El ritual pagano de la Noche Vieja

Dentro de las festividades Navideñas se cuela Noche Vieja, la más pagana de todas las conmemoraciones. La cita anual frente al televisor mirando el reloj sentenciar el año, mientras descolgamos las doce uvas de la suerte, o las del ritual de los últimos tiempos, porque no en todos los sitios se sigue la tradición de las uvas. Pero indudablemente hay una buena dosis de adrenalina inyectada en vena directamente por los medios. En Noche Vieja es imprescindible divertirse, bailar, beber, comer, vestirse con una prenda de rojo. No sé, cada año me sorprendo con una nueva anécdota que incita a exorcizar los malos vientos para empezar con buen pie el año.

Para la Iglesia la celebración de la Jornada Mundial de Oración por la Paz en la conmemoración de Santa María Madre, estrena el año, orando. Que es como también deberíamos despedirlo. Tal vez sea porque en esa fecha tan señalada falleció mi padre, que siento un vértigo extraño en ese día. Recuerdo la aplastante sensación de pérdida en una noche donde bullicio explotaba por la calle, con risas y petardos. Donde se escuchaba la gala de televisión a todo volumen. Una noche así, despidiendo un duelo, no se olvida fácilmente.

Y un hecho así te hace pensar en el silencio de la medianoche en otras vidas que no están precisamente en el jolgorio de la fiesta. Ancianos abandonados, enfermos ingresados en hospitales, donde también la gente de guardia contempla deslizarse el tiempo entre la rutina de un trabajo que nunca finaliza, que está las veinticuatro horas de guardia. Son muchos los que en esa hora mágica de la medianoche de San Silvestre, ni toman uvas, ni festejan nada. Probablemente celebren el rito pagano de otra manera, tal vez estén acostumbrados a relativizar el acontecimiento.

La verdad es que no hay nada como dejar reposar la cabeza en una almohada en esa hora en la que nace un año y comenzar a dar gracias por todo lo recibido. Y formular los buenos propósitos para el año entrante, con unos deseos sencillos: la salud, el amor, el trabajo, y la capacidad de crecer cada día como personas. En tiempos donde muchos no tienen ni un techo para cobijarse, hundir la cara entre las sábanas calientes bajo tu colcha, es una sensación única. Especialmente si piensas en quienes se calientan en un fuego callejero arropados entre cartones.

Me gustaría rescatar algunas vidas precisamente en el cénit de las manecillas del reloj. Inmortalizar ese instante visionando como dejan pasar la hoja del calendario sin estridencias ni boatos, con la sencillez de una plegaria musitada en un cenobio o en una Iglesia que tiene el Santísimo expuesto por la noche, incluso especialmente en esa noche. A los creyentes no se nos convoca a orar en fin de año, lo hacemos el día siguiente con toda la solemnidad y recibiendo la bendición, en una liturgia rica de significado. Pero tal vez deberíamos convocarnos a despedir el año, como en la misa del Gallo, en comunión fraterna los unos con los otros. Sin necesidad de alcohol ni uvas. Ofreciendo exclusivamente un abrazo fraterno a quienes están a nuestro lado. Y bendiciendo a quienes nos acompañan con las palabras que tantos antes de nosotros han ofrecido a sus semejantes:

“El Señor te bendiga y te proteja,
ilumine su rostro sobre ti
y te conceda su favor;
el Señor se fije en ti
y te conceda la paz”. (Núm 6, 23-26)

La mando especialmente a todos mis lectores. En este segundo día del año. Haciendo balance encuentro seguidores fieles en Florida y Argentina; en Colombia y Noruega; en Estocolmo e Inglaterra; en Bolivia y Perú. Me sorprendo gratamente al encontrar lectores por toda la geografía de España. Para ellos mi bendición y mis mejores deseos para el año entrante.

Acerca de Carmen Bellver

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