Los pilares de la nueva sociedad

Una tiene la sensación que en la situación actual, con una crisis galopante del sistema, alguien maneja los hilos y otros son meros convidados de piedra. Al parecer todas las ideas capaces de generar esperanza chocan inevitablemente con el muro de la troika que es incapaz de superar la abulia que nos rodea y que ha condenado a la pobreza a más de un tercio de la sociedad europea. El fantasma del paro no se aleja nunca, sino que como una úlcera gangrenosa se adhiere y se esparce a medida que pasa el tiempo.

Esos grandes estrategas de la geopolítica parecen asumir que las migraciones serán el pan nuestro de la sociedad del futuro. Una facilidad mayor para desplazarse fomenta la emigración como arma de alivio de una sociedad apática e incapaz de regenerarse. De manera que si algo no lo evita, estamos condenados a formar parte del pelotón de masa exportable que se recicla en otros países buscando salida a la miseria.

Mientras tanto parecen estar fijándose los pilares de esa nueva sociedad del futuro. En ella toma carta de naturaleza la manipulación ideológica consistente en un relativismo que esconde la ingeniera social. El pan y circo del siglo XXI tiene un bagaje tecnológico capaz de idiotizar a la masa a través de personajes utilizados de manera hábil para generar una especie de arcadia feliz donde el individuo piensa que es libre y decide en consecuencia.

La realidad, en cambio, se muestra tozuda. Podemos ser libres para discrepar, pero nunca para obrar, porque entre otras cosas nos hemos convertido en peones en manos de unos supuestos representantes de la soberanía nacional, que son en definitiva quienes deciden cómo se construye nuestro futuro. Y en estos momentos esos representantes carecen de la solvencia moral necesaria para promover la necesaria regeneración social.

Esto no es un problema de dos o tres individuos, sino que se ha convertido en una enfermedad que afecta a todo el tejido social. Lo bueno de las crisis es que muestran lo que está caduco y llevan inevitablemente hacia algo nuevo. El problema es si nos dejarán participar de lo nuevo, o sencillamente nos estamos convirtiendo en peones desechables en manos de una casta patricia dispuesta a sacrificarnos para seguir manejando los hilos de esa sociedad.

Pongamos que ya estamos los suficientemente maduros para no admitir sacrificios numantinos. Para que ello suceda debe existir un posicionamiento fuerte desde la base que impida perder las conquistas sociales que se lograron en el convulso siglo XX. La sanidad y la enseñanza no puede estar manipulada políticamente por el partido de turno en el poder. En la enseñanza debe existir un consenso social que privilegie la capacidad y el mérito, por encima de la homogeneización de contenidos. Porque desde la educación se pueden inculcar los valores de solidaridad necesarios para entender que todos somos corresponsables unos de otros. Que la sociedad es un conjunto de piezas diseñadas armónicamente con el esfuerzo de cientos de generaciones anteriores a la nuestra.

La sociedad de los derechos no puede funcionar en base al me lo debes y lo merezco, sino en función de la cooperación y del reparto proporcional del esfuerzo común. Tal vez debamos regular salarios leoninos que facilitan la corrupción y el trapicheo de favores, encadenando la porquería en todos los estratos sociales. La diferencia entre la ideología del más fuerte y del más dotado como líder que somete al resto, contrasta con las enseñanzas del profeta de Nazaret que privilegiaba a los menos favorecidos de la naturaleza o la sociedad. Cuando una piensa en profundidad en ello, comprende aquello de que mi Reino no es de este mundo. En cierto modo, no se lleva ser servidores de los demás, sino precisamente que los otros nos sirvan como peones útiles para que podamos medrar.

La dicotomía entre ambas concepciones de la vida es tan fuerte, que es inevitable su choque. De manera que difícilmente se podrá entender que el cristiano prefiera el papel de perdedor en este mundo, antes que perder la eternidad. Cuando se tiene conciencia del paso inexorable del tiempo, se privilegia la fidelidad a las propias convicciones antes que someterse a la arbitrariedad de la mayoría. Pero mientras tanto que la voz de la Iglesia siga siendo un referente en ese marasmo moral que interesa fomentar para manipular mejor a las personas.

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Acerca de Carmen Bellver

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