Vírgenes consagradas, retomando la tradición

En una sociedad que tiene miedo al compromiso permanente. Que jura amor hasta que dure el arrebato. Que elude pronunciarse con firmeza en tantos casos que sus antepasados tenían meridianamente claros. Resulta curioso que en la Archidiócesis de Valencia se esté produciendo un fenómeno antiquísimo en nuestra tradición, pero que había quedado relegado y en desuso. Dos mujeres valencianas han sido agregadas al orden de vírgenes consagradas en una celebración que ha presidido el arzobispo de Valencia, monseñor Carlos Osoro, en la Basílica de la Virgen de los Desamparados. Y si no me falla la memoria es la segunda ocasión en la que la agencia AVAN anuncia este tipo de consagración.

Al parecer retomamos tradiciones que estaban en los albores del cristianismo y que fueron abandonadas por la vida monástica. Me consta que esta situación no es exclusiva de Valencia, en otras diócesis también se produce. En tiempos de exacerbado individualismo, con la crisis vocacional permanente de las comunidades religiosas, me llama la atención que se estén sucediendo estos caminos vocacionales.

Buscando un poco de información he encontrado que este modo de consagración presente en la Iglesia desde los primeros tiempos del cristianismo, está floreciendo por goteo en varias diócesis. La diócesis de Canarias da cuenta de cuatro mujeres laicas que permanecen consagradas al servicio de la diócesis.

En España al menos hay ciento cincuenta mujeres consagradas que tienen que mantenerse con sus propios medios, que viven muchas veces en su casa familiar y que arrastran tras de sí una dedicación vocacional a las actividades parroquiales. La vida personal dedica también su espacio a la oración de laudes, maitines y completas. Un tiempo de oración personal y el resto de la jornada a la actividad profesional normal.
Según algunas fuentes se estima que hay en el mundo cerca tres mil vírgenes consagradas. Todas ellas llevan anillo de compromiso pero no visten ningún hábito. Santas de los primeros tiempos como Inés, Lucía o Cecilia, fueron vírgenes consagradas.

He encontrado un buen resumen en realizado por Germán Sánchez Griese que reproduzco a continuación:

Esta es una de las formas de vida consagrada más antigua dentro de la Iglesia católica. No debe confundirse con las órdenes religiosas femeninas, a pesar de que el título que el Derecho Canónico les da es el de “orden de las vírgenes”. El número 604 del Derecho Canónico dice lo siguiente al respecto de este tipo de vida consagrada: “A estas formas de vida consagrada se asemeja el orden de las vírgenes, que formulando el propósito santo de seguir más de cerca de Cristo son consagradas a Dios por el Obispo diocesano según el rito litúrgico aprobado, celebran desposorios místicos con Jesucristo, Hijo de Dios y se entregan al servicio de la Iglesia. Las vírgenes pueden asociarse, para cumplir su propósito con mayor fidelidad y para realizar mediante la ayuda mutua el servicio de la Iglesia congruente con su propio estado”.

Hemos subrayado las palabras que consideramos esenciales para entender este tipo de vida consagrada dentro de la Iglesia. El Derecho canónico establece que es una forma semejante a la vida consagrada, pero sin igualarlo. La razón es muy sencilla. Mientras que la vida consagrada comporta la profesión de los tres consejos evangélicos que son los votos de pobreza, castidad y obediencia, las mujeres que se consagran a Dios de acuerdo a este tipo de vida lo hacen sólo a través de su virginidad.

Aunque el Derecho Canónico llama orden a este tipo de vida consagrada –orden de las vírgenes-, no con esto quiere decir que se establecen como una orden religiosa femenina a semejanza de un instituto religioso (capuchinas benedictinas, clarisas, etc.). Utiliza la palabra “orden” en sustitución de grupo, clase o categoría.

No hacen un voto de virginidad como las religiosas o monjas sino que es un “propósito” equiparable a un voto, ya que hacen de la virginidad una forma de consagración.

Estas personas hacen de su vida dentro del mundo un testimonio vivo del amor de Dios a la humanidad, al dedicarse por entero al servicio de la Iglesia. Pueden elegir vivir en comunidad apara ayudarse mejor en la vivencia de su consagración, pero no es éste un requisito indispensable para esta forma de vida consagrada. Estas mujeres se dedican a la oración, la penitencia, el servicio a los hermanos y el trabajo apostólico según el estado y los carismas respectivos ofrecidos a cada una de ellas.

La fórmula de consagración se lleva a cabo mediante un rito especial llamado “Rito Solemne de Consagración de Vírgenes para Mujeres que Viven en el Mundo”, rito que el Papa Pablo VI decidió revitalizar y actualizar en 1970.

Este tipo de vida consagrada hunde sus raíces en los inicios del cristianismo. Cuando la virginidad de la mujer era un valor de libertad en una sociedad que sólo concebía para ella la vía del matrimonio, mujeres como las cuatro hijas del diácono Felipe, que eran vírgenes y profetizaban (Hechos de los Apóstoles 21, 8-10), portaban toda la novedad del mensaje evangélico.

Otras, desempeñaban ministerios en la primitiva comunidad como Febe, colaboradora del apóstol Pablo (Romanos 16, 1), a la cual éste presenta como «diaconisa», un término que literalmente significaba en griego servidora, y que no implicaba el orden sacerdotal. La Comisión Teológica Internacional está estudiando en estos momentos el papel que desempeñaban aquellas mujeres «diaconisas» en las primeras comunidades cristianas (Cf. La Comisión Teológica continúa analizando los problemas del diaconado).

En 1983, el nuevo Código de Derecho Canónico recogía la tradición y animaba a los obispos a promover este modo de compromiso en la Iglesia.

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Acerca de Carmen Bellver

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