La desfragmentación de una sociedad en crisis

Increíble pero cierto, estamos a un pasito de la disolución de la monarquía y de la disolución de España como nación de nacionalidades. Por utilizar un término que muchos toman como talismán para pedir la independencia. Algo que cada día parece tener visos de convertirse en un hecho.

La Infanta Cristina imputada. El rey en el ojo del huracán por sus constantes meteduras de pata que ahora tienen unas consecuencias imprevisibles, nada frena el acoso y derribo del personaje, ahora salen las herencias escamoteadas, pero es que desde su caída fatal en la cacería de Botsuana no han dejado de llover las noticias y cada día con peor cariz. Unido esto a que las turbulencias de los caraduras siguen siendo noticia. No hay día que no se airee algún affaire sobre la corrupción y el cohecho. Y en esta deriva inmoral parece que nos vamos a ahogar todos.

Mientras tanto España gime, chirria, sacudida por el paro, y una enfermedad moral denominada relativismo que ha llevado a muchos a cometer errores de juzgado. La Infanta Cristina pone una vez más en bandeja la renuncia del rey. Porque con su imputación se da inicio la caza de la pieza mayor. Y con esa pieza puede caer una monarquía parlamentaria que probablemente fue sublimada tras el fatal golpe de Tejero. Aunque la reina Sofía y el príncipe intenten mantenerse al margen de la debacle, lo cierto es que va ser difícil que salgan incólumes de este desastre.

Y se tiene la sensación de que hay una especie de concatenación de los hechos que confluyen en llevarnos hacia el precipicio. Si no hace mucho nos sentíamos todos orgullosos de haber convertido a España en un país admirado. Hoy no terminamos de creer lo bajo que vamos cayendo. Y es que cuando se vive de las apariencias, cuando no hay una base firme y consistente, los castillos en el aire terminan por derrumbarse.

No me cabe duda que hay gente honesta y dispuesta a luchar contra los elementos, esa especie de mal fario que se ha metido en la vida española y nos golpea sistemáticamente desde hace unos años. Y que cuando todos esperan un balón de oxígeno para salir del foso, sobreviene otra pieza que nos hunde más en la inmundicia.

Sospecho que muchos caídos en desgracia están dispuestos a arrastrar consigo a otros. La impunidad y la inmunidad se hacen cada día que pasa más difíciles de soportar. Por tanto solo cabe una buena regeneración social.

Y mientras tanto una se va quedando ya sin palabras, muda de asombro. Tras la avalancha de noticias relativas al Papa Francisco, poco más se puede decir del tema, salvo que ya resulta un agobio ver como explotan al personaje. El Papa seguirá dando sorpresas y continuará en portada, porque así lo quieren algunos dispuestos a desmenuzar cada uno de sus gestos y a analizar con lupa, cada una de sus expresiones. Pero en el mundo ahora mismo están sucediendo cosas muy graves a las que nadie presta atención. Y viene bien que dejemos de mirarnos el ombligo para dar una ojeada a esos hechos que pueden desencadenar un cambio de dirección en la historia.

El cambio de paradigma surgirá de manera inesperada. Esta crisis provocada por un sistema que ya no da más de sí, tiene que propiciar un resurgir de valores mejores y más humanos. Y en eso los cristianos tenemos mucho que ofrecer. Decir que no pueden existir sociedades donde unos vivan al 300% por encima del salario de un trabajador. Y cuando digo al 300% me quedo corta respecto a la realidad. Todos sabemos que las diez fortunas del mundo, poseen por sí mismas el valor de los recursos de cualquier país. Una barbaridad que clama contra la justa redistribución de la riqueza.

Porque lo queramos o no, lo cierto es que la crisis de la avaricia y de la ambición es la que nos ha hundido en la miseria. Han sido muchos los que han ido sin referentes éticos a trincar lo que pudieran. En ese sentido tal vez necesitemos pronto una encíclica del Papa que denunciando las raíces podridas de esta sociedad, apele a un esfuerzo conjunto de regeneración social. Estamos a un paso del aniversario de la publicación de Pacem in Terris, de Juan XXIII, en unos momentos convulsos donde parecía que los tambores de guerra apocalíptica terminarían por desencadenar otra guerra.

Ahora mismo vivimos otra crisis generalizada que no afecta exclusivamente a unos países, sino que nos pone a todos en el mismo saco. Y hacen falta voces que como la del Papa Francisco devuelvan la esperanza y acierten a vislumbrar una luz.

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Acerca de Carmen Bellver

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