“la banalidad del mal”, también en el siglo XXI

Asistimos una vez más impávidos al ataque directo a la Iglesia, como estrategia meditada, se buscan votos en el caladero de aquellos que sienten la moral católica como una losa que les impide campar a sus anchas. La derogación de los acuerdos con la Santa Sede que pide el partido socialista, no es nuevo. Ya sabemos que lo de no robar tiene sutilezas y lecturas que al Papa Francisco no se le escapan. Por eso habla contra la corrupción y contra un sistema de mercado que impone drásticas medidas a la mayoría silenciosa. Un estado de cosas que multiplica la riqueza de pequeños grupos y engrandece la pobreza de la mayor parte de los ciudadanos. Ya no se trata sólo de aplicar la sociedad de los tres tercios que proclamaba Margaret Thatcher en los ochenta del pasado siglo. A este paso andamos hacia la sociedad esclavista con cadenas virtuales.

Pero cuando no se es capaz de tener una teoría política consistente, un programa claro que defienda el bien común, lo que tenemos es esa banalidad del mal que Hannah Arendt explicó con claridad al mundo, tras la segunda guerra mundial. El hombre común que se somete a las circunstancias y es capaz de las mayores atrocidades con la frialdad de un burócrata. Algo que estamos viviendo en nuestras propias carnes, con ese conjunto de políticos vendidos al mejor postor. Una plutocracia que sólo tiene como objetivo mantener su estatus de clase privilegiada, fingiendo que sirven al pueblo.

La banalidad del mal consiste también en que gente aparentemente buena y honrada, entra en la dinámica de una espiral de actos deshonestos de los que no se siente responsable, porque no existe otra salida en el horizonte. La repetición machacona de que para conseguir algo hay que pisar al rival, deviene en la jungla humana. Y en esa dinámica el Evangelio vuelve a ofrecer un camino que sorprende. Se trata de vencer el mal con el bien, de creer en una ley natural que busca proteger los más débiles, incluso con el sacrificio de la propia vida.

Naturalmente cuando la Iglesia presenta su decálogo, que emana del Antiguo Testamento, subraya que ya ha sido superado con el Evangelio del amor. Porque donde hay amor y respeto por el otro, no existe el pecado. Sin embargo la izquierda sigue utilizando el anticlericalismo para azuzar el descontento contra alguien que tiene como norma dejar que le abofeteen no una vez, sino dos, si eso fuera preciso. Es el comodín ideal para salir del marasmo en el que nos encontramos, para seguir confundiendo y enredando. Todo sea por distraer al personal, para que no piensen por sí mismos, demos una cabeza de turco contra la que descargar las iras acumuladas por la presión de la crisis.

Existe una clara línea que se ya se ha cruzado en otras ocasiones y que consiste en crear crispación enfocando hacia una dirección concreta. Ante el fracaso de las autonomías de nacionalismo excluyente, como sociedad que ha creado un monstruo de miles de cabezas devorando a sus hijos como Saturno, se tapan los errores en un suicidio colectivo hacia adelante, saltando a la independencia, generando una nueva crispación en la sociedad, que distraiga de escándalos económicos de una determinada clase social que ha estado esquilmando las arcas del Estado.

Pues en esas andamos, y esa banalidad del mal, es la misma que analizaba Hannah Arendt para explicar el Holocausto nazi. Hay hombres que para medrar optan por realizar una serie de acciones, ajenos a las consecuencias que las mismas ocasionan. Actúan como máquinas sin corazón, con la precisión de un reloj suizo, encajándose con otras piezas hasta formar una maquinaria terrorífica que devora todo lo que se pone a su paso.

Esas situaciones sucedieron a mediados del siglo pasado con un fatalismo aplastante. Y en el siglo XXI las acciones que se están llevando a cabo por la maquinaria burocrática de la Comunidad Europea, encaja perfectamente en esa banalidad del mal que corroe todo lo que toca.

Frente a ello las palabras del Papa Francisco proponen la alegría del Evangelio donde el humanismo cristiano se presenta como el único salvavidas posible en un naufragio colectivo común. Teniendo siempre presente que somos criaturas trascendentes tras una meta que dona como regalo la eternidad. Pero para sentir alegría de no dejarse arrastrar por el pensamiento débil de la mayoría, es necesario, sin duda, el encuentro con el Señor.

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Acerca de Carmen Bellver

Colabora en los medios de comunicación aportando su visión desde el humanismo cristiano
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3 respuestas a “la banalidad del mal”, también en el siglo XXI

  1. E dijo:

    Carmen, otro artículo tuyo excelente. Poco más se puede decir. Yo veo al partido socialista muy desintegrado, muy hundido y sin ningún proyecto político; se ha tirado al monte y se ha puesto a la izquierda de Izquierda Unida, pero para eso ya está Izquierda Unida, entonces los socialistas ¿dónde van?. No es que al partido en el Gobierno lo vea mejor, pero sí que tiene núcleos de renovación y críticos que no se ven por ninguna parte en los socialistas.

    El Papa Francisco dijo más, dijo: “pecadores sí, corruptos no”.

    Y de una gran audacia todo tu artículo, pero este párrafo es genial: “La banalidad del mal consiste también en que gente aparentemente buena y honrada, entra en la dinámica de una espiral de actos deshonestos de los que no se siente responsable, porque no existe otra salida en el horizonte”. El articulete que sobre el tema escribe J. Bastante -con su particular medio visión, o visión de poco alcance, dando una de cal y otra de arena-, intentando quedar bien con casi todos es una buena muestra de esa espiral. ¿Por qué se empeñará siempre este señor en quitarle el justo salario a los maestros y profesores de religión?

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    • Nunca entenderé que defienda el laicismo casposo alguien que se dice católico. Precisamente el grupo autodenominado redes cristianas, se dedica a llenarse la boca de laicismo, separación Iglesia-Estado, y tonterías al por mayor. Porque la separación Iglesia-Estado ya está. Y porque la obsesión de que no haya funerales católicos, me parece fuera de lugar. Pero por hablar que no quede. Lo bueno de Bastante es que parecer entender, a estas alturas, que la cuestión religiosa manipulada por el PSOE no deja de ser un señuelo para marear perdices.

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  2. E dijo:

    Bastante, por su obcecación y su sectarismo, no tiene credibilidad como periodista de información religiosa. Lo que pasa es que está bajo el manto de Vidal, el padre Ángel…y ahí está y sigue. Es una pena porque ha tenido muchas y muy buenas oportunidades -que otros ni tienen ni han tenido nunca, ha sido un “niño mimado”-, pero las ha desaprovechado por tener siempre como prioridad su visión-opciones políticas. Muchos nos preguntamos si todavía cree en algo. Y claro, así no puede alcanzar el nivel que le permita un reconocimiento profesional. Su trayectoria en el periodismo religioso está llena de altibajos y de muchas sombras.
    Me muestro escéptica respecto a que empiece a entender algunas cosas, porque otras veces ha hecho lo mismo (claro, hay que comer) y se han quedado en intentonas fallidas. Después ha vuelto a lo suyo de siempre. No hay que olvidar que fue especialmente mimado por el zapaterismo (el desaparecido diario Público, sus intervenciones en La Sexta tv, su amistad con JJ. Tamayo, que le ayudó a meterse en esos “tangos”, etc). No es ningún inocente. Muchas, muchas veces le dejaban comentarios diciéndole: “no eres trigo limpio”.

    Carmen, puedes publicar o no este comentario, no me ofenderé.

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