La polémica a cuenta de los mártires de la fe

Es decepcionante leer a miembros destacados del pensamiento intelectual de esta década con el mismo soniquete al que nos han acostumbrado los medios de comunicación estos últimos treinta años. Se ha publicado mucho sobre la guerra “incivil”, hemos visto películas cuya magnificación del bando perdedor no podía ser más evidente. Hay fuentes históricas claras que muestran que el proceso al que se llegó en 1.936 venía gestándose con anterioridad. Los cuarenta años del franquismo, por su parte, habían ahogado la memoria de un lado convirtiendo a todo el bando republicano, de manera global, en asesinos de curas y monjas.

Nada hay más alejado de la realidad que intentar magnificar unos hechos con la parcialidad a la que se nos viene acostumbrando. La realidad se empeña en demostrar que muchas víctimas lo fueron por estar “en el lugar y el momento equivocado”. Víctimas inocentes, sangre derramada de modo injusto. Nadie puede negar esos hechos. Pero tampoco se puede solapar una realidad aplastante, las víctimas que obtuvieron la palma del martirio, sucumbieron lejos del frente, en las ciudades y pueblos de una España asolada por la sin razón de la ira más ramplona. Eran gente puesta frente al pelotón por su fe, por ser cristianos, y además murieron perdonando.

Que existan a estas alturas quien se pregunte si es necesario beatificar a esos mártires. Al tiempo que duda del valor de la oración hacia los santos, mostrando un alejamiento total del sentido religioso que la Iglesia católica profesa a “la comunión de los santos”. Produce vergüenza y ganas en todo caso de rogar por la conversión de su corazón. Que esta beatificación se esgrima como arma para abrir brechas sin hacer el mínimo esfuerzo por cerrar heridas, blandiendo sofismas y demagogias desde las tribunas mediáticas. Es cuanto menos una de las peores desgracias que nos podían suceder.

La reconciliación de las dos Españas parece más lejos que nunca. El deseo fraterno de vivir en paz defiendo desde la legalidad la pluralidad del pensamiento, tropieza una y otra vez, con los voceros de la ira, del rencor, del “ojo por ojo”. No entender que el martirio de la fe es una gracia para todos los creyentes, es no entender nada sobre la raíz profunda del cristianismo cuyo símbolo precisamente es la cruz de la ignominia, de la tortura, de la banalidad del mal. Frente a ello la Iglesia presenta a quienes se ofrecen como víctimas en un sacrificio pleno de sentido. No son víctimas políticas, sino exclusivamente mártires por su condición de creyentes. Y no se puede estar a favor de mitificar otras muertes, también inocentes, pero desde luego totalmente politizadas. Son casos diferentes y hace falta explicarlo con claridad.

Si encima se duda de los milagros que llevan a los altares a estos u otros beatos, si se mezclan las cosas de manera absurda. Si se convierte a los mártires en franquistas, cuando todavía no se había proclamado a Franco Caudillo de España, se está haciendo un flaco favor a la reconciliación. Y si esto sucede desde las mismas filas del catolicismo, de aquellos que dicen profesar la fe en Jesucristo, resulta mucho más vergonzoso. Podemos explicar que hubo mucho dolor y sacrifico, porque eso es lo que produce una guerra. Pero no queramos convertir los héroes de cualquier causa en mártires de la fe. Son conceptos completamente diferentes, que debemos esforzarnos en explicar.

Lo que ahora intenta hacer la Iglesia es recuperar la memoria de los fieles creyentes que murieron por ser testigos de la fe. Podemos decir que fueron honrados durante cuarenta años, mientras otros cuerpos dormían en las cunetas del olvido. Pero entonces estaremos cayendo en el maniqueísmo, en querer igualar conceptos completamente diferentes. Los mártires interceden por todo el pueblo creyente. Son los que han emblanquecido sus vestiduras con “la sangre del Cordero” del que habla el Apocalipsis (7,14)

Comprendo el desconcierto de muchos, porque también yo en su momento creí que las beatificaciones abrían una brecha en la reconciliación de los españoles, pero el tiempo ha impuesto sus razones facilitando la comprensión de los hechos, en un momento de la historia en que necesitamos testigos de la fe. Y no es baladí recordar que todos estamos llamados a derramar nuestra sangre por aquello en lo que creemos.

No queramos explicar la guerra española de manera maniquea. Dejemos a un lado las víctimas en función de sus creencias para admitir sin paliativos, que los mártires fueron al sacrificio inmolando sus vidas en oblación por la fe. Que ellos sigan intercediendo por nosotros en estos tiempos turbulentos donde algunos parecen olvidar las enseñanzas de nuestro más inmediato pasado.

Acerca de Carmen Bellver

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