La crisis, el abismo o la regeneración

Estamos en Pascua, tiempo de alegría, tiempo de esperanza. Pero no por ello cambian las circunstancias. Y éstas se empeñan en señalar la codicia y el egoísmo como los dos grandes males origen de la crisis que nos golpea. Desde hace unos años la pobreza se extiende como un manto de negra espesura por la sociedad. En unos años ha desparecido ese estado de bienestar que nos igualaba a todos en unos mínimos decentes. Y surge de nuevo el abismo entre ricos y pobres. La realidad se empeña en demostrar que los más ricos nunca tienen bastante y son capaces de cargar sobre las espaldas de los más débiles fardos pesados.

Lo ha denunciado el Papa Francisco. Y lo proclaman también otras voces. Vivimos en una sociedad de pecado que nos pasa a todos factura. Y ese idílico sueño de la Unión Europea parece al borde del precipicio. La tormentosa crisis financiera, conlleva una crisis política de futuro imprevisible. Y no parece que el hombre sea capaz de cambiar de dirección sin que medie un grave shock por medio. De las crisis salen reforzadas las estructuras, pero en medio de ellas se combate a muerte. Y ahora mismo la guerra económica está asolando Europa, dejando víctimas en las cunetas de la vida. Desaparece el trabajo digno por una especie de contrato de semi-esclavitud. Desaparecen los servicios sociales, por gestores ávidos de enriquecerse a cuenta de los dolores ajenos. Aparece la miseria rebuscando entre contenedores, condenados a la economía de subsistencia, al trapicheo, a la picaresca.

En este tiempo de Pascua en el que el Papa Francisco no deja de nombrar la esperanza, a una, en cambio, le parece otear en el horizonte negros nubarrones. Las medidas que se están tomando en Chipre ponen los pelos como escarpias. Los ahorros de los pequeños y modestos trabajadores son esquilmados por la banca, sin ningún escrúpulo, sin capacidad de considerar que han sido otros los culpables del fiasco. Y mientras, las grandes fortunas siguen navegando en sus juegos de poder, manejando los fondos hacia destinos con mejor perspectiva.

Si volvemos la vista atrás, hace apenas una década nadie podía imaginar semejante desastre. Y nos toca denunciar ese capitalismo salvaje que condena a parte de la humanidad a la miseria. Porque en justicia la tierra nos pertenece a todos, no exclusivamente a unas cuantas fortunas blindadas. Y en justicia cabe decir que la avaricia de algunos tiene como resultado la pobreza de miles.

No, el cristianismo no hace política, tan sólo exige una coherencia moral y una capacidad profética para curar las heridas de la sociedad, e implementar soluciones allí donde todo parece estar perdido. Cabe exigir a nuestros políticos que no sigan gestionando el país con el único objetivo de mantenerse en el poder. Cabe pedir a gritos que finalice la corrupción, que se persiga a los verdaderos culpables de esta situación sin parangón.

Si no rectificamos por las buenas, la historia nos recuerda que lo haremos con sangre, siempre ha sucedido del mismo modo. Y aunque nos sintamos orgullosos de los cerca de setenta años de paz en Europa, no cabe ninguna duda que ahora mismo se están clavando los cimientos de una gran hecatombe. Y mucho me temo que si nuestros gobernantes no saben reaccionar con sentido común, sigamos despeñándonos hacia el vacío arrastrando todo por el camino hacia la sima.

Una cosa tenemos clara los cristianos, el mal no tiene la última palabra, aunque parezca que gana, su final será vencido. Lo ha sido ya desde el día que un ajusticiado rompió la línea que separaba la muerte de la vida. El triunfo de la Resurrección nos llama a trabajar porque el Reino de justicia y verdad se haga posible ya en este mundo. Que podamos nosotros ser sembradores de esperanza. Que podamos seguir denunciando las estructuras del mal. Que podamos seguir mostrando al mundo que sólo el amor genera vida.

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Acerca de Carmen Bellver

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