La sonrisa etrusca del Papa Francisco

El Papa Francisco, el de la sonrisa etrusca, por aquello de que ahora vive en Roma y como homenaje a José Luis Sampedro fallecido hace poco, sin demasiado fervor por la clerecía y con más apasionamiento por los indignados y la ideología de género, no en balde se dio el gusto de escribir El amante lesbiano. El Papa Francisco, repito, ha tomado el pulso a la curia y dosifica los movimientos, para desesperación de quienes viven pendientes de que las murallas caigan tras la puesta de sol.

Se ha dado el gusto de nombrar un grupo de asesores para estudiar un proyecto de revisión de la Constitución Apostólica Pastor Bonus sobre la Curia Romana, quienes no se pondrán en marcha hasta octubre. Y ninguna de las afamadas plumas que lo elogiaron se atreve ahora a interrogarse de qué va el asunto. Aplauden el gesto barruntando aquello de que antes que dejar las cosas como están cualquier movimiento es positivo.

Pero a lo que se ve venir nadie se atreve ya a mover ficha. Por más que el órgano laicista del país, bajo la batuta de Juan G. Bedoya elogie los libros salidos del armario tras la elección del Papa Francisco. Libros que surgen como setas de la mano de Paloma Gómez Borrero, Juan Rubio director de Vida Nueva y los no menos conocidos José Manuel Vidal y Jesús Bastante. Libros que se precipitan en analizar esa transición papal entre Benedicto XVI y Francisco. Libros que parafraseando la obra de Pirandello podríamos resumir en una única obra como “Seis personajes en busca de autor”. Y es que ese autor es el Papa Francisco que sigue a su aire, dejando que interpreten los demás aquello que deseen.

Veamos quiénes son esos hombres de negro del Vaticano:

El cardenal Giuseppe Bertello, Presidente del Governatorato del Estado de la Ciudad del Vaticano;
El cardenal Francisco Javier Errazuriz Ossa, arzobispo emérito de Santiago de Chile;
El cardenal Oswald Gracias, Arzobispo de Bombay (India);
El cardenal Reinhard Marx, Arzobispo de Munich-Frisinga (Alemania);
El cardenal Laurent Monswengo Pasinya, Arzobispo de Kinshasa (República Democrática del Congo);
El cardenal Sean Patrick O’Malley, Arzobispo de Boston (EEUU);
El cardenal George Pell, Arzobispo de Sidney (Australia);
El cardenal Oscar Andrés Rodríguez Maradiaga, Arzobispo de Tegucigalpa (Honduras), con función de coordinador y Mons. Marcello Semeraro, Obispo de Albano, (Italia) con función de secretario.

Podemos deducir que aquí no vale aquello de progresistas y conservadores. Más bien parecen elegidos en función de su lugar de origen, una especie de representantes de todos los continentes que van a asesorar al Papa, pero que sin embargo no tienen poder ejecutivo.

Lo que se deduzca de ahí ya cae en el mundo de la hipótesis o directamente de la fantasía. La tan deseada reforma de la curia, la esperada colegialidad en la Iglesia según quienes beben los vientos del Concilio Vaticano II, no parece próxima ni lejana. Es ya un cadáver cuyo aroma sigue exhalando el perfume que algunos usan para agitar la rebelión. Otros, en cambio, lo utilizan para reforzar aquello de cambiemos algo para que nada cambie.

Seguimos por tanto confiando en los peones silentes de la Iglesia, que a la definitiva suelen ser los que de verdad cambian algo. Esos peones son los religiosos que llevan años en las fronteras viviendo su proceso revolucionario y a quienes, de nuevo les toca, revisar dónde se equivocaron para haber terminado en la situación en la que ahora se encuentran.

Luego están los laicos y las mujeres a quienes apenas se les da oportunidades para ser fermento en la masa. Y sin embargo es en ellos donde se encuentra el futuro de la Iglesia, que ya ha perdido el carácter monopolizador de la sociedad que tuvo en el pasado.

Hoy la fe o se trasmite gozosa desde casa o muere en la primera y última comunión. Dios ya no ocupa ningún lugar en la sociedad, no aparece en el arte, ni tiene figuras destacadas en la cultura, ni se mueve en los ambientes intelectuales de las grandes capitales del mundo.

Dios sigue en la cruz esperando que alguien le baje para que comience ese proceso de resurrección que dio lugar a la Pascua y cambio el mundo de su época. Los analistas no obstante saben bien, que fueron intereses políticos los que convirtieron una religión perseguida en la religión del imperio. Tras aquello, la iglesia ya no volvió a ser como antes. Por eso sabemos que donde realmente se producen grandes cambios es en aquellos soldados de a pie que están ahora construyendo su obra.

La trasformación personal y cultural es la única que puede ofrecer de nuevo al mundo un mensaje atractivo que vuelva a cambiar la historia de la humanidad. En ello tendrá mucho que decir el Papa Francisco. Los coros aúlicos seguirán por tanto a lo suyo, ajenos al verdadero y profundo cambio que ya hace mucho se inició en la Iglesia.

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Acerca de Carmen Bellver

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