El ambón del creyente

Estamos entrando en una nueva era, no sé dónde se trazarán las líneas que delimitan una época o periodo histórico. Cuando hablamos de la Ilustración o de la Revolución industrial no podemos poner una fecha concreta, se dilatan los años que abarca determinado periodo con la flexibilidad que da la perspectiva histórica. Hoy reconocemos nos adentramos en la era espacial en el momento determinado que una nave dio la vuelta a la Tierra. Desde entonces el mundo ha seguido cambiando. Pero podemos decir con total seguridad que la revolución tecnológica y bioquímica prosigue de modo imparable.

Como es obvio el ser humano sufrirá el envite de estas trasformaciones inevitables que afectan a la sociedad de manera radical. El afamado creador de la píldora abortiva que supuso una innegable revolución femenina, pronostica la congelación de óvulos y la disociación de la sexualidad del acto reproductor. Es decir que los niños vendrán inseminados a la carta facilitando la conciliación laboral y familiar. No sé si este pronóstico es certero o pertenece a las utopías de un sueño futurista.

Lo que no cabe duda es que ante el cambio radical de la sociedad y sus valores, los creyentes tenemos un reto impresionante. Porque no parece ser que los criterios morales del humanismo cristiano sean la antorcha que guía estas transformaciones antropológicas que afectan radicalmente a la sociedad. Por otra parte la aldea global interconectada las veinticuatro horas, facilita una manipulación social con tintes Orwellianos. Es difícil sustraerse del influjo de los medios de comunicación que marcan el pensamiento con una facilidad preocupante. La manipulación afecta directamente a la raíz de nuestra fe que se enfrenta con unos retos absolutamente diferentes a los que sufrió en el pasado.

Los patrones de conducta no siguen ahora la sociología cristiana. Se mueven mediante la influencia soterrada de manera subliminal que afecta a todas las áreas de la sociedad. Los niños por encargo con vientres de alquiler pertenecen ya a ese futurismo que hoy es realidad. El problema sobre la moralidad de dichos actos se traslada ahora a la bioética, una nueva ciencia para nuevos retos. De manera que los teólogos ven tambalearse el edificio de la fe ante el avance imparable de la revolución sociológica que afecta al comportamiento del ser humano.

El hecho de que la voz de la máxima autoridad cristiana se encuentre dispuesta a declarar que “el edificio moral de la Iglesia puede caer como un castillo de naipes”, nos muestra el reto frente al que hoy en día se encuentra el creyente. Una fe que se opone a los valores del mundo, es precisamente la aguafiestas que el Papa quiere sortear con proclamas sobre la misericordia y el perdón. Pero tal vez, debamos encarar el problema desde otro ángulo. Se necesita un Santo Tomás o un San Agustín capaz de traducir la Verdad proclamada durante dos mil años, con el lenguaje de esa nueva era en la que ha entrado el mundo.

No podemos olvidar que la era global permite proclamar la fe desde el púlpito de la tecnología y que la esperanza como virtud teologal nos sostiene en tiempos de tribulación con la seguridad de que al final el triunfo pertenece al Reino de Dios. Presentar la fe de modo atractivo no es rebajar el listón de exigencias, porque lo que Cristo pide en el Evangelio es la santidad en las vidas de cada hombre y mujer. Y esa santidad consiste en una coherencia personal y en una fortaleza inexpugnable que nos llama a proclamar que la salvación de la humanidad pasa por adherirse a la fe en la seguridad de que Dios recata del pecado, del mal y de la muerte.

Claudicar ante el pensamiento débil, ante la moda o la incoherencia hecha moda exige hoy más que nunca la luz de la Verdad como ambón permanente, capaz de orientarnos ante una civilización que está mutando dando la espalda a Dios.

Acerca de Carmen Bellver

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2 respuestas a El ambón del creyente

  1. José Luís Samper dijo:

    Efectivamente, el mundo occidental y, tal vez, también el no occidental, se están construyendo al margen de Dios y la fe cristiana. Pero lo que realmente está en peligro no es lo que de verdad hay en esa fe, sino el propio mundo. El maquinista que no respetó la señal de reducir la velocidad no puso en peligro la señal, sino todo el tren y la gente que viajaba en él. Apenas llevamos 300 años de revolución científica e industrial. Un tiempo ínfimo en la historia de la humanidad, que ha conocido épocas esplendorosas de civilización y de las que apenas ha quedado memoria. Ahondemos nuestra fe y trabajemos por un mundo que reconozca la voluntad de su creador. Lo demás nos vendrá por añadidura.

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  2. Nunca mejor expresado. “Trabajemos por un mundo que reconozca la voluntad de su creador”. Chapeau.

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