“Las vacas sagradas”

No tomen el título con carácter despectivo. En realidad lo utilizo como símbolo o imagen para referirme a un grupo encargado de dominar el pensamiento de los últimos años. Son incuestionables y dan lugar a los “mantras sociales” a ese pensamiento débil que es puesto en la cuña de nuestros medios de comunicación y en general en toda la cultura. “Las vacas sagradas” no pertenecen exclusivamente a una especie, abarcan todos los ámbitos de la sociedad. Comienzan en la política, pasan por la jurisprudencia, la economía, las finanzas, el arte, la literatura, la teología, etc. No hay espacio que no tenga su “vaca sagrada” y su “mantra” perfectamente catalogado para aplicarlo cuando conviene.

Si tenemos visión retrospectiva recordaremos que esas “vacas sagradas” poseían una casta sacerdotal y unas vestales a su servicio. Nada que no suceda hoy mismo. A la estirpe de estos imbatibles personajes que dominan la escena mundial y en particular la escena de nuestra patria, les rodean los advenedizos dispuestos a defender a capa y espada el criterio de esos “maestros” del pensamiento. Atacarán a quien se atreva a cuestionar el dislate que algunos de ellos no dudan en lanzar sin ruborizarse.

Como estamos en un medio socio religioso y plural deberemos ceñirnos a este espacio para no divagar sobre lo humano y lo divino. Tengo por costumbre contrastar pareceres, estamos por fortuna en la era tecnológica que permite acceder a opiniones diversas sobre un tema determinado. Y no deja de sorprenderme que poner en la picota disparates y absurdos de “las vacas sagradas” te haga merecedora de caer en el ostracismo. No estar dispuesto a comulgar con la casta sacerdotal y las vestales de turno te excluye de eso tan humano que es el club de amigos.

En realidad muchos viven la religión precisamente como si perteneciesen a un club de fútbol. Los partidos se combaten a patadas y ojo si no vitoreas a los jugadores tal y como se merecen. No es lo mismo ser del Barça que del Real Madrid, no se entiende que se pueda disfrutar del deporte y valorar las actuaciones con ecuanimidad. No, lo que se exige es el fanatismo ciego de la fe incondicional en el equipo de turno.

Y sin embargo, los cristianos jugamos siempre en una única dirección. La de la salvación de las almas, que es el tesoro por el que estamos dispuestos a venderlo todo. No importa lo difícil que pueda resultar la coherencia con los principios de nuestra fe, con la gracia de Dios encontraremos la manera de vivir por aquello que merece la pena. Que no consiste precisamente en adular a “la vaca sagrada” que esté en el Olimpo de los medios, vitoreada por la cohorte de incondicionales.

Ya sabemos que la fidelidad al evangelio solo nos va a atraer disgustos, especialmente si vamos por libre, si no somos hinchas del equipo que juega el partido en ese momento. Pero la libertad tiene ese precio. La libertad no es precisamente obrar según lo que a mí me parece, todo lo contrario, la libertad es adherirse a la Tradición que ha mostrado la suficiente sabiduría para convencernos que los “experimentos con gaseosa” solo llevan al sumidero.

Y no me olvido de recordar que “la vacas sagradas” su casta sacerdotal y las vestales son hijas de un tiempo determinado, pero no permanecerán por siempre. Eso nos da la tranquilidad de saber que la Iglesia, pese a sus errores, mantiene la ayuda del Espíritu hasta los últimos tiempos. De manera que las herejías y las heterodoxias pasarán a ser anécdotas en los libros de historia religiosa y sus protagonistas tal vez merezcan una sola línea, pero la mayor parte de los hinchas se perderá en el olvido.

Y ya para finalizar quiero recordar a María como esa figura que tantas “vacas sagradas” atribulan con sus diatribas. No hay camino más recto y seguro de llegar a Dios que de la mano de María. Seguramente la Iglesia lo proclama desde los primeros siglos del cristianismo por obra del Espíritu. Porque si dependiera de los humanos, María no hubiera pasado el filtro de la misoginia patriarcal.

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Acerca de Carmen Bellver

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