La banalización de la actualidad mediática

Estamos entrando de lleno en el mundo de las adicciones. Algunas ya son consideradas trastornos psiquiátricos. Perturban la vida emocional de quienes sufren sus patologías. Entre las muchas adicciones a que estamos sometidos se encuentra Internet, con toda su clase de estímulos: video juegos, noticias, música. El campo es muy amplio. No necesariamente tenemos que pensar que los ludópatas o pornógrafos, son exclusivamente los seres perturbados que pululan por la red. En realidad la sociedad del siglo XXI se desenvuelve en unos ámbitos de estímulos auditivos y visuales, que nos distancias de nuestros predecesores en la historia de la humanidad.

Hay quien consume televisión, bien sean espacios puntuales o a discreción, lo que caiga. Y se observa el síndrome de abstinencia. Muchas personas no pueden vivir sin estar conectados. Todas ellas sin lugar a dudas sufrirán trastornos de concentración y una gran dispersión mental. El estímulo constante de noticias puede embotar la mente hasta la saturación. Es un fenómeno conocido por todos los expertos. La sobre exposición sin capacidad para asimilar, produce labilidad mental, con incapacidad para procesar adecuadamente los datos.

El fenómeno nos afecta a todos por igual, aunque algunas profesiones están más expuestas. Especialmente los periodistas que acuden a Internet para recabar información. El personaje serio de investigador que patea la calle está perdiendo fuerza. Y es un grave problema porque con él, también dejamos de encontrar a gente que sabe procesar la información y la expone con rigor. El riesgo de ser medidos por parámetros tan poco rigurosos como el nivel de audiencia, o la cantidad de entradas en una página de Internet, son factores que van contra la calidad y la seriedad. Nos convierten a todos en objetos de consumo, en comparsas amaestradas por unos intereses que no valoran el talento, sino exclusivamente la capacidad de generar beneficios.

Contra este utilitarismo la Doctrina Social de la Iglesia reivindica el personalismo por encima de cualquier otra consideración. El individuo debe ser el centro que mide el progreso de una sociedad. Y humanizar la sociedad sólo es posible en la medida que nos alejamos de los parámetros señalados. La audiencia no puede comprometer la calidad de un programa. Salvo que en el fondo se desee embrutecer a la persona. Sometiéndola al impulso de la banalidad.

Una cosa es buscar distracción enriqueciéndose, y de ello podemos dar fe en el cine, la televisión, la música, o la literatura. Otra cosa diferente es buscar la evasión, aquello que nos evita interrogarnos mentalmente sobre los acontecimientos de los que somos observadores. En este último supuesto nos dejamos invadir por cualquier programa, situándonos en el limbo mental, dejando que otros dirijan nuestra capacidad crítica hasta el anonadamiento.

El peligro además lo comparte ahora toda la familia que se convierte en objeto de consumo individual. Ya no contemplamos juntos la televisión, eludiendo el comentario enriquecedor y oportuno sobre lo que vemos. La falta de análisis es embrutecedora, porque nos deja a merced de los manipuladores de la opinión pública. De manera que llegamos a considerar normal, cosas que no lo son en absoluto. Perdiendo la capacidad crítica.

Podríamos señalar muchos programas o noticias que son objeto de esa manipulación para hacer parecer normal, aquello que no lo es en absoluto. Y que a fuerza de estar siempre en antena, en la red o en boca de todos, termina por convertirse en un mantra indestructible.

Si quieren que les señale una de las noticias más socorridas de esta crisis, resumiré que consiste en repetir hasta la saciedad que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Sin que nadie saque a la luz el mal reparto de los bienes de esta tierra, que están en manos de unos pocos privilegiados, cuyas fortunas bastarían para solucionar la deuda pública de nuestro país. El silencio ominoso sobre esa acumulación de bienes y capital en pocas manos, es más doloroso cuando se pone la tijera sobre cosas tan básicas como la salud o la educación.

Y en esa sobre exposición a la crisis tan milimetrada por los medios de comunicación, terminamos por concluir que son necesarias cualquier medida, aunque consista en reducir la calidad de los servicios públicos y desmantelar el estado de bienestar. Y los cristianos, debemos señalar que es posible mantener los servicios públicos, siempre que evitemos que unos pocos se enriquezcan de las crisis generadas por un sistema injusto e insolidario.

Si los gobiernos tuvieran interés en solucionar esta crisis, entrarían a saco en los paraísos fiscales, y desde luego dejarían caer el peso de la ley en aquellas entidades bancarias que han buscado el máximo beneficio sin medir las consecuencias de su alocado salto al vacío. Esa responsabilidad de políticos y banqueros, es algo que está solapado convenientemente por los medios, que tampoco tienen demasiados escrúpulos en convertir lo noticioso en cabecera de portada, dejando las sesudas reflexiones para los columnistas de opinión. Sustrayendo así el análisis objetivo de los hechos, por un batiburrillo de lugares comunes.

Afortunadamente, siempre encontraremos la excepción que confirma la regla. Por eso, pese al batiburrillo mediático, podemos encontrar los hilos maestros que conducen al análisis riguroso y no caen en lugares comunes.

Acerca de Carmen Bellver

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