios y la oración. Esa fe se trasmite de padres a hijos y si está bien cimentada, podrá recibir el envite de los elementos, pero nunca será derribada. Porque está construida en sólidos pilares.

La fe del aventurero espiritual que picotea como una paloma, alimentándose de subproductos elaborados mediáticamente, es una fe que no sufre los envites de los elementos y suele quebrarse al primer vendaval. Y eso es lo que les ha sucedido a muchos buscadores de mantras espirituales.

El año de la fe es una nueva oportunidad para presentar la misma propuesta de hace dos mil años. Ofrecer una fe que sirve para salvar almas. Algo que muchos olvidan cuando elaboran subproductos edulcorados que llevan veneno en sus condimentos. Porque la fe es exigente, dura, a veces incluso nos lleva a la oscuridad para purificarse y acrisolarse como un diamante.

Roguemos todos para que este año de la fe permita llenar de frutos espirituales la Iglesia. Frutos que llevarán el sello del espíritu y por tanto no serán percibidos por aquellos que sólo se fijan en lo aparente. No serán anunciados por los altavoces de este mundo, pero dejarán el sabor de lo auténtico, de lo que verdaderamente vale la pena.

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Acerca de Carmen Bellver

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