Cuento de Navidad: La abuela Rosa

Antes de hablar solía carraspear un poco, como si se diera tiempo para pensar. Luego nos dejaba embobados con su sabiduría de mujer curtida en años y vivencias. Nuestra abuela era así, sencilla y diáfana en sus expresiones, cariñosa para corregirnos, firme en las convicciones. Pero lo que más nos gustaba era sentarnos junto a ella y escuchar de sus labios las historias del pasado. Una época desconocida para nosotros en la que todavía se iba en carro de caballos y se escribían largas cartas para mantenerse informados unos de otros. Un tiempo enmarcado en los felices años veinte del pasado siglo. Con las apuestas tecnológicas del futuro balbuceando todavía. Un espacio de vida más sosegado, donde la gente salía con sillas a la calle y formaba pequeñas tertulias de vecinos. Unas calles en las que todavía no circulaban coches, y si lo hacían, era sencillamente una novedad extraña, ajena a las gentes de mi pueblo.

Todo lo que sé de ellos se lo debo a mi abuela Rosa. Le debo el menú de mi cocina que sigue fiel a sus guisos caseros, llenos de pequeñas anécdotas para alimentar en tiempos difíciles a la prole. Y las torrijas son ese plato riquísimo que devoraba en mi infancia, sin conocer que provenía del hambre y la miseria. Porque el pan duro solo servía para alimentar a las gallinas, pero con el ingenio de gente como mi abuela se convertía en un manjar delicioso regado con el amor de un vaso de leche y unas dosis de azúcar con canela.

De aquellos tiempos en los que mi abuela era niña se llenaron los rincones de mi memoria, apreciando las diferencias que los años marcan en cada generación. Y así recordaba ella los primeros programas de Radio Nacional, salpicados de anuncios de productos de la época, y aquellos seriales largos y cautivadores de radionovelas románticas. Voces que poblaron sus mejores años, acompañando las tardes de ganchillos al calor de hogar familiar.

A mí me costaba entender que se viviera para el baile del fin de semana en el casino local. Que la juventud paseara arriba y abajo por el pueblo, saboreando un helado mientras se caminaba, porque las cafeterías solo existían en el cine. En el pueblo los bares eran cosa de hombres, decía la abuela Rosa con una sonrisa enigmática. Y yo la miraba sin comprender sus segundas intenciones, extrañada de que las mujeres de su época no frecuentasen el bar, y el casino solo lo pisaran cuando representaban pequeñas comedias locales. Teatro de aficionados con un plantel de vecinos dotados para el arte dramático.

Pero si cabe, lo más inolvidable, aquello que recuerdo con mayor nostalgia, era el tiempo de Navidad. Las guirnaldas de luces adornando la calle y la presencia sosegadora de la abuela controlando la cena de Noche Buena y esos tres días gozosos de Navidad que solía reunirnos a primos y tíos alternando cada día en una casa. Esa infancia cálida y acogedora con aquellas largas vacaciones escolares, el frío helador del invierno, el calor acogedor del fuego en las casas. Las interminables sobremesas. Y la ilusión de construir el Belén y encender cada vela de la corona de Adviento, contando las semanas que faltaban para esa misa del Gallo familiar y solemne.

Y siempre había una anécdota de la abuela Rosa en la mesa familiar. Un recuerdo hacia otras personas que ella había conocido y que ya no estaban con nosotros, pero a los que hacía revivir con sus palabras. Y yo quedaba fascinada en ese tiempo misterioso del pasado donde ella habitó y que se había ido para siempre. Todavía no comprendíamos el alcance del paso de los años. Ni la pérdida de los espacios que fueron testigos de momentos inolvidables. Pero vislumbrábamos la importancia de esas pequeñas cosas de las que ella había sido testigo: los primeros coches, los tranvías, el cine mudo, el aeroplano. Un mundo mágico perdido en la memoria de la abuela. Y al que ella hubiera vuelto sin dudar de haber podido trasladarse hacia atrás.

Cuando ya no estuvo con nosotros, fui comprendiendo mejor a la abuela. No es que el pasado fuera mejor, sencillamente es que era su tiempo, el de su niñez y juventud, el del despertar a la vida. El que siempre acompañaría su memoria, como me acompañaban a mí las Navidades de mi infancia. De la misma manera que ahora mis hijos vivían sus años dorados, sus juguetes inolvidables, sus reuniones con primos y tíos. Cada uno de nosotros atesoraba en su interior los instantes dichosos que marca a fuego nuestra vida. Y en ellos también ocupaba un lugar destacado la figura de un Niño nacido en un portal, al abrigo de los animales de un establo, con la asombrosa compañía de unos pastores que contemplaron la llegada del Rey de Reyes.

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Acerca de Carmen Bellver

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4 respuestas a Cuento de Navidad: La abuela Rosa

  1. Pingback: Cuento de Navidad: La abuela Rosa | mickwynn

  2. E dijo:

    Me ha emocionado este homenaje tan precioso que le haces a tu abuela Rosa, Carmen. Yo también echo mucho de menos a mis abuelos paternos, fueron como unos padres para mi. Por suerte todavía vive mi abuela materna, mis abuelos han sido muy importantes en mi vida. Y en estas fechas de Navidad los recuerdo más todavía y se me hace un nudo en la garganta. Se pasaban más de un mes preparando la Navidad y nos hacían a todos los nietos partícipes. Era la época del año que más le gustaba y disfrutaba mi abuelo: tener reunida a su familia, hijos, nietos y que no nos faltase nada en la mesa, siendo pobres como eran, pero mi abuelo era muy trabajador y buscavidas y todos teníamos todo lo que nos gustaba; sólo nos pedía a los nietos que le cantásemos un villancico y nos daba el aguinaldo. Sé que mis abuelos están en el cielo, lo sé. Mi abuelo murió un 8 de diciembre y mi abuela un 1 de enero.

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    • Siento decirte que no conocí a mis abuelos, ni por parte de madre, ni de padre. Tal vez por eso he relatado la figura de la abuela como una gran matriarca. influyendo decisivamente en su familia. Me alegra que te haya gustado el relato.

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  3. E dijo:

    Me ha encantado, has creado un personaje muy real. Muchas abuelas son así, mi abuela también tenía ese perfil. Siento que no hayas conocido a tus abuelos, pero tus padres te habrán hablado de ellos.
    A mi me cuesta hablar de ellos porque se me caen las lágrimas y no puedo parar, es el recuerdo de una infancia muy feliz y de tanto tanto amor.

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