El mes mariano que olvidó a María

Ya estamos en el mes mariano por excelencia. La Virgen bajo decenas de advocaciones parece ahora haber quedado relegada tras siglos de devociones en ciudades y pueblos. Hoy en nuestra tierra se siguen celebrando fiestas marianas, desde luego; pero con esa especie de mezcla secular que tienen nuestras festividades. La Virgen de Agosto es excusa perfecta para las verbenas populares. Se mantendrá una misa puntual como no podía ser menos. Pero todo ello dentro del folklore, observándose en cierto modo un olvido paulatino hacia la madre de Dios, en el ámbito de las devociones personales.

Creo que ya no se educa en el amor a María con la misma convicción que antaño se fomentaba. Su imagen de corredentora ha quedado desdibujada para muchos de nuestros jóvenes. Y excuso decir que el rosario tan vinculado a su persona, se aparca para la media hora antes de la misa, en manos de las personas más mayores de la parroquia. En algunas, en ausencia de devotos, se deja una cinta grabada. Pero no hay una pastoral especial para explicar la importancia de María, ni la fecundidad del rosario, como oración predilecta.

La Virgen puesta como modelo de virtud, resulta hoy poco grata a las nuevas generaciones. No da la imagen de mujer independiente que se lleva en nuestros tiempos. María se presenta como esclava del Señor. Su sujeción a la voluntad de Dios, con una maternidad asumida pero fuera de los cauces comunes, no se termina de entender o tal vez no se ha explicado convenientemente. Lo cierto es que siendo María modelo de virtud e intercesora fecunda ante el Señor, sólo es comprendida por aquellos que han intuido en su FIAT una experiencia profunda de amor a la voluntad de Dios.

María como mediadora ha estado presente desde los inicios del cristianismo, desde las bodas de Caná hasta el pie de la cruz cuando es entregada al apóstol Juan como madre. Es la nueva Eva, la madre de la Iglesia que coopera en las almas de los redimidos. Sin embargo ha quedado relegada al culto puntual en Basílicas o Santuarios. Sólo allí parece lucir con el esplendor que merece.

El hilo protestante adosado al catolicismo en los últimos cincuenta años, se nota especialmente en nuestros jóvenes. Y sin embargo la Iglesia con muy buen criterio ha seguido celebrando a María como esa obra perfecta que es madre de Dios. Y de manera singular Mediadora de todas las gracias. El especial interés en desmitificar la figura de María, no hace otra cosa que desvirtuar la esencia del catolicismo. Y sigue la misma senda que aquellos intérpretes de las escrituras que consideran a Jesús tan sólo un hombre singular, pero nunca lo proclamarán como Hijo de Dios.

No olvidemos que en el Credo profesamos que Jesús nació de la Santísima Virgen, con la misma fuerza que proclamamos su resurrección. Explicar bien algo tan básico como el Credo, bastaría para hacer catequesis de lo más elemental y profundo de nuestra fe. No dudemos de enseñar a amar a María porque es camino seguro de salvación. Ella en sus numerosas apariciones a lo largo de la historia, se ha mostrado siempre como Madre dispuesta a interceder por nosotros. En las letanías proclamamos que es abogada y auxiliadora nuestra. Sin lugar a duda el mejor camino para perseverar en la fe consiste en mantenerse fieles a María cuyo ejemplo nos enseña a ofrecer las adversidades que nos golpean, como camino seguro para entrar en el misterio de la corredención.

Como es lógico en tiempos donde la autonomía e independencia del individuo es elevada a categoría de mito, se hace difícil entender la humildad de la sierva de Dios. Nadie desea ya el calificativo de dócil ni mucho menos humilde. Nuestra época reniega de la vinculación con lo divino, no es difícil por tanto que María quede olvidada en las hornacinas.

Acerca de Carmen Bellver

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