“Luz del mundo”. “Entrad por la puerta estrecha”

Venimos asistiendo a una verdadera flagelación de la Iglesia a través de las denuncias de abusos. La Santa Sede reconoce que hay otros Maciel. El mundo se estremece ante la imagen de gente consagrada a Dios capaz de las mayores aberraciones. Los medios de comunicación salpican sus titulares cada cierto tiempo con la lacra de la pederastia en la Iglesia. Sin embargo hoy mismo la noticia es que Wody Allen, cineasta de fama consagrada, es acusado por su hija de abusos. Pero hay otro famoso director que también está huido de la justicia por el abuso de una menor. Me refiero a Polasnki. Y no parece que la ley haya caído sobre ellos aplicando todo su rigor. Se constata, por tanto, que los abusos no son exclusivos de una profesión o de una religión.

El abuso forma parte de la historia de la humanidad. Es consustancial a determinadas personalidades que utilizan su ingenio para aprovecharse de los demás. Cuando la víctima es un menor, sentimos una sana ira ante la afrenta. Pero lo cierto es que las personalidades subyugadoras pululan por la sociedad y se aprovechan de los demás sin demasiados escrúpulos. Los encontramos abusando en sitios de poder, en la intimidad del hogar, en las pandillas de amigos. La gente que tiende a utilizar a los otros para su beneficio, está más proclive a abusar del menor. Y ese es un rasgo característico de los pederastas.

Por otra parte vivimos en una sociedad pansexualista donde el hedonismo es la moneda corriente. Y el relativismo el padre de cualquier aberración. Porque en definitiva aquello que realizan dos personas en privado, pude constituir cualquier perversión dentro de un ambiente de absoluta normalidad. Hay un interés especial en promocionar las relaciones sexuales libres de cualquier yugo moral. En ese sentido se acusa a la Iglesia de meterse en la cama de los demás, de estar obsesionada con el sexo. La realidad por el contrario, muestra que la Iglesia presenta como pecado las relaciones en las que se tiende a abusar del otro para satisfacer la propia concupiscencia. Reduciendo la sexualidad a mera genitalidad.

Hablar de pecado no está bien visto. Pero lo cierto es que los comportamientos llevan en sí mismo cierto grado de malicia. Y el hombre desde la antigüedad ha intentado vislumbrar una luz que lo alejase de la mezquindad. Para el creyente esa luz es Cristo que nos muestra el camino de la puerta estrecha. (Lc 13, 22-30). Una puerta que exige no dejarse arrastrar por aquellas pasiones consideradas pecaminosas. Desde luego que con el auxilio de la gracia y de los sacramentos. Ese camino está siendo cuestionado diariamente. Algunos para ello hablan de la no existencia de Dios. Pero otros predican un Dios misericordioso que salva a todos y donde no existe el pecado. Ni el infierno, ni siquiera la maldad. Todos somos buenos. Todo es bondad, aunque constatemos diariamente la ración de maldad desparramada por el mundo.

Predicar un Dios amor, sin hablar de la exigencia que supone alejarse de determinados comportamientos, es un error. Porque se suprime la fase de ascesis necesaria en la vida de cualquier creyente. Una ascesis por la que ponemos en primer lugar a Dios y secundariamente todo lo demás. Sin ese primer paso de la voluntad, tampoco llegaremos a encontrar unos minutos de silencio interior al día para orar. Y si seguimos deslizándonos por la mundanidad, probablemente lleguemos como muchos otros a considerar buena cualquier cosa sólo porque algunos lo han determinado por ley. Sin valorar que las leyes han sido injustas y horrorosas en muchos periodos de la historia. Y lo siguen siendo en la actualidad en multitud de países.

Tal vez nos hemos olvidado por el camino de que la salvación del alma exige un acto volitivo, si no estamos dispuestos a renunciar a determinados comportamientos, que por otro lado están siendo exaltados y promocionados, perderemos la ocasión de entrar por esa puerta estrecha. De alguna manera también estaremos perdiendo la capacidad de convocar a los otros para ser luz del mundo, tal y como se nos proclama en los Evangelios.

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Acerca de Carmen Bellver

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