Las claves de un nuevo Papa

La percepción general sobre la crisis de la Iglesia es como la consabida crisis del teatro. No se para de hablar de la misma, pero ambas gozan de una envidiable salud. Tal vez porque tratan de conectar con la parte más íntima del ser humano. Una lo hace poniendo en escena historias que interpretan la vida de las personas. La Iglesia por su parte sigue dedicada de lleno a cuidar el alma de sus fieles. Y ahí radica su perenne juventud, porque lo más profundo del ser humano siempre esta sediento y necesitado de asistencia.

La vida nos descubre que acaparar cosas, poder, dinero, fama, es un sueño efímero que dura lo que tenga prevista la naturaleza, pero que inevitablemente tiene un final. Y se abre entonces un gran interrogante, lo que hay detrás ha sido objeto de todo tipo de escritos y dimes y diretes. Para los fieles creyentes ese final, sin embargo, constituye el principio de todo. El inicio de la aventura con Dios para toda la eternidad. Y porque creemos en ello, debemos valorar en su justa medida lo que acontece en la tierra.

Mientras los periódicos de todo tipo aventuran cómo debe ser el Papa del nuevo milenio y los problemas que deberá afrontar. Benedicto XVI deja un hilo conductor abierto, la oración será su principal actividad, mostrando un camino transitado por miles de fieles durante los últimos dos mil años. Parece insistir en lo fundamental, sin oración y vida sacramental, el fiel y la propia Iglesia, no tienen futuro. Las raíces profundas para acometer la tarea que le sobrevendrá al nuevo Papa se sostienen gracias a la comunión de los santos. Convencido de que sólo esa fuerza será capaz de acometer el timón de la barca de Pedro.

Esa es la interpretación más categórica que podemos hacer sobre su renuncia. Benedicto XVI está convencido de que el Espíritu sabrá guiar a la Iglesia, mientras la misma continúe fiel a su llamada de oración. Seguramente el año de la fe que estamos llevando a cabo, no tenga otro reto que el de insistir al hombre actual que no puede perderse en una febril actividad, o en un ávido consumismo de cosas. La verdadera esencia del cristianismo llama a la persona a la santidad, al contacto diario con Dios, a la presencia constante del discernimiento y los sacramentos.

Hemos entrado en tiempo de Cuaresma, tiempo donde se afina la sensibilidad y se pone el corazón a la escucha de lo esencial. Tiempo de oración y de ayuno de tantas distracciones que nos alejan de lo fundamental. Tiempo de vaciarse para darse de lleno a los demás, para mostrar el camino de la fe. Esa es la mejor evangelización que se puede proponer, la misma que la Iglesia lleva ofreciendo durante generaciones. Y los cambios que puedan derivarse del nuevo papado, no consistirán exclusivamente en el aggiornamiento al mundo, porque precisamente el rey de este mundo se opone con todas sus fuerzas a Dios.

Sacudidos por las tormentas económicas y los escándalos de corrupción, lo único que la Iglesia puede mostrar es en esencia los valores del Reino, que nada tienen que ver con los de este mundo. Tal vez porque nosotros aspiramos a gozar eternamente en la presencia de Dios, valoramos en su justo punto los acontecimientos que nos sacuden. Y presentamos nuestras obras diarias para que obre en ellas la fuerza del Espíritu, que es sin duda alguna quien rige los signos de los tiempos.

Ese ejemplo de fidelidad a lo esencial, lo muestra un anciano Papa que ha visto la necesidad de dar el testigo a otro. Sin que ello signifique que huye del peligro, sino más bien que se repliega ante la imposibilidad física de viajes largos o duras jornadas. Lúcido como pocos. Benedicto XVI ha abierto la puerta a una nueva época, sin duda alguna. Pero lo que sobrevenga no cambiará lo fundamental, que en esencia está preservado por la Iglesia tras estos dos mil años. Y que nadie lo dude, será la fe la que salve al mundo.

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Acerca de Carmen Bellver

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