Bendita esperanza que no deja triunfar a las tinieblas

El Papa dice que se ha perdido el sentido del pecado. Es cierto, no hay culpabilidad alguna en nuestros actos. Durante generaciones se acusó a la Iglesia de azuzar el sentimiento de culpa. Gran error. No es necesario culpabilizar a nadie por lo que hace. Es suficiente con sentir el amor de Dios, para que al instante nos sacuda la conciencia de nuestras limitaciones, de nuestros pecados. El pecado es consustancial al ser humano, por eso recibimos el bautismo. Cuando no se bautiza a los niños, cuando no se les educa para recibir la Eucaristía, cuando carece de importancia estar o no confirmado. Dios ya no tiene lugar en nuestras vidas. Y si excluimos a Dios, sin duda la conciencia del mal se diluye en nuestro comportamiento. Para el creyente, sin embargo, el balance que hace ante Dios sobre sus actos nace de la profunda convicción de estamos necesitados de su auxilio.

Volvemos al origen del mal, al paraíso donde Adán y Eva se apartaron de la voluntad de Dios y transgredieron con su libertad la idílica vida que se le había regalado. El mal hoy está tan arraigado en los hombres, que ni siquiera tienen conciencia de ello. El mal, en mayúsculas es sin duda el pecado que nos aleja de Dios. Y estamos viviendo momentos donde en las ventanas de la vida se promociona ese mal. La avaricia de los poderosos y la codicia de los pobres. ¿Qué diferencia hay?. Unos desean acaparar, otros desearían tener. El ser humano debe tomar conciencia de que su valor reside en esencia en esa vida regalada por Dios, que no necesita hipotecar su existencia para recibir unos papeles que compran objetos. El trabajo es bueno y constructivo, pero lo hemos convertido en un medio de esclavitud. Mientras no nos demos cuenta de que la naturaleza es generosa y provee de alimentos, sin necesidad de acaparar para vender lo que la tierra nos regala. Hasta que el hombre no ponga en el centro de su vida a Dios, la falta de respeto entre los seres humanos es la moneda con la que nos vendemos unos a otros.

La mafia asesina a un niño de tres años; los políticos aprietan el cinturón de los ciudadanos y donan cantidades ingentes de dinero a los bancos. De suerte que en plena crisis del estado de bienestar, éstos tienen beneficios astronómicos. ¿Dónde está la conciencia del mal?. Y sin embargo todos sabemos que algo no anda bien. Los gobiernos promocionan la venta de armamentos fomentando la guerra. El ciudadano paga esas guerras de los poderosos con sus impuestos. ¿Dónde está la justicia?. Y sin embargo nadie vuelve su rostro al ser que nos ha otorgado la vida, que nos ha regalado este planeta maravilloso y lleno de dones. Somos nosotros quienes construimos pequeños infiernos en el mundo. Todo el engranaje social no es más que una gran estafa de unos en beneficio de otros.

Tiene razón el Papa, no hay conciencia de pecado. Y por tanto, no hay voluntad de mejorar la situación. Cierto que no se puede atemorizar con el fuego eterno, pero tal vez podamos demostrar que es el mal quien nos arrebata el gozo de los dones de Dios. Es el pecado quien nos somete a su servidumbre. Y la inmensa libertad que nos ofrece Dios, la perdemos por ir detrás de cosas que carecen de sentido. Y aquí viene el aforismo maravilloso: ¡De qué me sirve ganar el mundo si pierdo mi alma!. (Marcos 8, 36).  Creer en la vida eterna es una gracia y una protección permanente contra nuestras propias miserias.

Pensar que nuestros actos tienen consecuencias es en esencia ese resto de conciencia que el ser humano posee desde su nacimiento. En los profundo nosotros, sabemos que todo está relacionado, que todo forma una globalidad. Por eso lo que unos hacen repercute en otros. Como la madre naturaleza nos enseña, también para mantener la armonía se interrelacionan unas cosas con otras. La Iglesia nos muestra el camino de la felicidad, hablándonos de aquello que nos aparta de Dios. Pero también nos otorga la salvación a través de la confesión, de la oración y de los sacramentos. Porque no hay virtud que pueda mantenerse por sí misma sin el auxilio divino.

En esencia nuestro peregrinar por la tierra es una batalla continua contra el mal. Pero se nos ha prometido la victoria final. Por eso la virtud de la esperanza es consustancial al cristiano; sabe que le espera la eternidad. Y allí se nos pedirá cuenta de todo el daño que hemos ocasionados con nuestros actos y con nuestras omisiones. Bendita esperanza, que no deja triunfar a las tinieblas.

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Acerca de Carmen Bellver

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