Algunas divergencias con la Encíclica Lumen Fidei

Se ha publicado la primera encíclica del papa Francisco, que proviene del papa emérito Benedicto XVI, no voy a entrar en valoraciones que otros se han encargado de realizar. Si acaso decir que me parece mucho más didáctica y sencilla en la forma que las anteriores de Benedicto XVI. Pero viniendo de la misma fuente tenía que notarse la coherencia de pensamiento. Es una encíclica que se puede leer por una inmensa mayoría. Y eso se agradece porque en cierto modo molesta esa teología de élites que como la poesía está escrita para la inmensa minoría.

Decía que no quería entrar en valoraciones sobre la misma. Pero tengo que añadir que me ha entusiasmado y al mismo tiempo no termino de entender a sus detractores, aquellos que encuentran nebulosas en cada capítulo. Que retuercen las frases para terminar diciendo lo que no dice la encíclica. Que esperan algo que no llega y les duele.

No es cierto que no se relacione la fe con la justicia social y con el progreso de la humanidad. Lo que no dice es que debamos convertir la fe en ideología social, porque obviamente es algo más personal y profundo. Tal vez sus detractores lamentan que se ciña con inmenso rigor al Magisterio de la Iglesia. Les duele en lo más hondo que lo ratifique y lo rubrique el papa Francisco de quien tanto esperan. Precisamente porque no abre ningún fleco hacia otro tipo de teología especulativa que muchos practican.

En este punto he de decir que la encíclica expresa maravillosamente que la fe custodiada en la Iglesia permanece en la verdad. De manera que verdad y fe se unen en una simbiosis genial razonada con la sabiduría del papa emérito: “La Iglesia es una Madre que nos enseña a hablar el lenguaje de la fe”. Y probablemente quienes discrepan dentro de la Iglesia, se deba a que la sienten más como un corsé opresor, que como una madre acogedora.

Por otra parte rubrica la importancia de los sacramentos, lo que para quienes beben de las fuentes del activismo, resulta chocante y molesto. No hace mucho en boca de la monja mediática Teresa Forcades pudimos leer: “Dios no te juzgará por si has ido a misa, sino por si has dado agua a quien tiene sed o has ido a ver quien estaba encarcelado”, interpretando a su aire algunos fragmentos del capítulo 25 del Evangelio según Mateo. Pero la encíclica del Papa subraya “cuatro elementos que contienen el tesoro de memoria que la Iglesia transmite”: la confesión de fe, los sacramentos, los Mandamientos y la oración.

Como es obvio no gusta que se remarque aquello en lo que no estamos en sintonía, pero la realidad es la que es y no la que quisiéramos que fuera. De ahí que muchos se hayan lanzado a enumerar las discrepancias o mejor dicho a expresar las divergencias. No es cierto como afirman algunos que se olvide del mundo y nos reduzca a una mera ontología. Lo que se afirma es precisamente que el olvido de Dios conlleva una pérdida de humanidad patente. Por eso leemos: “En la ‘modernidad’ se ha intentado construir la fraternidad universal entre los hombres fundándose sobre la igualdad. Poco a poco, sin embargo, hemos comprendido que esta fraternidad, sin referencia a un Padre común como fundamento último, no logra subsistir”.

Está presente en el marco del papa emérito la experiencia de los totalitarismos que marcaron la sociedad del pasado siglo, por ello corrobora que “la fe no solo se presenta como un camino, sino también como una edificación, como la preparación de un lugar en el que el hombre pueda convivir con los demás”.

En definitiva si leemos todas las encíclicas de Benedicto XVI junto a ésta del Papa Francisco, encontramos un hilo argumental razonado y coherente, que nos facilita la comprensión de la fe que profesamos. Basta recordar sus títulos: Dios es amor; Salvados en la Esperanza; La caridad en la verdad. Bienvenida por tanto esta luminosa encíclica que completa el cuadro de las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Juntas las tres, para dar sentido a nuestro caminar.

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Acerca de Carmen Bellver

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