La teoría goebbeliana y la revolución tecnológica

Cuando se vive una revolución es difícil sustraerse a la misma y formar un juicio objetivo. Actualmente estamos inmersos en la revolución tecnológica, la era digital ya forma parte de nuestra realidad cotidiana. Nos olvidamos que hace apenas unas décadas la gente vivía feliz sin su Smartphone o su tableta, Internet estaba sólo al alcance de los militares y era un sueño imposible para el ciudadano de a pie.

Algo ha sucedido que viene a trastocar un modo de vida para sustituirlo por otro con ventajas y sin duda también inconvenientes. Hoy parece que no estar en las redes sociales y manejar con soltura el Wattsapp te convierte en un analfabeto funcional. Lo mismo sucede en escuelas y administraciones. Las nuevas hornadas vienen ya con su bagaje tecnológico aunque sólo sea a nivel de usuario. Quien no conoce el ordenador y sus accesorios tendrá que ponerse al día o será excluido sin paliativos.

Accedemos a la información en segundos. Compartimos nuestra vida privada en la red sin rubor, expresamos nuestras opiniones a un público que ya es global. Pero tal vez, estamos un poco escasos de juicio crítico, somos incapaces de detectar las medias verdades o los infundios interesados que corren a la velocidad de la luz. En cierto modo estamos ahora más próximos a ser manipulados, somos más vulnerables. Y la sensación general es que el nivel informativo se está degradando hacia un reality show permanente que nos hace estar en las nubes, nunca mejor expresado.

Los gobiernos son conscientes de que Internet juega un papel fundamental en el manejo de las sociedades y se prestan al juego interesado de las medias verdades. Han hecho acopio de la teoría goebbeliana, según la cual una mentira mil veces repetida se convierte en verdad. No cabe otra explicación ante el deterioro general del bienestar social que nos están infringiendo permanentemente, sin que se produzca una revolución popular que trastoque el orden establecido. Porque de lo que se trata es de dosificar las medidas de manera paulatina. Volver hoy la vista atrás es convertirse en estatua de sal.

Y mientras se expande ese mundo feliz tan Orwelliano que nos permite estar conectados todo el día con una red sabiamente intoxicada. Como dirían algunos, se impone el vermicida, para limpiar las cañerías atascadas por los medios. El cuarto poder es aliado impasible de los hechos, está en conexión permanente con quienes manejan los hilos de nuestro destino. Y así tendremos que reconocer que ante la aparente degradación de la capacidad crítica, somos unas pequeñas marionetas de fácil manipulación.

Pero el ambiente general es de un optimismo infantil que además roza las adiciones. Muchos no se atreven a salir sin su Smartphone, se sienten vulnerables sin su ración de información. La verdad es que hoy debemos bucear en la red para localizar esos sabios que conocen lo que nos está sucediendo y ven más allá de nuestra pequeña pantalla de realidad virtual.

Lo cierto es que ahora, en este mismo momentos, se están dando las grandes obras que en el futuro interpretarán nuestro tiempo, desde la filosofía a la sociología, pasando por la literatura y la economía. Muy pocos aciertan a comprender que la guerra mediática es una guerra global cuyas armas son tan importantes como antes lo fueron los ejércitos.

Se lucha ahora por mantener un ritmo de vida que es imposible porque reside exclusivamente en la economía, sin respetar los derechos humanos. Lo cierto es que se está utilizando la globalización para hacer más ricos a unos en detrimento de otros. Y aunque no lo creamos Europa parece condenada bajo el imperio de esas fortunas que pueden deslocalizar su industria a países donde se vive ahora con las coordenadas del siglo XIX. La mano de obra barata, explotada y humillada que también reflejaron las obras de autores por todos conocidos, se encuentra hoy en Asia. Sólo una revolución proletaria allí, haría posible que esos corazones de piedra ávidos de riqueza, se contuviesen, como lo hicieron bajo la sociedad del bienestar.

La redistribución de la riqueza y las grandes conquistas sociales del pasado no podrán subsistir si no se produce un cambio radical en las condiciones de vida de los trabajadores asiáticos. Mientras tanto podemos ir acostumbrándonos a la miseria, estamos condenados a trabajar en las mismas tesituras de rentabilidad y productividad que nuestros hermanos amarillos, salvo que un nuevo orden social menos mediatizado por la dictadura financiera y más enfocada al humanismo le diera la vuelta a la situación.

La realidad que hoy nos esconden los políticos, manejados sabiamente por el verdadero poder que dirige los mercados, es que ellos harán todo lo posible por mantenerse como clase social aventajada, mientras el resto se deteriora sin solución. Esa es la política que se ha impuesto tanto con el gobierno socialista como con el popular. Es la realidad oculta de esa jugada maestra que fue la UNIÓN EUROPEA. Y nos lo merecemos por carecer de ideas, por dejarnos comprar a precio de ganga, por no tener un armazón moral que haga frente a los cantos de sirena capaces de una ingeniería social que produce pavor.

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Acerca de Carmen Bellver

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