El Domund y el reto de la fe

Hoy es el día del Domund y nos hace pensar cómo ha cambiado la población de esta vieja Europa. Antaño exportadora de misioneros que evangelizaron las tierras de continentes lejanos. Hoy receptora de una inmigración variopinta que ha cambiado el mapa sociológico de esta tierra. Aquellas huchas pequeñas que llevábamos para recolectar ayudas a los misioneros, mostraban las razas del mundo. Esas razas están ahora conviviendo con nosotros. La misión ya no está en países lejanos, se encuentra ahora en nuestras calles y pueblos, donde malviven tantas personas sacudidas por la crisis. Cada uno en su pequeño gueto.

Y la misión tampoco consiste ahora en poner tiritas a las grietas del estado de bienestar. Porque de lo que se trata es de Evangelizar el mundo. Tal vez nos habíamos olvidado que predicar a todas horas el Evangelio y convertir los corazones es el motor que cambia las sociedades y las hace más humanas. Tal vez nos preocupamos sólo de dar servicios y ayudas escamoteando la Palabra de Dios. En este año de la fe, y con el Sínodo de Obispos hablando de la nueva Evangelización, no queda ninguna duda de que el hombre debe recibir el mensaje de la salvación.

Nuestro país es ahora multicultural, seguimos exportando misioneros, pero también necesitamos gente que predique en todo tiempo y lugar el Evangelio del Señor. Y ojo, porque esto es imprescindible, ya que en los últimos años hemos convertido el buenismo en la marca de identidad de nuestros jóvenes. Les hemos enseñado a comprometerse con las ONG que batallan en otros continentes. Pero lo fundamental tal vez lo hemos arrinconado, convencidos de que sólo con la bondad basta para salvarse.

La globalización hace ahora más imperativa la misión hacia todos los pueblos del mundo. Sin descartar la vieja Europa gastada y enferma moralmente. Avergonzada de sus raíces cristianas, abducida por políticas absurdas, todas ellas multiculturales que van solapando la propia identidad para arrojarse en brazos de un pluralismo descafeinado. Porque nadie debe tener vergüenza de unas señas de identidad que han marcado el mundo durante generaciones. Unas raíces que se han exportado a otros continentes y que han provocado el desarrollo de numerosos pueblos.

Un misionero no puede ser sólo un asistente social o un cooperador al desarrollo de las poblaciones. El misionero que no haga de la fe su principal seña de identidad terminará perdiendo el norte para pasar a ser otra cosa diferente. Indudablemente toda preocupación por mejorar las condiciones de vida de las poblaciones, vale la pena y tiene sentido, pero la raíz profunda de la misión es la propagación de la fe. Ese fue el motor que impulso a miles de personas a abandonar sus hogares para llevar la Palabra de Dios a rincones remotos. Convencidos de que iban a salvar almas. Ya no se habla de ello, como si la salvación se diera por hecho. De manera que ahora lo que importa es el desarrollo social de esas poblaciones y si acaso un poco de predicación, aunque no mucha, ya que lo importante parece que son otras cosas.

En este día del Domund recordamos a esos miles de esforzados creyentes que han hecho de su fe el motor del impulso para irse a tierras lejanas. Tal vez ellos también han sido sacudidos por la secularización de la sociedad, por la globalización cultural, por el cansancio asténico de quien se siente desbordado ante una tarea titánica. Nada de ello debe desmoralizarnos, porque en todo tiempo y lugar la semilla de la fe es un grano de mostaza. Y esa esperanza es la que debe llevar a confiar en el Señor, que es el rey de la historia.

Estamos en tierra de misión. Sepamos ser también evangelizadores y misioneros de nuestros propios vecinos y amigos. Y sigamos colaborando con aquellos que parten para otros continentes no sólo con nuestros donativos, sino especialmente con la oración.

Acerca de Carmen Bellver

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