El silencio de Dios

El silencio de Dios es una experiencia aplastante. No son pocos quienes sucumben bajo su peso. Sin embargo la larga trayectoria orante de la Iglesia ha encontrado numerosas vías para entablar diálogo con el Señor. La más complicada sin lugar a dudas es la de la quietud. Mantenerse frente al Sagrario en adoración, sin verbalizar ninguna jaculatoria, sabiendo que Dios está ahí y que tú le haces compañía, requiere cierto grado de heroicidad y confianza. Porque es estar seguros que El sabe lo que necesitas y que tú sólo debes estar disponible. Que El es tu amigo, aunque no entiendas el sentido de lo que sucede a lo largo de tu vida.

Ante la vorágine de los tiempos que nos han tocado vivir, es obvio que resulta cada día más difícil encontrar momentos de adoración, de contemplación, de oración. Acumulamos acontecimientos y todo lo más llegamos a casa con deseos de distraernos, más que de encontrarnos interiormente. Lo cierto es que la fe lleva unas buenas dosis de psicología milenaria impregnada en sus entrañas. El hecho de que realicemos un pequeño examen diario de nuestra vida, en relación a Dios, nos pone siempre de rodillas ante la inmensa distancia que existe entre lo que somos y lo que deberíamos ser como cristianos. Y reconocernos pecadores, llenos de aristas que hay que limar, es a veces una misión que nos parece imposible. Ante ella solo cabe doblarse de rodillas y suplicar que en lo posible la gracia ponga de su parte aquello que a nosotros nos falta.

Y ahí, en la contemplación silenciosa del abismo que hay entre nuestras mediocridades y los nobles impulsos de la fe. Está siempre la mano tendida de quien todo lo sabe y lo comprende. Por eso, cuando peor estamos es cuando más cerca nos encontramos de Dios. No es cuestión de tener grandes consolaciones místicas, seguridades aplastantes, probablemente lo mejor es la confianza y la tenacidad. Y tenemos la mejor oración para superar las pruebas adversas, el rezo del rosario es sencillamente la recitación de las oraciones más importantes del cristiano. Y todas ellas meditando la vida de Jesucristo y sus hechos más importantes. El rosario, puede ser una buena manera de asirnos en momentos de sequedad a quien todo lo puede. Solo hay que confiar que como el rocío calará la tierra hasta hacer germinar los frutos.

Pero no recemos para conseguir méritos, para ganar puntos en el futuro. Recemos sencillamente porque es el alimento que nos nutre como la savia de las plantas. Y produce el efecto de ser conscientes de que estamos en conexión con la parte que más nos interesa de nuestra vida, el lado espiritual, el único que nos sobrevivirá. Decía el Papa Francisco que no sabe quién es más importante en la Iglesia, si la viejecita que ora en la parroquia todos los días o el mismísimo Santo Padre. Porque en realidad, la importancia no se mide en la fe por los mismos baremos que en la vida.

Y de eso tenemos sobradas pruebas cuando leemos los Evangelios. La importancia a los ojos de Dios se escapa de nuestra mirada. Busca a los pecadores, se ofrece a los enfermos, derrama su compasión sobre los afligidos. Y está bastante lejos de los cumplidores o respetables muñidores de lo sagrado. En ese sentido debemos dar gracias de ser tan especiales a los ojos del Señor. De ser mirados de una manera como nadie es capaz de mirarnos. De sabernos comprendidos y amados incluso con nuestros pecados a cuestas.

Que profesemos una fe que nos enseña a amar a los enemigos y perdonarlos debería hacernos hincar más las rodillas, porque es evidente que sólo sabiendo mirar como Jesús seremos capaces de semejante proeza. Que el Señor en su misericordia nos ayude a ser mansos y pacíficos a su imagen y semejanza.

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Acerca de Carmen Bellver

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