Que el Señor bendiga a mis enemigos

Todos llevamos heridas a cuestas. Unas nos marcan más que otras. Aprender a relativizar es casi obligado para seguir caminando con serenidad. Cuando hoy he leído el evangelio del día he tenido que reconocer la enorme sabiduría de Jesús. Una sabiduría que le viene de lo alto. Demasiado conocía que sus palabras eran medidas y pesadas para volverse contra Él. Pero no por ello dejó de predicar y sanar a los enfermos. Aunque supiera lo que se comentaba entre los funcionarios sagrados de su tiempo, dispuestos a pillarle y darle caza.

Esos funcionarios que el Evangelio retrata como fariseos, hipócritas y calumniadores que hacen cargar fardos pesados a hombros de los demás, mientras ellos van livianos de peso, siguen estando presentes hoy. Y ese corazón enfermo también puede ser sanado, pero hay que saber marcar distancias. Por eso directamente los desarma:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos; las pisotearán y luego se volverán para destrozaros. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten; en esto consiste la Ley y los profetas. Entrad por la puerta estrecha. Ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos.» san Mateo (7,6.12-14)

La realidad es que muchas veces nos vemos obligados a dar de comer a los cerdos, a practicar la caridad con los perros, a soportar que nos pisoteen y se vuelvan para destrozarnos. Pero de la capacidad de ver en el otro el rostro de Dios, sale la paz del corazón que sana las heridas. No hay otro camino para perdonar que recordar la misericordia del Señor. Eso no quiere decir que no utilicemos la legítima defensa, sino en concreto que no nos dejemos envolver por la espiral de la violencia verbal, o de otro signo.

Es precisamente la reacción ante la afrenta lo que define la cualidad personal del individuo. Aunque la inteligencia nos advierta que algunos se van a comportar como canallas, tenemos que tener guardado el as bajo la manga. Y ese as no consiste en grandes gestos, sino en pequeños detalles. El más importante reside en nuestro corazón, allí se oculta la herida y puede supurar pus o simplemente dejar una señal cicatrizada. Por eso se nos indica que tratemos a los demás como queramos ser tratados. Y nos marca una puerta estrecha, complicada, pero la única que lleva al camino correcto.

No hay mejor manera para sanar un corazón herido que dejarlo en las mejores manos que son las del Señor. Dejar allí cada una de esas llagas que siguen supurando, para cauterizarlas con el bálsamo del amor. A veces la reacción adecuada consiste precisamente en llevar nuestro dolor con toda la impotencia que nos aflige, a la oración. Y allí suplicar para que la paz nos vuelva a reconciliar con el enemigo. Esa paz no es fruto de un esfuerzo personal, porque es imposible que surja sino hemos macerado bien la ofensa, dejando que las palabras se las lleve el viento. No ofende quien quiere sino quien puede. Y por eso la mejor defensa no es un ataque, sino una buena reflexión ante el crucificado.

Reconozco que me subleva la mansedumbre de quien es despojado de todo, sin una protesta. Como Pedro me nace sacar la espada, batirme en duelo. Pero el camino recto no es el de la venganza ni la anotación en rojo para devolver el golpe. Porque ese camino no nos lleva a la paz, en cambio ensucia nuestra mente y corazón, lo llena de rencor, de ira.

Roguemos hoy por todos aquellos que nos han heridos con la mejor oración que se nos ha enseñado a lo largo de los siglos. La de la bendición que aparece en Números 6,24-26

Que el Señor te bendiga y te proteja;
que el Señor te mire con agrado
y te muestre su bondad;
que el Señor te mire con amor
y te conceda la paz.

Porque un corazón vengativo necesita también de la paz. Porque un corazón envenenado por el odio, necesita la bondad del Señor. Porque en definitiva la bendición devuelve la mirada de amor de Dios al enemigo.

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Acerca de Carmen Bellver

Colabora en los medios de comunicación aportando su visión desde el humanismo cristiano
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2 respuestas a Que el Señor bendiga a mis enemigos

  1. José dijo:

    Excelente, Carmen, un abrazo

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