Madrid Arena: de la fiesta al caos

En ocasiones suceden acontecimientos que convulsionan a la sociedad. Lo fueron los asesinatos del Salobral que plantearon la conveniencia de elevar la edad de consentimiento sexual. Ahora mismo la tragedia de Halloween en el Madrid Arena con cuatro víctimas de apenas dieciocho años abre numerosos interrogantes. No sólo las preceptivas licencias para realizar macro eventos. O las medidas de seguridad que debieran ser exigidas cuando se junta una multitud de miles de personas.

Todo confluye en la indolencia, el egoísmo y la picaresca. Los males de nuestra sociedad. Fotocopias de entradas que multiplicaban el aforo previsto, ausencia de diligencia para no dejar entrar menores. Escasas medidas de seguridad. Y por qué no decirlo, una juventud atraída por la diversión, a la que pocos ponen límites. Resulta estremecedor que los padres durmiesen aquella noche tranquilos, mientras sus hijos vivían una terrorífica experiencia al límite de la muerte. La costumbre de divertirse por la noche hasta altas horas de la madrugada es ahora la moneda corriente entre nuestros jóvenes. Los festivales y los macro botellones se suceden en diferentes ciudades.

Algo de responsabilidad tenemos los más mayores, que no sabemos proporcionar modelos de diversión más sosegados y seguros. Algo de responsabilidad tiene toda la sociedad por dejar envolver a los jóvenes en las infernales ruedas de la noche bullanguera donde el rock y el alcohol se consumen sin medida. Seguro que entre los jóvenes del Madrid Arena teníamos modelos de diferentes grupos sociales. Y sin embargo confluyeron todos en un mismo recinto.

El modelo de diversión de los últimos años lleva parejo un gasto mensual impensable en otras épocas sociales. Un gasto difícil de asumir por jóvenes que todavía no tienen ingresos regulares porque no han accedido al mundo laboral. Un gasto que cubren las asignaciones familiares y que ellos gestionan como pueden. Muchos de estos jóvenes sienten la necesidad de participar en esas macro fiestas, porque forma parte de su rito de iniciación al mundo de la noche. Algunos porque no saben otros modos alternativos de diversión.

Es suficiente que suceda una tragedia como esta para descubrir lo elemental: que una multitud siempre es peligrosa cuando pierde los nervios. Que asistir a certámenes con miles de personas eleva el riesgo de sufrir algún percance. Que la noche y sus juegos nunca son inocentes. Todo el mundo sabe el riesgo que supone provocar el pánico entre la multitud. Lanzar una bengala en mitad de aquella aglomeración de gente, no fue obra de un bromista inocente, sino más bien consecuencia de la falta de juicio de quien así actuaba.

Ojalá las autoridades municipales pongan las medidas necesarias para que sucesos tan lamentables no vuelvan a suceder. El dispositivo de seguridad en estos casos siempre tiene que superar lo habitual. Lo saben las ciudades que celebran fiestas callejeras que conllevan doblar el operativo policial. Es además necesario establecer cordones sanitarios en diversos puntos, junto con las salidas de emergencia que puedan evacuar en tiempo récord una aglomeración humana sometida a una situación crítica.

Lo lamentable de este suceso es que miles de jóvenes fueron ajenos a la angustia y el caos que vivieron otros tantos a su lado. Como en una extraña paradoja, mientras unos se divertían otros morían en el mismo lugar. Tras este suceso es posible que algunos ya no sean capaces de acudir a otro evento multitudinario. Alguno tal vez reflexione sobre qué sentido tiene la diversión que preludia el caos. Porque en definitiva en casos así nadie es inocente: ni el organizador, ni la autoridad municipal, ni los jóvenes que acuden sabiendo que transgreden las normas.

Como creyentes elevamos una oración por las almas de las víctimas. Pero también exigimos la responsabilidad a quienes utilizan a las masas para beneficio propio, sin importarles las consecuencias de sus negligencias.

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Acerca de Carmen Bellver

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