Oremos por quienes cuidan de los enfermos

Muy pocos tienen en cuenta el coste personal de quien se vuelca en ayudar a los enfermos. Pero sobre todo lo que desconocen es el abanico de riqueza interior que se abre en ese mundo peculiar. Cuando se ora por los enfermos se debe también orar por quienes cuidan de los enfermos. Porque esa actividad samaritana cuando se prolonga en el tiempo acusa secuelas que nos van a acompañar durante toda la vida.

Fueron dieciocho años al lado de un padre que en la edad de madurez quedó postrado en una silla de ruedas. Vivimos hospitales, llagas, injertos de piel, coma, sonda de alimentos, noches de hospital, largas vigilias. Todo ese recorrido tuvo su coste en una edad donde salir y divertirse es lo habitual. Pero en nuestro caso, el de mi hermano y el mío, supuso el largo aprendizaje del dolor y la enfermedad. Hemos estado en urgencias decenas de veces, tal vez lleguen a cien. Hemos partido nuestra jornada de trabajo entre hospital y actividad laboral. Hemos acompañado a mi madre en todo lo que una familia unida es capaz de realizar.

Y cuáles son las secuelas. Desde luego cuenta la pérdida de una juventud despreocupada, sin problemas, dedicada sólo a su propia vida, sin ninguna obligación personal. Para nosotros la madurez llegó demasiado pronto. No tuvimos tiempo de disfrutar junto a las amistades que surgen en determinadas épocas de la vida. Y tampoco pudimos compartir lo que llevábamos dentro al presenciar de primera mano la muerte y la enfermedad como un continuo diario.

Sin embargo ganamos mucho. Entendimos muy pronto que el amor es una fuerza que hace renacer incluso a quienes son desahuciados por las ciencia. Mi padre estaba condenado a morir y así nos lo llevamos a casa, rechazando el ingreso en un centro de cuidados paliativos. Y allí a la cabecera de su cama colmamos nuestro amor para que supiera que estábamos con él. Y así fue como sucedió el milagro. Y quien estaba en coma despertó un día sonriendo. Y se mantuvo ya sin movilidad en sus extremidades pero conociendo a su familia y compartiendo un largo periodo de años.

Aprendimos que teníamos una obligación moral que nos hacía estar pendiente de su bienestar. Criamos a un joven de dieciocho años, porque ese fue el tiempo que mi padre se mantuvo en su silla de ruedas. Y cuando llegó el momento de partir, supimos que se iba tranquilo y en paz. Lo que se siente por dentro es difícil de explicar, especialmente si no se ha vivido la misma experiencia. Pero el camino recorrido enseña que recibes más de lo que das.

Aprendes a valorar la vida con otra mirada. Por eso ahora, cuando le ha llegado el turno a mi madre, con dos ictus y una artrosis en fase final, te peguntas si vas a tener fuerzas suficientes para acompañarla y eso es lo único que te preocupa. Porque tu cuerpo también acusa la fatiga del largo combate con la enfermedad. Y mentalmente ya estás marcada por todo lo pasado.

Insisto que es muy importante rogar por quienes cuidan de los enfermos. No existen cuidadores de cuidadores. Y os aseguro que una situación larga y difícil termina por somatizarse y pasar factura. Pero en cambio, hay un conjunto de vivencias personales que enseñan a mirar la vida de otro modo. Y no negaré que existen días negros, momentos en los que te ahoga la situación. Sin embargo, puedes poner en manos del Señor aquello que por ti mismo no eres capaz de superar. Y aunque os resulte increíble, aparece el bálsamo reparador. La tranquilidad de que estás haciendo lo que debes. De que la vida humana es tan sagrada que las horas entregadas al cuidado de otros, son horas ganadas a favor de la vida eterna.

Os pido a vosotros, amigos y lectores anónimos, oraciones por quienes cuidan de los enfermos. Os ruego que en vuestras peticiones no os olvidéis de ellos. Para que nunca sucumban a la sensación de haber perdido la vida cuidando de los demás, sino todo lo contrario, de haber ganado la mejor partida.

En mi caso, estas líneas son sólo un modo de volcar mi experiencia para que tal vez sirvan a otros. Lo vivido siempre tiene sentido. Y puedo asegurar que he sido y soy feliz, porque el sentido de mi vida se encuentra en todo lo pasado que sin lugar a dudas me ha servido para relativizar muchas situaciones. Y miro al futuro con esperanza, pidiéndole que la paz interior siga presente en mi camino.

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Acerca de Carmen Bellver

Colabora en los medios de comunicación aportando su visión desde el humanismo cristiano
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