Indefensos en las redes ante fenómenos como el de Évole

He visto evolucionar la sociedad tecnológica a un ritmo vertiginoso. Basta decir que situar una novela de ficción en la década de los ochenta del pasado siglo, supone desconocer parte de los artilugios que hoy conviven con nosotros. Previo a la fotocopiadora estuvo la multicopista. Y antes que el fax nos movimos durante años con el télex. El celular ha avanzado desde aquellos gruesos ladrillos de los noventa a los finos Smartphone de la actualidad. El ordenador fue una pantalla sin mucho atractivo hasta que surgió Internet. El Mobile World Congress que se celebra cada año en Barcelona nos adelanta una nueva sociedad. Y la hiperconexión trae consigo retos a todos los niveles que la neurología ya está investigando. Se observa mayor dispersión en el pensamiento. Nos cuesta centrarnos y sobre todo aislarnos de la tecnología. Hoy se duerme con el móvil conectado y escuchando el sonido de las entradas de mensajes.

No creo equivocarme si preveo una sociedad encapsulada. Siempre han existido diversas tribus urbanas. Pero hoy las modas tecnológicas nos hacen consumidores en un circuito especial. Las redes sociales nos informan de numerosas banalidades en tiempo inmediato. Es fácil consumir programas por Internet, de hecho el futuro de la televisión no está nada claro. La red parece que acaparará todo tipo de programaciones. Y se elegirá a la carta aquello que deseamos consumir. Lo más probable es que paguemos por el entretenimiento, sea del tipo que sea. El negocio es lo primero en la escala de valores de la sociedad capitalista. De manera que las noticias se pagan. Lo que nos llevará a una sociedad fragmentada por afinidades.

En el circuito religioso han florecido miles de páginas de información y opinión. Es imposible seguirlas a todas, crecen como la espuma y se hace necesario dosificar la información recibida. ¿A qué nos lleva todo esto?. Aparentemente es positivo, podemos elegir los contenidos que nos interesan, pero el problema llega con la calidad del contenido. No es fácil desentrañar entre la maraña de blogs y páginas aquellas que merecen la pena. Es la misma realidad que sufrimos con la televisión, determinados programas parecen tener cierta calidad, pero son capaces de ofrecer contenido adulterado. Se ha hablado hasta la saciedad del programa sobre el golpe del 23 F que Jordi Évole emitió en la Sexta engañando a su público sin pudor, en lo que yo considero que no es más que una de las miles de muestras de lo que se nos viene encima.

Pues bien, las redes sociales, Internet, y el conjunto de vida hacia el que caminamos tienen sus hilos tejidos para fabricar engaños. La ausencia de regulación sobre lo que se publica manifiesta una zona oscura que provocará numerosas crisis sociales. Hoy es más fácil que nunca difamar y romper una reputación a base de mentiras y falacias. Por otro lado nunca antes, tuvimos tan poca intimidad como en nuestra era. Y educar en la contención se hace imprescindible. Porque una foto graciosa en una día de juerga puede terminar en las manos de alguien a la que no queremos que llegue. Porque un comentario banal en whatsapp, puede con facilidad herir a otro y provocar una ruptura dolorosa.

Asusta pensar que podemos encerrarnos en una capsula virtual donde interactuemos por pequeños ghetos, perdiendo a su vez un tiempo precioso en comunicarnos de manera real. Porque no es lo mismo soltar una frase en la pantalla, que llenarla con el contenido de tu expresividad, tonalidad y emoción. La riqueza de las relaciones humanas, debe estar siempre por encima de la frialdad de los datos en una pantalla. Y saber elegir los contenidos que nos hacen perder el tiempo, precisaría una asignatura en cualquier centro de enseñanza. Nos va en ello el futuro.

De momento, seguimos indefensos ante informadores que trastocan datos para dar espectáculo, aumentar audiencias, conseguir titulares o manipular la opinión pública. Y eso mismo lo hemos vivido en el universo de la literatura de autoayuda, espiritual o de vivencias personales. Por eso es imperativo que ese escritorio de favoritos o marcadores, contenga cosas que nos pueden ser de utilidad, pero no vulgares sucedáneos. Atentos a los tiempos de descanso precisos para que nuestra capacidad crítica no quede embotada. La fragmentación del pensamiento está hoy más cerca que nunca de ser una realidad. Y la falta de concentración impedirá a las futuras generaciones ser capaces de leer con un buen nivel de comprensión. Eso es algo que los profesores ya estamos constatando.

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Acerca de Carmen Bellver

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