El linchamiento de monseñor Fernando Sebastián

Lo de la homofobia ya huele. A monseñor Sebastián lo están acribillando por decir “la simpleza” de que la homosexualidad es una deficiencia que tiene cura, comparándola desafortunadamente con la hipertensión. No obstante, hasta la fecha que yo sepa, científicamente no se ha comprobado que haya un determinado componente biológico que altere la sexualidad. Por tanto es probable que no exista pócima mágica que cure semejante dislate. Pero sí sabemos que hay un componente sociológico muy marcado en esto de los gustos sexuales. Que hay etapas donde no se tienen las ideas claras y cualquier cosa es posible, pudiendo determinar la identidad sexual en el futuro. Y por tanto hay psicoterapeutas dispuestos a modificar ciertas atracciones. Porque la sexualidad además de feromonas y hormonas, tiene un componente psicológico muy preciso.

No admitir la homosexualidad como una variante sexual legítima, le puede costar a uno más de un disgusto. El poderoso lobby gay marca la agenda durante las últimas décadas, infiltrándose en la educación sexual en las escuelas y sobre todo en la poderosa industria cinematográfica, que tiene la virtud de ser una ventana normalizadora de comportamientos. Basta con producir una película melodramática, para convertir al homosexual en el paria marginado por la sociedad. Se apela a las fibras sensibles, pero se omite la promiscuidad habitual del mundo gay y la variante pedófila de algunos sectores.

En este sentido el presidente de Rusia Vladimir Putin tiene muy claro que la exaltación del orgullo gay provoca una influencia perniciosa en los menores. Pero la maquinaria poderosa del lobby trabaja sin descanso en todas las organizaciones internacionales para legitimar las uniones homosexuales al mismo nivel que las heterosexuales, con adopción de menores que posiblemente abran la puerta a otras variedades de gustos. Porque si es natural y normal la variante homosexual, por esa misma regla lo será la pedófila o la sadomasoquista o la animal. Puestos a legitimar como normal cualquier variante, no se ve claro por qué una es más legítima que otra, cualquiera de ellas se limitan a una atracción que se sale de lo habitual.

Lo que sucede ahora, nunca antes se había visto, hay toda una corriente mediática dispuesta a lidiar junto a los homosexuales la batalla para normalizar sus relaciones exigiendo a la Iglesia una rectificación en su postura. Han conseguido la batalla legal convirtiendo sus uniones en matrimonio, ahora les queda santificar la unión. Para ello no cejan de buscar apoyos, logrando en apenas unas décadas influir de tal modo en la sociedad que incluso ha introducido en las escuelas su ideología. El estilo adoptado no está muy lejos del macartismo, una caza de brujas en la que resuena la palabra homófobo para quien no comulgue con sus posturas.

La intolerancia de los supuestos tolerantes de cualquier cosa, no deja de ser sintomática de la perversión del sistema que ha dado al traste con el fundamento antropológico del ser humano, tal y como la veníamos concibiendo desde hace milenios. Monseñor Sebastián tiene que rectificar, le piden decididos los voceros mediáticos. Se le exige renunciar a su capelo. Por decir exactamente lo que la Iglesia viene afirmando desde hace dos mil años. Que se respeta a la persona homosexual, viviendo en castidad, de la misma manera que un soltero debe sujetar su libido, que solo debe expresarse dentro del matrimonio como comunión de cuerpos. En un mundo donde la pornografía se considera un pasatiempo normal, tiene que resultar extraño que el cristiano no haga de sus partes bajas el centro de su vida.

La cultura mediática fomenta la infidelidad, la promiscuidad y todas las variantes imaginables relativas al sexo. Tendremos que admitir que se hace difícil vivir la castidad en esas condiciones ambientales, pero desde luego no es imposible. Y hay que reconocer que la adicción al sexo es una realidad para quienes viven exclusivamente para saciar sus apetitos. En ese sentido el camino del cristiano pasa por ser anormal, aunque desde luego no lo sea.

Yo por mi parte no termino de entender que en este tema no se pueda discrepar de manera razonable. Entiendo que algunos para hacer lo que les venga en gana, terminan por imponer obsesivamente su variante sexual que, insisto, ha existido siempre de manera minoritaria, sin que haya sido necesario fomentarla, como al parecer es la tónica en este siglo.

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Acerca de Carmen Bellver

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