Los hijos de la ira y los mártires del perdón

El inicio de curso en la Universidad Politécnica de Valencia ha tenido su gota de anticlericalismo ramplón. Ante un grupo de jóvenes agresivos e intolerantes el arzobispo de Valencia tuvo que soportar el abucheo de quienes seguramente se consideran paladines de la libertad. Los altercados en diversas universidades de España han mostrado siempre la temperatura política en las aulas. Porque suelen suceder en Los Campus del saber que algunos se dedican más a agitar que a estudiar.

Me ha parecido modélica la actitud del arzobispo levantino. Ningún reproche ante el abucheo y una reflexión personal frente a los jóvenes que retomaron las vigilias vespertinas de oración en la Basílica de los Desamparados. A ellos les acucia para “no esconderse ante las dificultades”, “a hacer llegar el amor de Dios a los corazones. Pese a resultar bastante desolador enfrentarse ante la turba convertida en “jauría humana”, incapaz de razonar y dispuesta a llegar al máximo extremismo. Ese tipo de irracionalidad regó los campos de España con la sangre de miles de víctimas. Las hubo en ambos bandos. Pero especialmente resultan inconcebibles las que se cebaban con personas que habían profesado la fe para servir a los demás. Eran personas indefensas sometidas a la arbitrariedad del “mal”, la mayor parte murió perdonando a sus asesinos.

Hoy el odio a la Iglesia sigue tan presente en la sociedad como antaño. Se huele el azufre aunque nos consideremos más civilizados que nuestros ancestros. Y sobre todo lejos de la intolerancia del pasado. Pero no es cierto. Con motivo de la beatificación de un puñado de mártires por la fe en fechas próximas. Ya han lanzado su zarpazo de odio quienes dicen preferir una fe sencilla y lejos de oropeles. Se escudan con las víctimas inocentes del otro lado. Aquellos que decían defender la legitimidad que la Historia con sus huellas escritas en fuentes de todo tipo, se empeña en reescribir de un modo diferente a como nos la vienen contando los hijos de la “ira”.

Afortunadamente tenemos ahora más medios que nos hacen partícipes de las palabras de consuelo de la Iglesia frente a la adversidad. Lampedusa y sus víctimas atrapadas en la espiral de este capitalismo salvaje y deshumanizado, ha llenado las Iglesias para rogar por los difuntos y especialmente por quienes hacen posible que exista una inmigración desbocada buscando una salida y un futuro lejos de la desolación de sus patrias de origen. En otras palabras rogamos por la conversión de los pecadores.

De modo que tenemos un Papa que se esfuerza por mostrar el rostro misericordioso de Dios. Y sin embargo otros se empeñan en agitar banderas del pasado con el único objetivo de dividir el Cuerpo de Cristo. Se llaman cristianos, pese a proferir los peores improperios hacia sus hermanos, denigrar a sus pastores y encontrar eco en las páginas de los periódicos más beligerantes con la Iglesia.

La primera reacción es tocar al arrebato, enzarzarse en la polémica. Pero luego comprendes que realmente lo que ellos necesitan es lo que pide el Señor, decirles que somos hermanos pese a todo, que Dios les ama aunque intenten dividir a los creyentes. Y explicarles que “el martirio de la fe” es una gracia que la Iglesia nos presenta a todos los fieles, sin menospreciar a las víctimas del otro lado que cayeron también de modo injusto. Una cosa no se opone a la otra, la sangre de quienes no sufrieron el martirio de la fe pero murieron siendo inocentes, también es sangre derramada al pie del altar del sacrificio.

Cabría ser más cautos ante la beatificación en Tarragona de esos hermanos nuestros, rendir el tributo que merecen y no obcecarse en reivindicar lo imposible. Para Dios no existen acepciones de personas, pero aquellos que ofrecieron su vida por los demás, merecen un lugar en la memoria de los vivos. El resto es palabrería que arrastra hacia los actos irracionales como los que sufrió el paraninfo de la Universidad Valenciana.

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Acerca de Carmen Bellver

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