Ser libres antes que lacayos

Lo tengo que decir alto y claro. El Evangelio me encanta. Estoy enamorada de ese pedazo de proyecto para el ser humano que se va desgranando en sus capítulos. También confieso que en ocasiones me asusta, me parece inalcanzable. Por eso hoy me siento especialmente agradecida ante las palabras de Jesús: “Os lo aseguro: si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Habéis oído el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pues yo os digo: El que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior. Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus votos al Señor”. Pues yo os digo que no juréis en absoluto. A vosotros os basta decir “sí” o “no”. Lo que pasa de ahí viene del Maligno”. (Mateo 5, 20-22).

Es para descubrirse. Nada de lenguaje correcto o melifluo. Lo que se nos presenta es la exigencia de ir más allá de la Ley. Del mero cumplimiento del decálogo. Y lo hace con un lenguaje duro y exigente. Como si pidiera un plus de voluntarismo a cada uno de nosotros. No se trata de cumplir los mandamientos, eso ya lo hacen muchos que no creen en el proyecto del Reino. Se trata de bajar al abismo de nuestras interioridades, allí donde nacen las envidias, los rencores, la ira, el egoísmo. Bajar a nuestro propio infierno personal y darle un bofetón sonoro. Desprendernos de esa parte que nos pide responder con la misma moneda, incluso vencer nuestra antipatía personal y mostrar voluntad de amar al que nos ofende. Confieso que me abruma esa exigencia. Me resulta sobrehumana. Por eso agradezco descubrir que es precisamente en el abandono confiado en sus manos como podemos ir más allá de lo razonable.

Y creo que ese proyecto de ser humano según los valores del Reino es la parte que vale la pena empeñarnos en realizar. El resto no vale un mísero segundo de nuestra existencia. Pero tengo claro que para llegar ahí, se necesita hincar las rodillas al suelo y de hinojos suplicar la misericordia del Señor. Es con su ayuda como se vence nuestro lado oscuro. Sólo la gracia puede realizar esa maravillosa transformación de nuestro interior. Y nosotros confiamos junto al resto de los hermanos, en la oración y en los sacramentos, ese proyecto de vida.

¿A qué vale la pena?. Me gustaría ofrecer un punto de sentido del humor a toda esta exigencia. Algo así como si el Señor dijese: no te apures, que conmigo todo es posible, pero si no confías en mí, no vas lograr nada de nada. No se trata de cumplir los mandamientos que con horror se presentan como prohibiciones rigoristas. Lo que parece decir el Evangelio de este domingo es que no vale nada cumplir un mandamiento si por dentro estamos corroídos por todo eso que viene del Maligno. Y mira por dónde que eso del Maligno tampoco nos gusta reconocerlo. Al diablo lo sacaremos de paseo este carnaval con bufonadas, pero no nos gusta nada que nos digan que puede arrastrarnos hasta sus dominios, con la simplicidad de los actos comunes. Basta seguir la corriente del mundo, adaptarse a sus exigencias. Dejarse llevar y ser uno más como el resto.

Y hoy el Señor parece que no está por la labor de dejar que pensemos que cumplir con el decálogo es suficiente. Nos quiere enseñar a ser buenos desde lo profundo, desde la raíz, para que demos fruto de bondad. Nada de ser cumplidores domingueros, caritativos puntuales en las Campañas de Manos Unidas, visitadores de enfermos por cortesía, amigos de los amigos. Eso puede ser puro fariseísmo sino va acompañado de una conversión interior. De un apostar por el Reino a fondo. Elevemos hoy nuestras plegarias para que podamos sacar esa bondad desde lo profundo de la gracia. Porque vale la pena ser libres antes que lacayos de las mil trampas que no salen por el camino. Feliz domingo.

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Acerca de Carmen Bellver

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