La pedagogía equivocada de la cruz

En el CEU Cardenal Herrera de Valencia se ha levantado la veda ante las declaraciones de una profesora sobre el maltrato y la violación. Desconozco el contexto en el que se produjeron las mismas, al parecer en una clase de Doctrina Social de la Iglesia para alumnos de periodismo, pero lo evidente es que parece haber un desajuste entre lo que dice la Iglesia y lo que reprodujo la profesora.

“Aunque tu marido te sea infiel, la verdadera prueba de amor es seguir amándole con lágrimas en los ojos, como Jesús lloraba en la cruz”. Y “Las mujeres maltratadas no deben separarse porque eso es amor”.

La siguiente perla tampoco tiene desperdicio: “el aborto en el caso de violación no es tolerable porque dentro de lo terrible de la violación sacas algo bueno, que es un hijo, un don de Dios”.

Como es obvio todo es debatible. La propia Conferencia Episcopal de Alemania salió a defender la píldora del día después en caso de violación. Intentar eludir un embarazo en situaciones de violencia no creo que sea pecaminoso. Resulta sarcástico que alguien pueda apelar a la voluntad de Dios en casos tan dramáticos. Y las elucubraciones de qué fue antes si el huevo o la gallina, me parecen fuera de lugar. Pero ya sé que muchos apelarán a la inocencia de la víctima, que en este caso sería el hijo engendrado en la violación. Me pregunto si una inseminación con violencia es obra de Dios. Que yo sepa la legítima defensa se contempla en el Catecismo de la Iglesia católica. Y si es lícito quitar una vida en legítima defensa, nunca he entendido por qué la mujer no se puede defender de una violación cuya consecuencia es una vida impuesta con saña.

No voy a seguir metiéndome en ese jardín. Tan sólo señalar que el sufrimiento ajeno merece más respeto y menos retórica. Una mujer que vive el infierno del maltrato merece al menos comprensión y desde luego ayuda. Mal haría cualquiera en recomendar que se deje violentar hasta la inmolación. Ni las leyes civiles lo aconsejan, ni las leyes divinas se pronuncian al respecto. En cambio el sentido común nos dice que nadie debe padecer una situación de cuernos continuos, ni de golpes reiterativos. Meter por el medio la figura de un Jesús resignado ante la violencia, es poco aconsejable.

El debate en estos temas es desde luego necesario. Existe un claro asombro en los estudiantes que oyeron semejantes declaraciones. Hay un sentimiento profundo de compasión ante la víctima que algunos seguidores de la doctrina sin corazón son incapaces de aceptar. La inmolación en la cruz de Jesús es voluntaria y plenamente aceptada. Y desde luego no exigida por Dios. Ahí radica su grandeza. Pedir un plus de valentía ajena, es cuanto menos un dislate. Nadie debe exigir a otro el sufrimiento de una vida para alcanzar un premio eterno. Especialmente cuando se trata de otras vidas a las que se les pide esa heroicidad.

Lo que proclama la Iglesia este Jueves Santo es una oblación que tiene sentido porque está hecha desde la libertad para mostrar que el bien triunfa sobre el mal. El sentido del Jueves Santo se encuentra en la Resurrección del Domingo de Pascua. Confundir los términos es una imprudencia. Jesús pasó haciendo el bien, curando a quien se encontraba enfermo espiritual y físicamente. Y además nos mandó hacer lo mismo. Jamás predicó contra la compasión, más bien el contrario se mostró en todos los casos con la ternura del amor derramado hasta la última gota. Haríamos bien en predicar en esa línea. Se puede perdonar a un maltratador, a un adúltero o a un violador. Eso es pedagogía de la rehabilitación ante el dolor. Sin embargo no se debe exigir convivir con quienes nos hacen daño deliberadamente. Porque esto es demencial y desde luego no viene escrito en ninguno de los cuatro evangelios.

La indignación en este caso es oportuna. Existe demasiada complicidad de sacristía dispuesta a que otros se resignen ante la fatalidad, como si eso fuera voluntad de Dios. Digamos con claridad, que lo que nos pide el Señor no es que seamos eternamente desgraciados, sino precisamente felices y dichosos. Nos enseña a amar y no precisamente a crucificar a nadie. Y con esto no niego la cruz, ni las cruces que la propia vida conlleva. Pero desde luego estoy del lado de bajar al suelo a los crucificados, no de lancearlos más en su agonía.

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Acerca de Carmen Bellver

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