La Declaración Universal de la vergüenza

Tenemos efemérides para llenar todos los días del calendario. Algunas pasan más desapercibidas que otras. Hoy en el funeral de Mandela nos recuerdan que también se conmemora la Declaración de los Derechos Humanos. Una bonita recopilación de buenas intenciones cívicas para vivir con garantías. Algunas tan nobles como la del epígrafe 24: “Toda persona tiene derecho al trabajo, a la libre elección de su trabajo, a condiciones equitativas y satisfactorias de trabajo y a la protección contra el desempleo”.

Si nos paramos un poco a meditar llegamos a la terrible conclusión de que se trata de una broma macabra que nos regalan en envoltorio de celofán. Hoy más que nunca se conculca el derecho al trabajo y también a la protección contra el desempleo. Pero hacer brindis al sol tiene su encanto. Todo el mundo se llena de buenas intenciones, aunque por el camino estén empedradas de víctimas.

No es que reniegue de los derechos humanos. Creo en ellos firmemente, me partiría la cara por defender cada uno de sus enunciados. Pero me remueve por dentro que seamos tan hipócritas, que acordemos treguas que no cumplimos, normas que nos saltamos, derechos que pisoteamos con total impunidad.

La sociedad del bienestar está seriamente amenazada pero leeremos con deleite: “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene asimismo derecho a los seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez u otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad”.

Para hacer posible tan nobles ideales. Deberíamos primero poner un decálogo de obligaciones. La primera consistiría en no acaparar más de lo necesario. Sería bonito que se prohibiera la acumulación de riqueza en manos de unos pocos, mientras se reparte con generosidad la pobreza y el hambre por el mundo. Sería conveniente que quienes hoy loan la Declaración de los Derechos Humanos, hicieran algo más que hablar de ella. Por ejemplo que pusieran sólidas bases en la sociedad para hacer factible ese ramillete de buenas intenciones.

No deja de llamar la atención que los políticos, maestros del disimulo y el engaño, se llenen de privilegios blindados, impasibles ante la desolación de la ciudanía condenada a los recortes más severos tras la guerra civil española. La primera obligación sería aplicar medidas de austeridad a sus privilegios si es que les queda algún gramo de honradez en la solapa. Sin embargo, día tras días, nos muestran impasibles sus soflamas demagógicas, mientras ellos siguen gozando del estatus de la inmunidad.

No es que quiera aguarles la solemnidad del acto que hoy se conmemora. Pero me revuelve tanta hipocresía.Hace falta una profunda conversión de corazón para trabajar por el bien común, con algo más que bonitas palabras. Hacen falta hechos que muestren que hay algo más que buenas intenciones. Por eso hoy deberíamos celebrar el día mundial del lamento colectivo, ante la impunidad con la que son vulnerados todos y cada uno de los Derechos Humanos suscritos por tantísimos países. Yo ante la situación por la que atraviesa el mundo, por lo pronto, no tengo nada que celebrar, excepto la esperanza oculta en un pesebre. Un rayo de luz que sigue iluminando la oscuridad del mundo.

Acerca de Carmen Bellver

Colabora en los medios de comunicación aportando su visión desde el humanismo cristiano
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2 respuestas a La Declaración Universal de la vergüenza

  1. E dijo:

    He estado viendo estos días la película Jesús de Nazaret de Franco Zeffirelli (en mi opinión de las mejores -o la mejor- que se han hecho sobre Jesucristo desde la Anunciación a María hasta su Pasión, Muerte y Resurrección), la primera parte: Anunciación, Visitación de María a Isabel y Nacimiento del Señor. Se ve la corte, el palacio opulento del corrupto Herodes, los romanos y su política imperialista, y el pueblo. Un pueblo muy pobre, viviendo en la subsistencia, esquilmado a impuestos. Y en ese mundo nació Jesús. Puede nacer también ahora, nace todos los años y nace en los que tienen un corazón limpio, tan limpio como para creer que con Dios otro mundo es posible. Con Dios todo se cumple, su fidelidad es eterna.

    La Declaración Universal de Derechos Humanos valdrá lo que los gurús que manejan los hilos de la política mundial quieran que valga. Por eso más vale poner la confianza en Dios, que como decía San Pablo: “Sé de quién me he fiado”.
    Como esperemos que esta hecatombe la resuelvan los mismos que la han creado, lo llevamos claro.

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  2. Así es, E. La Declaración de los Derechos Humanos coincide en una idea fundamental:Todos somos hijos de Dios e iguales en dignidad, con independencia del color de la piel y las creencias. Aunque como es obvio niega la mayor, y relega a un lugar secundario a Dios. Aún cuando emane de ese origen.

    Un saludo

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