El don de la fe que nos ha sido otorgado con amor

He cometido el imperdonable error de decir que la fe es un don. Y me han dicho que eso es el típico latiguillo del curilla de turno. Sinceramente me dejan alucinando, es el acabose, en imagen gráfica lo traduciría con el dedo que señala la luna y los demás sólo contemplan el dedo.

Todo viene a propósito de mi artículo sobre la encíclica del Papa. Toda una encíclica para hablar de la fe y les parece banal, no les convence, no va al núcleo de la cuestión. Tal vez el problema es que ellos no viven la fe como un don, que la trituran y la desmenuzan hasta convertirla en una ideología más, pura filosofía existencial, vana palabrería sin sentido. Una no entiende que al designar la fe como un don la critiquen por decir que no nos la podemos apropiar. ¡Santo cielo!, precisamente es un don porque no nos pertenece. Es algo tan grande que estremece.

Nadie puede dar la fe a otro. Señalará el camino, razonará mil veces, y terminará por levantar los hombros impotentes para clamar ante Dios: Señor concédele la conversión. Ese es el verdadero quid de la cuestión. No se puede uno apropiar de la fe. No puede uno encerrar a Dios en sus cuatro paredes, desmenuzarlo en una probeta, manipularlo a su antojo. Dios se escapa como el agua entre los dedos cuando alguien decide apropiarse de Él. Hay que vivir la conversión para gozar la fe como don. Hay que salir de los estrechos márgenes de una fe sociológica, costumbrista, rutinaria, para gozar del misterio que se nos otorga.

Por eso frente a los teólogos que desmenuzan encíclicas como puro arte intelectual, quedará siempre la gracia operando de manera oculta. Y eso es algo que muchos no comprenden. Y sin embargo Jesús lo dejó reflejado en sus palabras a Nicodemo; “Hay que hacer de nuevo”. Sólo quien nace del espíritu comprende la grandeza que se opera en su alma. Y entonces se pueden entender frases lapidarias que resultan escandalosas, como que hay que ser como niños para entrar en el Reino de los cielos.

El evangelio es para todos pero especialmente va dirigido a los pobres, los parias, los afligidos, no a los intelectuales, los sabios, los poderosos, los ricos. Esa es la pura realidad. Y gracias a Dios que es así, por ello entendemos que es un don lo que se nos ofrece. Algo que no nos pertenece, que se nos da gratuitamente y a lo que debemos corresponder en nuestra propia vida con generosidad. Y es tan divino que incluso se nos dice que para Dios todo es posible. No es que el Señor no quiera a los ricos, los inteligentes, los instruidos. Pero para ellos es tan difícil entrar en el Reino de Dios como hacer pasar un camello por el ojo de una aguja (Marcos 10, 25).

Pero que no se nos escape que hay que vivir las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. En simbiosis, con sinergia. Lo contrario sería puro formalismo, liturgia no encarnada, oración blasfema que olvida a quienes se nos confía. Por eso cuando uno recibe el don de la fe, comprende también lo lejos que está de merecer la gracia. Y corre a postrarse ante el Señor para suplicar que no tenga en cuenta sus infidelidades.

La fe pertenece a los humildes. Un corazón soberbio nunca se arrodilla. Jamás dará gracias de algo que llevamos en vasijas de barro. Y además del Evangelio los que nos enseñan el camino son aquellos que nos precedieron y a los que la Iglesia presenta como modelos de santidad. Sí, aunque muchos abominen de que la Iglesia nos muestre el camino que otros realizaron. Lo cierto es que están ahí para mostrar las palabras del Evangelio:

“Entrad por la puerta angosta; porque ancha es la puerta y amplia la calle que llevan a la perdición, y muchos entran por ellas. ¡Qué angosta es la puerta y qué estrecho el callejón que llevan a la vida!. Y pocos dan con ellos”. (Mateo, 7, 6-13)

Llamados todos a la santidad, reconocemos aquellos que iniciaron esa travesía y gracias a su experiencia podemos comprender que no somos nosotros quienes obramos grandes cosas, sino que es Dios quien obra maravillas en aquellos que se ponen bajo su custodia.

Y no puedo decir más, sé que no convencerán mis palabras, porque no dejan de ser letras juntadas con mayor o menor acierto. Quien de verdad puede operar maravillas es Dios. El prodigio de una conversión siempre es un encuentro entre Dios y un alma, algo que como el amor, no puede fabricarse, ni envasarse, ni manipular, podemos definir pequeños rasgos, leves indicios, pero nos sobrepasa. Esa es la verdad.

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Acerca de Carmen Bellver

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