De la comunicación al chismorreo

A todos nos gusta saber de los demás, especialmente conocer sus percances. Nos pasamos la vida con el ¿sabes qué…?. Desde que el hombre creo la polis y pasó de ser nómada a sedentario, no hemos hechos otra cosa que hablar los unos de los otros. Y ahora el Papa nos dice que evitemos los chismorreos. Precisamente en una época donde las redes sociales no hacen otra cosa que compartir todo, especialmente lo de los otros, eso que tanto nos gusta, el corre ve y dile. Y desde que se inventó el periódico las páginas se llenaron de esa cosa llamada noticia, que no es nada más que dar relieve a determinados acontecimientos, dejando ocultos otros no menos importantes.

La línea divisoria entre compartir información y el puro chismorreo nace en lo más profundo del ser humano. Los hay con la lengua larga y otros que evitan dar a conocer lo que saben. Porque hay cosas que pertenecen a la esfera de lo privado. El cotilleo parece formar parte consustancial del ser humano. Existe desde que el hombre comenzó a vivir en sociedad.

La radio y la televisión fueron las primeras en captar el filón que supone idear programas de puro cotilleo. Crearon escuela y lo hicieron bien, hasta que llegó la época del mal gusto, de las obscenidades y la falta de pudor. Entonces nuestras pantallas se convirtieron en cloacas inmundas y en academias de malos modales. Desde entonces lo peor del ser humano es aireado originando un caldo de cultivo malsano en toda la sociedad.

Hoy con las redes sociales ha irrumpido esa figura anónima e insalubre denominada troll. Los hay que satisfacen su ego zahiriendo al prójimo. Se crecen desde los nicks más absurdos, crean un perfil falso y desde allí aportan no sólo el chismorreo sino la falta de razón y el mínimo criterio para hablar de cualquier tema. Eso es lo que ahora nos está invadiendo en la era de la aldea global. En cambio las aportaciones rigurosas pasan de puntillas porque todo se ha convertido en negocio. Y lo único que importa es lo que vende. Sólo cuenta el nivel de la audiencia que proporciona dividendos. La cultura, la hondura de pensamiento, la aportación mesurada, va escaseando en los medios, ya sólo se encuentra con calzador.

Las costumbres siempre marcan las reglas de la sociedad. Hoy se ha encontrado la manera de influir de manera sutil en nosotros y quienes manejan esos medios de comunicación se esfuerzan por manipular a la opinión pública. Unos y otros siempre aluden a la profesionalidad y la ética. Pero la realidad suele ser obcecada y se empeña en recordarnos titulares engañosos, crónicas falsas, noticias que no son tal y más bien devienen en puro chismorreo.

Es mucho más honrado tomar una tribuna y decir que hablas de lo que opinas, con franqueza, a cara descubierta. Sin artimañas de saltimbanqui circense. Podrás estar equivocada pero al menos no fomentarás esa perniciosa manía del cotilleo con segundas. Que es lo que ahora solemos encontrar por la red.

Me gusta la idea de moderar la lengua, especialmente cuando se trata de dar una coz a otro. Pero también creo que la comunicación es una aportación del ser humano fantástica que permite profundizar en la zona más íntima de la persona. Gracias a esa comunicación conocemos desde tiempos remotos lo que pensaban nuestros antepasados, como vivían y se relacionaban. Y también gozamos de obras literarias maravillosas que nos dejan retazos de vidas sobre el papel.

La comunicación nos hace mejores o peores, según como se maneje la trastienda de la información. Por eso los poderes públicos debieran velar para que existiera un código deontológico que mantuviese limpias las pantallas de nuestro televisor y las ondas de radio o las redes de internet. Las paradojas de la libertad de información son precisamente esas líneas sutiles que traspasan lo que debiera estar prohibido.

Enseñar a comunicarse con educación también determinó en la época victoriana un gran nivel de hipocresía, lo que nos permite entender la complejidad que entraña la relación entre el emisor, el código, el mensaje y el receptor. Tal y como estableció el lingüista Saussure. La maledicencia es un enorme pecado global al que pocos escapan, pero la comunicación sigue siendo un milagro maravilloso. Encontramos que las semillas del bien crecen junto a los cardos del mal, en un combate que parece dispuesto a proseguir hasta el final de los tiempos.

Ojalá podamos estar del lado de quienes siembran lo mejor. Que sepamos distinguir el chismorreo de la información rigurosa que nos enriquece a todos.

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Acerca de Carmen Bellver

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Una respuesta a De la comunicación al chismorreo

  1. José dijo:

    Carmen, muy bien. A mí me aterroriza la frase bíblica “de toda palabra ociosa se os pedirá cuenta”, bendito sea Dios!!!

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