Cristianos, sembradores de esperanza

Amamos las palabras, amamos juntar letras. La comunicación es un acto de amor envidiable. Nos ponemos a la escucha del otro, nos convertimos en espectadores de la intimidad ajena. Y compartimos lo oculto, aquello que permanece velado a nuestros ojos. Esa magia humana permite que fluya un chorro de empatía de un ser hacia otro. Sin la comunicación el ser humano anda perdido. Sólo el arte de comunicar bien permite una buena convivencia. Y ese arte pertenece en esencia a las Palabras vivas del Evangelio donde cada parábola, cada mensaje, tiene un objetivo final: convertir nuestro corazón a los valores del Reino.

A veces escribir se convierte en mera palabrería, también hablar por los codos es poco sensato. Entre comunicar y callar hay un pasito delimitado por una fina raya. Al mundo le sobran palabras huecas, altisonantes, complacientes, vacías. Y andamos un poco escasos del material del alma, del único que curte el interior y lo pule como una joya. Y esto de comunicar el humanismo cristiano también es un reto difícil de realizar. Porque entre humanismo y cristianismo hay una simbiosis que converge en la Revelación de Dios como amigo del ser humano.

Me encanta pensar que estamos en las manos de Dios y que El también necesita de las nuestras, de manera que la realización del Reino no parece que pueda realizarse sin la cooperación del ser humano. Por eso en tiempos de desesperanza, de crisis, de nubarrones sombríos, conviene volver a retomar la esencia de nuestra fe que reside en la esperanza.

Y así apoyando mi hombro junto al hombro del otro es como podremos salir adelante. El ser humano es capaz de convertirse en un lobo feroz o en un manso cordero. Pero el cristiano ha apostado por ser hermano del otro, por vivir del servicio a favor del otro. Y no hay vuelta de hoja. O buscamos lo mejor para la humanidad o nos destrozamos mutuamente. Y ese dilema sigue siendo el mismo desde que el hombre habita la Tierra.

Cuando hay tanta palabrería, los creyentes deberíamos arrastrar hacia el silencio interior, allí donde se produce el encuentro con Cristo. Para que nuestra vida permanecería iluminada por la fe en todos nuestros actos. Y si miramos con honradez la existencia del ser humano, vemos que ese prodigio de la naturaleza que es la sociedad, va evolucionando en una dirección esperanzadora. Con ataques furibundos del mal, que intenta siempre dividir y entorpecer al bien. Pero con pruebas objetivas de que la bondad y el amor pujan con más fuerza que el odio. Esa es nuestra convicción profunda, creer que el bien vence al mal, y que nosotros cooperamos en ello siempre y cuando nos ponemos en las manos de Dios.

Una sociedad sin Dios está condenada a la disolución, porque no tiene esperanza, no tiene un objetivo que la trascienda. De manera que el cristiano sigue siendo hoy como ayer un sembrador de esperanza. Nunca claudica ante la adversidad y las dificultades, siempre encuentra el apoyo de quien todo lo puede. Por eso la fe es una apuesta a la felicidad. Jamás nos sentimos solos o abandonados, aunque nos cubra la noche más oscura y amarga. Cada eucaristía nos invita a recordar que el sentido de la vida es darse a los demás, darse para cooperar en el bien. Y que Dios está de nuestra parte.

En este año de la Fe, cuando algunos quieren cerrar capillas, prohibir crucifijos, excluir la religión de la escuela. Está en nuestras manos demostrar que llevamos en vasijas de barro un gran tesoro que enriquece a toda la humanidad. Que el Señor de la vida nos de fuerzas para testimoniar la gracia que nos llena de plenitud.

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Acerca de Carmen Bellver

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Una respuesta a Cristianos, sembradores de esperanza

  1. José Luís Samper dijo:

    Todo eso eso es verdad. Pero lo difícil no es creer en Dios, sino amarlo. Pienso que para esperar hay que amar. Y también sentirse amado, saber que nos esperan. Dios nos espera y nos ama. El cristiano es un discípulo de Cristo y aspira a poder llamar a Dios padre, papá. Nuestro trabajo está en pensar en él; el suyo, en pensar en nosotros.
    Adelante con tus escritos.

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