La Iglesia indispensable

Estoy leyendo con sumo interés “Como la Iglesia construyó la civilización occidental”, de Thomas E. Woods junior, con prólogo de monseñor Cañizares. Es un libro que deja meridianamente claro que la Iglesia ha vivido siempre en crisis permanente, pero superando todas las dificultades. Por eso cuando desde diferentes tribunas se acomete un empeño denostado por asociar la fe a costumbres mundanas, sería bueno recordar que nuestros antepasados no vivieron tiempos mejores.Sin embargo las líneas maestras del Evangelio contagiaron todas las instituciones y llegaron hasta las cimas más altas del poder, sin que por ello dejasen de existir pequeños testigos con un carisma desbordante que por sí mismo influyeron decisivamente en su entorno. Esos santos con o sin peana, fueron los que de verdad influyeron en la trasformación de miles de personas.

Tal y como se vive ahora el gran invierno vocacional en Europa y la paganización cultural de la sociedad, cabe pensar que vamos a seguir existiendo con los mismos principios de siempre, pero practicados por la inmensa minoría. Tampoco es nada nuevo, cuando el imperio adopto el cristianismo, la sociedad seguía con cultos paganos mezclados con la nueva fe. Pero ésta siguió creciendo con unas raíces que iban fijándose bajo el subsuelo hasta arraigar en las costumbres de los hombres de cada tiempo.

Creo que todos los hombres de fe, encargados de predicar a los fieles, son conscientes de que el Reino solo llega a unos pocos, el resto vive de manera mortecina y superficial lo que es una gran trasformación interior, que de darse, conlleva también un cambio de la sociedad radical. En los tiempos de las invasiones bárbaras sólo los pequeños reductos de los monasterios guardaron el depósito de la fe de la Iglesia, trasmitiendo la misma sin claudicar ante la muerte o la barbarie, dispuestos siempre a volver a empezar.

Los tiempos cambian desde luego y una se pregunta si hoy que existe una cultura popular que ya no es iletrada, el depósito de la fe podría expandirse por la red pero difícilmente cambiará a las personas si no hay un contagio de actitudes y principios sólidos que llenen de asombro a los incrédulos y descreídos. Ese depósito que se guarda en la Biblia tiene que encarnarse en los hombres. Y estos deben ser personas de oración y de acción, ajenas a las modas sociales y a los vaivenes de políticos que se dejan arrastrar por los intereses de determinados grupos.

Me gusta pensar que la tradición guardada por la Iglesia, sigue mostrando el camino pedregoso que lleva a la cruz, sin que eso asuste a sus seguidores. Por supuesto entre esos fieles el pecado está presente corrompiendo la imagen edulcorada y angelical de quienes piensan que seguir a Jesús es tan fácil como tatuarse la piel. Cuando lo cierto es que el camino de la fe está lleno de sombras aunque siempre nos espere el amanecer.

Dudo que los cambios esperados por tantos grupos mediáticos que llevan años luchando por influir en la Curia, vinieran a mejorar algo en la Iglesia. El celibato opcional no evitaría que algún presbítero fuera adúltero o incluso mal padre y peor esposo. Podría aliviar la soledad de muchos, pero en esencia la Iglesia por ello no sería ni más santa ni más fiel al Evangelio. Y conste que no tengo nada contra el celibato opcional, como tampoco me preocupa que existan mujeres presbíteros. Pero en esencia sigo sin ver que esas reformas afecten a la santidad de vida de los fieles. Creo que son concesiones para la galería, para gente que piensa que con esos cambios las Iglesias se volverían a llenar. Y personalmente tengo mis dudas, porque lo que llena una Iglesia es la fe de los fieles dispuestos a orar y recibir los sacramentos, conscientes de que la vida sacramental es tan importante como la caridad. Sin oración la fe se vuelve activismo o voluntariado carente de la gracia y la fuerza del Espíritu.

Tal vez por eso la mayor trasformación habida en la Iglesia fue abandonar la oración para dedicarse a los pobres, sin que aquello se retroalimentara de un tiempo fuerte de presencia ante el Señor. Y por eso miles de personas se sintieron impotentes frente al mal estructural de la sociedad y, claudicaron ante el mismo, creyendo que las opciones políticas son más importantes que la transformación personal.

En ese sentido Benedicto XVI ha vuelto a dar un ejemplo al mundo, al presentar la oración como la fuerza que mueve la historia, como el alimento que hace enfrentar las dificultades con la paz y el sosiego de quienes tienen al Señor de la historia como dueño de sus vidas.

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Acerca de Carmen Bellver

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