La infancia robada

La infancia es ese rincón donde todo estaba en perfecto orden. Los padres nos parecían las personas más maravillosas que había en el universo. El tiempo fluía con lentitud, las vacaciones de Navidad, Pascua y Verano se hacían eternas. No existían los problemas, tan sólo las pequeñas disputas de autoafirmación que cada niño lleva en sus genes. La vida nos sonreía y con un juguete podías pasar toda la tarde en otro universo distinto.

Pero la infancia también es el periodo donde nos marcan a fuego los acontecimientos. Donde un divorcio se vive como una tragedia irremediable, una muerte nos parece injusta, por qué se tiene que morir el abuelo. Hay cosas que nos rebasan, que no podemos procesar, necesitamos de esa ternura y mano protectora de los mayores para superar según qué cosa. Y no obstante, esos momentos quedarán grabados a fuego en nuestra memoria. Son las historias de la infancia que perduran a lo largo de nuestra existencia.

Todos tenemos anécdotas que perviven agazapadas en un rincón de la mente. Y con los años se rememoran en momentos especiales, cuando vas despidiéndote de seres queridos que han estado viviendo junto a ti días únicos. Conviene recordar que un día nosotros también fuimos niños; molestamos con nuestros gritos, rompimos algo, y reclamamos imperiosamente la atención de nuestros mayores con la misma estrategia infantil que nuestros hijos.

La infancia es por tanto una edad dorada para quien ha tenido una familia normal. Pero puede ser también una penosa travesía según la parte dónde hayas venido al mundo.

Me produce pavor la esclavitud infantil. Algo muy habitual que no suele aparecer en los medios de comunicación. Son niños condenados a trabajar como un adulto pero con menor salario. Mal viven en una existencia penosa que no desearíamos a ningún ser humano. Se les ha robado el mejor momento de sus vidas. Se les ha arrebatado la inocencia, se les ha privado de los derechos universales que suelen aparecer en documentos de postín suscritos por todos los países.

Los niños esclavos, los niños soldado, los niños abusados sexualmente, vendidos por intereses familiares. Todos ellos levantan sus manos silenciosas y nos reclaman un toque de atención. Merecen que luchemos por garantizarles su derecho a la educación, la salud, la familia y las condiciones dignas. Esos valores son universales y no pueden ser negociados. El gobierno de cualquier país debiera tener unas obligaciones morales ineludibles. Entre las que destacaría propiciar las condiciones de vida dignas a sus ciudadanos. Cuando se entienda que esto es una obligación moral, comenzaremos a caminar en la senda de un mundo más justo.

Por desgracia nos sorprenden en esta sociedad tecnológica del siglo XXI todo tipo de esclavitudes. Empresas textiles de España usan la deslocalización y confeccionan su ropa en talleres clandestinos, sin las mínimas medidas de seguridad, con unos salarios por debajo de lo que sería el mínimo deseable. Se aprovechan de la miseria, la agrandan. Cuando la avaricia forma parte del proceso de producción de las empresas, se está pervirtiendo el derecho. Nadie debe trabajar en condiciones de precariedad por menos de un salario con el que pueda subsistir. Que ahora nuestro gobierno se plantee conculcar ese mínimo, debería avergonzar a quienes lo proponen. En justicia tendríamos que dejar a sus señorías con ese salario para que valoren la indignidad de sus propósitos. Defender la dignidad de los ciudadanos es imperativo en una sociedad de derecho. No podemos caminar hacia un pasado de esclavos al servicio de avaros y opulentos ricachones.

Pero en tiempos de crisis siempre existieron desalmados que se aprovechan de la miseria ajena. Carecen de escrúpulos aunque les pongan como modelo de empresario emprendedor y exitoso. Todos sabemos que las mayores fortunas del país utilizan este tipo de enriquecimiento inmoral. Es el infierno del mercado donde los seres humanos carecen de derecho y son sometidos a las mayores vilezas.

No podremos considerarnos civilizados mientras no pongamos freno a estos depredadores del género humano. Está en nuestras manos limitar sus beneficios exigiendo que los derechos sean universales y nadie los puede subvertir. Mientras tanto, no esperemos gran cosa de quienes tienen el mal gusto de considerar que son los que producen riqueza. La única riqueza que producen es la de sus cuentas corrientes.

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Acerca de Carmen Bellver

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