“El ayuno que yo quiero”

Leyendo el blog de Sacro Profano descubro que coincido con el padre de la Teología de la Liberación Gustavo Gutiérrez. Una teología que conmovió a la Iglesia y que nunca ha desaparecido de su línea de flotación. Los movimientos sociales de Latinoamérica en el pasado siglo estuvieron llenos de gente comprometida con las causas de los pobres del mundo. Y fueron asociados a la ideología marxista. Pero la clave de todo esto la tenemos hoy en una hermosa muestra de esas que nos deja sin respiración, porque van en la línea de esa teología:

“El ayuno que yo quiero es éste: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la aurora, en seguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás, y te dirá: “Aquí estoy.”.

Ustedes me dirán que suena revolucionario, una propuesta subversiva. Algo así le sucedió a la Teología de la liberación, se encarnó tanto con los pobres, los mimó hasta dar su sangre y terminó por ser considerada enemigo público, para muchos gobiernos que veían en ella un gran peligro. Pues bien. Las palabras de la primera lectura de hoy son del profeta Isaías. Que nació 765 años antes de Cristo. Vayan echando cálculos.

Como es obvio confundir política con religión lleva a caminos equivocados. Porque de lo que trata la fe es de cambiar los corazones desde dentro de uno mismo. Mientras que la política es el intento siempre fallido de cambiar las estructuras sociales para mejorar las condiciones de vida. O al menos, eso debiera ser en definitiva el arte de gobernar un país.

Pero hace la friolera de dos mil y pico años, el profeta Isaías proclamaba la importancia de una fe encarnada en los más necesitados. Porque si nos olvidamos de los demás, nuestra fe está muerta. Como es obvio este profeta mucho antes que Jesús nos vino a decir lo mismo que el Evangelio. El Reino de Dios lo construimos en la medida que sabemos crear estructuras de justicia a nuestro alrededor. El problema surge cuando esos cambios se intentan realizar con violencia, que fue el error de muchos y la consecuencia práctica de que algunos religiosos y sacerdotes, abandonasen sus votos para entrar en política, creyendo que así ofrecían mejor servicio a la causa del Reino de Dios.

Pues no, lo que nos ha enseñado la historia es que las verdaderas transformaciones que cuentan a los ojos de Dios, están ocultas a los ojos de los hombres. Y así, con pequeñas gotas de ternura y caridad, tropezamos con gigantes de la historia de la Iglesia. Fundadores de órdenes religiosas que se volcaron en los más necesitados, sin coaccionar a nadie a seguir sus pasos. La imagen contemporánea de la Beata Teresa de Calcuta fue precedida por un San Francisco de Asís en la Edad Media, por un San Juan Bosco en el siglo XIX, por un San Juan Bautista de la Salle en el siglo XVII y así un largo etcétera que está lleno de nombres que han pasado haciendo el bien. Unos son recordados por sus obras, de otros apenas sabemos nada. Son los miles de bienaventurados que llenan la historia de la humanidad.

Y la cuestión es que el verdadero camino de la fe se parece mucho más al aparente sin sentido de la cruz. Un calvario que para nosotros es primer peldaño del triunfo del bien incluso cuando para todos se ha fracasado. Aprender de la humildad de la cruz es ya una gracia. Porque no se trata tanto de ser fundadores o reformadores de movimientos religiosos, como de ser verdaderos revolucionarios en las relaciones humanas. Y saber crear las estructuras de  fraternidad necesarias. En ese sentido, simplificando términos, nada más subversivo o izquierdoso que el cristianismo. Ha influido tanto en la sociedad que ha estado transformando las relaciones injustas a lo largo de la Historia. Y cuando analizamos cómo caen los poderes opresores que menosprecian al pobre y desamparado, nos encontramos asistiendo a la semilla del bien que sigue triunfando cuando tiene todas las cartas marcadas para fracasar. Y lo hace gracias a que en el fondo el hombre sigue escuchando la voz de Dios que le pregunta por su hermano.

Dicen que al atardecer de la vida te examinarán del amor. En el salmo de hoy también nos explican la subversión de los valores del Reino:

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.
Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que aborreces.
En la sentencia tendrás razón,
en el juicio resultarás inocente.
Mira, en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre. Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve.
Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.
Oh, Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.
Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso:
enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti.
Líbrame de la sangre, oh Dios,
Dios, Salvador mío,
y cantará mi lengua tu justicia.
Señor me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.
Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú no lo desprecias.
Señor, por tu bondad, favorece a Sión,
reconstruye las murallas de Jerusalén:
entonces aceptarás los sacrificios rituales,
ofrendas y holocaustos,

En todo tiempo y lugar seguimos descubriendo que la misericordia del Señor es infinita. Le basta con que volvamos nuestros ojos a Él.

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Acerca de Carmen Bellver

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