El reto del Año de la Fe

En este año de la fe queda claro que la Iglesia tiene que contar con los laicos. Entre otras cosas porque su ejército de evangelizadores a pie de obra, los sacerdotes, está en franca minoría. Puede que por ahí venga un cambio radical en la estructura de la Iglesia. Un cambio que lo provoca las circunstancias. Y sí en el Concilio Vaticano II se hablaba del papel de los laicos, a partir de este año de la fe, ese papel puede cobrar una relevancia significativa.

La estructura romana de la Iglesia tiene muchas ventajas. La hace eficaz, la constituye en una máquina bien engrasada donde cada pieza ocupa el lugar que le corresponde. Sin embargo esa máquina está sufriendo ahora los rigores de un nuevo mundo. Un mundo que ha vuelto la espalda a Dios. Que no le necesita, ni parece importarle en absoluto. Un mundo que se cree señor y dueño de la vida, y por ello legisla leyes que chocan directamente con el respeto a las mismas leyes de la creación.

El ser humano es por naturaleza transgresor de lo establecido. Y además cooperador de la creación, porque así lo quiso el mismo Creador. No es extraño que se le suba el ego como la espuma y olvide que en definitiva no es más que un mortal, revestido de una categoría especial porque así lo quiso Dios.

El año de la fe debe ser el año en el que los creyentes se conviertan en evangelizadores. Y crear esas células en las parroquias resulta más difícil de lo que a primera vista pueda parecer. Porque las miles de parroquias que hay en el mundo están supeditadas a ser más expendedoras de sacramentos que células vivas de fe. Y sin embargo, cada una de ellas trabaja contra los elementos en todos los campos. Desde las cáritas locales a las fiestas religiosas y las reuniones pastorales.

Y tal vez eso sea lo que debe caracterizar nuestro camino evangelizador. Sabernos trasmisores de un tesoro que nos desborda y que actúa según sus propios ritmos, sin que nosotros lo lleguemos a entender. Esos ritmos son fecundos cuando encontramos conversos y cuando vemos que llegan a la Iglesia gente que había estado alejada de la misma.

No ofrecemos una ideología, sino que lo nuestro es dar un flotador a quienes van a la deriva. La salvación del hombre pasa necesariamente por reconocer que es hijo de un Creador. Y por descubrir a Jesucristo como Hijo de Dios hecho hombre, que vino a rescatarnos de las sombras del pecado.

Muchos creyeron que la Iglesia debía olvidar las condenas y ser propositiva. Pero con ello dejaron en la oscuridad a miles de creyentes. La realidad es que el Señor nos ofrece las fuerzas para vencer al pecado. Y no hay que escatimar la palabra, por muy mala prensa que pueda tener. Lo nuestro es buscar la salvación de todos los hombres y para eso hay que ser muy gráficos. Si no creemos que nuestra fe es la que otorga esa salvación, vana será nuestra predicación.

Cuando da lo mismo ocho que ochenta, mejor no salir de casa. Es lo que deben creer miles de jóvenes educados en que cualquier camino es bueno para salvarse. Que cualquier fe vale lo mismo que la nuestra. Que realmente sólo cuenta ser buena persona y que para esto último no se necesita pertenecer a ninguna Iglesia.

Pero esa no fue la actitud de Jesucristo que caminó por los pueblos y ciudades de Palestina pidiendo la conversión de los corazones. Hasta tal punto que exige al joven rico de este domingo que venda todo lo que tiene y se lo dé a los pobres. Es decir que pide que se implique toda la persona en los valores de un Reino que no tiene nada que ver con los valores de este mundo.

Ese Reino de amor fraterno sólo se construye cuando se ama hasta que duele. Como muy bien nos han enseñado tantos santos a lo largo de la historia del cristianismo. Si la fe no duele, podemos empezar a sospechar que somos como el joven rico, buenos y generosos, pero sin darnos al máximo, sin donarnos plenamente. Y esto último es lo que pide el Señor.

Que el año de la fe nos ayude a renovarnos interiormente, para creer que aquello que profesamos debe ser propagado como lo único que vale la pena. Si no creemos que esto es así, difícilmente seremos evangelizadores.

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Acerca de Carmen Bellver

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2 respuestas a El reto del Año de la Fe

  1. Muy buena tu metáfora comparando a la Iglesia como una maquina donde sus engranajes tienen que ser modernizados de acuerdo con el progreso de la humanidad. Es cierto que hasta unos pocos siglos la Iglesia aparece más como una institución dispensadora de sacramentos que una institución de familias fraternales. Como detalle curioso tengo entendido que en las iglesias ortodoxas no dan la Comunión a cualqiuiera sinó a quienes forman parte de las parroquias. Se debe empezar por ahi: no regalar el Tesoro a desconocidos.

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  2. Así es Silveri. Un saludo

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