El desván de la polilla

Lo normal es no pensar en ello. La muerte es una sentencia segura. Nadie escapa a su cita postrera. Pero solemos omitir cualquier reflexión sobre el tema. Y eso que nuestra cultura cristiana nos pone en contacto directo con su realidad. Todos los años visitamos los cementerios y recordamos a los seres que nos han abandonado partiendo hacia el más allá. También oramos por los difuntos con la misma intensidad que rogamos por los vivos. La muerte es precisamente el triunfo de la vida verdadera, de la vida definitiva. Y por ello cada Pascua recordamos ese camino iniciado por Jesucristo que finaliza con su Resurrección.

Sin embargo, llega un momento en el que tienes que hacer balance. Y constatas que tu vida es apenas una pequeña gota en el inmenso océano de la eternidad. Sentirnos tan poca cosa nos lleva a no valorarnos lo suficiente. Como si no fuéramos conscientes de que somos queridos y amados por Dios desde siempre. Nos espera en la eterna bienaventuranza. Y nuestra vida ha sido valiosa aunque se pierda nuestro rastro. Sentirse únicos es un privilegio, saberse amados, es un don maravilloso. Y confiar en la misericordia divina es el pasaporte de la esperanza que nos lleva hacia la felicidad.

Para el viaje hacia el otro lado, vamos ligeros de equipaje. No cuenta estar casada o ser soltera. Conseguir el éxito o fracasar indefinidamente en cada proyecto. Tampoco es importante tener o no tener hijos. Por aquello de dejar un rastro genético en la tierra. Lo que de verdad cuenta son esas pequeñas cosas que han ido configurando nuestra vida cotidiana. La manera con la que nos hemos enfrentado a cada acontecimiento. Las palabras amables, las horas de vela al lado de un enfermo; cuentan cosas como la sonrisa que era capaz de levantar el ánimo del amigo decaído; la capacidad de no dejarse arrastrar por la envidia, la avaricia, el odio o la ira. Parece que al otro lado el balance tiene una moneda diferente. Y eso es lo que cada día nos recuerda el Evangelio, los bienes que hay que atesorar y que no corroe la polilla.

La gente capaz de acaparar esos bienes, suele tener una vida agitada, difícil, complicada. Porque lo fácil es dejarse llevar, seguir la corriente, ser como la mayoría. Pero es que el camino que nos traza el Evangelio es precisamente ser hijo de la luz, ser hijo de Dios, ser especial, capaz de devolver el bien ante el mal. Capaz de perdonar las injurias; capaz de dar la mano a quien te resulta antipático. Es un camino en el que intentamos vencernos con el auxilio de la oración y de los sacramentos. Y sabemos que lo que nos atrae es caer una y otra vez como pecadores. Pero nos sentimos llamados a seguir otros valores, estamos enamorados de la fraternidad que emanan las bienaventuranzas. Y soñamos con ser buenos, para compensar todo eso que convierte esta tierra en un pequeño infierno.

Educar para la esperanza es sencillamente mostrar que estamos convocados para la eternidad. Y pensar en la muerte nos debe llevar a recordar ese paso definitivo que nos pone delante de la Verdad en mayúsculas. Lloramos por la separación de nuestros seres queridos, pero debemos alegrarnos de que estén allí donde ya no hay pena ni llanto. Creer en la vida eterna debería hacernos más alegres y confiados que el resto de los mortales. Porque sabemos que hay unos brazos abiertos esperándonos desde siempre.

Y si ahora alguien se pregunta a qué viene este post tan fúnebre, sólo le puedo responder que por unos instantes he caído en la tentación de valorar mi vida según unos parámetros que no son cristianos. Para luego recordar que lo que no parece valer a los ojos del mundo es una piedra preciosa a los ojos de Dios. En ese momento me ha salvado de nuevo la gracia que me muestra el verdadero valor de cada cosa. Y por eso he querido compartir esta reflexión.

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Acerca de Carmen Bellver

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