Historias de Navidad

Desde que tengo uso de razón la Navidad significó un tiempo de asueto, de vacaciones escolares, durante las que disfrutábamos de películas todas las tardes. Películas navideñas por supuesto, pero sobre todo películas familiares. La parrilla de TVE ofrecía un surtido navideño que año tras años solía repetir alguna que otra cinta muy clásica. Las hay que son atemporales, como la de Frank Capra “Qué bello es vivir”, impregnada de valores nobles y de reflexión religiosa, trascendente. Se abre la nostalgia ante la ausencia de ese tipo de cine. Otro clásico era “Mujercitas” que también recogía su escena familiar y navideña, basada en una novela llena de guiños sobre el crecimiento personal y la evolución de una familia durante la guerra de secesión norteamericana.

Hemos de confesar que la abducción mediática del cine norteamericano y su potente industria, colonizó nuestras televisiones durante varias generaciones. Fueron los años clásicos de RTVE, al principio con solo una cadena y luego con dos. Para quienes crecimos por aquellas fechas, sin la furia comercial de esta sociedad globalizada, todavía la televisión era educativa. Los Estudios I presentaban obras de teatro clásicas e imprescindibles para conocer los mejores autores de la historia del teatro. Los concursos salvo el conocido “Un, dos tres”, tenían la pretensión de elevar el conocimiento y la cultura. Sin que esto signifique depreciar a Chicho Ibáñez Serrador que también es un clásico de aquella televisión.

En nuestro cine también encontramos la típica película navideña, “La gran familia” de Fernando Palacios (1962), presenta los avatares de una familia numerosa, con el gran José Isbert junto a Alberto Closas. Pero no puede faltar el clásico “Plácido” de Luis García Berlanga, que estuvo nominada al Oscar por la mejor película de habla no inglesa. En el reparto figuran el humorista Cassen y José Luis López Vázquez. La película recoge la campaña ideada por el franquismo bajo el lema “siente un pobre a su mesa”. Algo que podríamos retomar, dado el cariz trágico de la crisis que ha impregnado a toda nuestra sociedad.

En estos momentos con la lucha por la audiencia de varias televisiones, más los canales de pago y el acceso libre desde Internet a cualquier entretenimiento, podríamos decir que asistimos al ocaso de la calidad, incluyendo cierta deriva perniciosa común en todas las cadenas, me refiero al cotilleo convertido en espectáculo, menospreciando al público a quien se le suele dar carnaza en lugar de buenos alimentos. En esa misma línea nefasta han llegado películas navideñas horrendas cuyo protagonista es el hombre del saco, el típico clon de la Coca Cola que se ha adueñado de nuestra cultura para inducir al más desaforado consumismo. Hoy los niños piden sus regalos a los Reyes Magos, pero antes ya han hecho su versión pedigüeña al Santa Claus de las narices.

Por si faltaba algo, los nuevos artilugios tecnológicos están incursionando en el hogar y nos permiten sentarnos en una misma habitación aislados unos de otros, perdiendo el efecto socializador de la televisión, componente invitado de todas las comidas que invariablemente producía comentarios entre la familia. Ahora nos sobran tabletas y teléfonos con redes sociales, que nos interrumpen en cualquier momento y lugar, exigiendo su dosis de atención.

Las cosas buenas de estas Navidades de la generación 2000, nos las tendrán que contar esos niños de hoy que viven asaltados por la invasión tecnológica. Para ellos la Navidad sigue siendo la mejor época del año, aunque no asistan a ninguna celebración religiosa por medio. A ellos habrá que contarles que hubo un tiempo donde junto a las tarjetas de felicitación se incluía el aguinaldo para el cartero. Donde toda la familia acudía a la Misa del Gallo para besar al Niño Dios, nacido en Belén. Y donde bastaba un buen fuego al calor familiar para celebrar que era Navidad.

Hay que rescatar de la memoria ese tiempo de nuestra vida y convertirlo en cine, novela y televisión. Porque se está alejando rápidamente de nosotros y se vuelve incomprensible para quienes han nacido viendo un teléfono móvil como algo consustancial a su vida. Cuando hace menos dos décadas todavía era sólo un sueño futurista. Y porque con ello también se ha ido una manera de entender el mundo que ya nunca volverá. Por eso repito hoy mis felicitaciones, cargadas de nostálgia, descargando en esta página la memoria de otra época.

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Acerca de Carmen Bellver

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