Lágrimas en Siria: la sangre de los inocentes

No entiendo nada de guerras. Para mí todas son incomprensibles. Tienen las suficientes dosis de dolor como para evitarlas por todos los medios posibles. Pero es que además, me produce la sensación de que algunas son causa de una serie de concatenación de acontecimientos fatalistas. Como si de pronto una zona del globo sufriera la acometida de un seísmo. Sabemos que la tierra es una bola de fuego, estudiamos las placas tectónicas, pero ningún sismógrafo que se sepamos anticipa el cataclismo. Por el contrario con las guerras sucede a la inversa, se huelen, se presagian, se gestan y explotan al poco que te descuides. Con la misma fatalidad de un seísmo.

Desde la caída del muro de Berlín se han sucedido decenas de conflictos por el mundo. Sin embargo la historia del siglo XXI se ha fijado con especial insistencia en los países islámicos, aquello es un polvorín donde se juegan en un tablero con piezas muy concretas. No solo se ocultan los intereses geoestratégicos de la zona, por cuestiones de alianzas políticas, sino también se descubre el imparable radicalismo que está marcando al mundo islámico. La política de Estados Unidos como paladín occidental que ha dirigido la agenda de los últimos setenta años camina desde hace tiempo con un rumbo errático. Ya nadie cree en el defensor de la democracia y el salvador de la civilización occidental.

En realidad, asistimos en este incipiente siglo tecnológico a una guerra total de tipo comercial que es la que marca el timón por donde navegan los últimos acontecimientos. Se trata de defender intereses de determinados grupos que actúan presionando a los políticos. De manera que el noble arte de defender la democracia y la participación del pueblo, se ha quedado poco menos que en el gran Teatro del Mundo, donde los dimes y diretes se suceden ante la mirada atónita del sufrido espectador.

Los organismos internacionales creados para mantener equilibrios de fuerzas entre diversos países, son también los grandes convidados de piedra, sueltan sus proclamas, hacen su papel y a la postre se muestran prácticamente como inútiles para detener lo inevitable. La guerra mundial es de hecho una triste realidad que implica ahora a determinados países con calculadas estrategias de intervención militar. Si sobrevolamos los últimos años desde la tragedia de los Balcanes que de manera incomprensible surgió en la década de los 90 del pasado siglo, observaremos que fue ya un enfrentamiento multicultural entre regiones diferentes, exacerbando diferencias que se habían solapado durante decenios.

El conflicto árabe-israelí surgido tras la segunda guerra mundial con la creación del Estado de Israel ha tenido en la escena internacional diferente intensidad a lo largo del pasado siglo. Pero las alianzas persisten en el juego estratégico de la política y a nadie se le escapa que la guerra en Afganistán fue el comienzo de una intervención islámica que ha prendido fuego como en una gran traca explosionando por toda la zona. Porque la guerra en Afganistán comenzó mucho antes de los atentados el 11 de septiembre a las Torres Gemelas. Pero lo que sí es cierto es que a partir de ese momento se han sucedido las intervenciones de Estados Unidos en la zona de manera fehaciente. No podemos olvidar el conflicto con Irak, la caída de Gadafi en Libia y las revueltas de la primavera árabe en Túnez y Egipto que desembocarían en la guerra civil en Siria.

En este momento crucial de guerra contra el terrorismo, por parte de Estados Unidos, lo único cierto es que cada intervención militar realizada no ha supuesto la llegada de una democracia que respete la pluralidad religiosa y política, sino más bien se imponen estados islamistas de corte talibán, con aires totalitarios y deseos de expansión territorial en una mezcla de mesianismo religioso-político. Mientras tanto la población cristiana ha sido la gran mártir de esta cruzada de la media luna. Siendo prácticamente eliminada de la zona ante el silencio ominoso de la comunidad internacional.

Con este panorama desolador donde se mezclan intereses de industrias armamentísticas, con alianzas políticas de dudoso provecho para la población de uno u otro signo, la realidad muestra que la población civil está sufriendo los envites de esa concatenación de acontecimientos a los que aludía al inicio de este post.

¿Es posible la paz?. Yo creo que el mismo Papa Francisco lo ha dicho sin eufemismos, hay que trabajar siempre por la paz. Porque tras las llamadas “guerras justas” parece que se ocultan oscuros intereses. Por tanto en estos momentos solo cabe orar unidos por esos pueblos que viven el dolor de la guerra, el terrorismo, el éxodo hacia campos de refugiados, la hambruna y la miseria que padecen los desplazados. Todos ellos merecen nuestra compasión, son daños colaterales para los señores de las armas. Y hay que gritar que la sangre de los inocentes no puede ser derramada en vano.

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Acerca de Carmen Bellver

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2 respuestas a Lágrimas en Siria: la sangre de los inocentes

  1. Mª Carmen Martínez dijo:

    Hace unos días que leí tu excelente artículo, y hoy he leído una entrevista, que lo complementa muy bien para quienes quieran una información de primera mano de alguien que lo está viviendo. Se trata de Louis Sako, patriarca de los caldeos “¿No habéis aprendido de la guerra de Irak?” http://www.aleteia.org/es/politica/entrevistas/patriarca-de-los-caldeos-no-habeis-aprendido-de-la-guerra-de-irak-3771001

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