¡Señor, abre nuestros ojos!

Para poder seguir el evangelio sólo hay que sentirse seducidos por Jesús, por sus hechos, por sus palabras. Es el primer toque que llega a cualquier corazón, deseamos una sociedad fraterna, llena de bondad y belleza, dispuesta a la ayuda al frágil y desvalido, absorta en las maravillas de la naturaleza y capaz de profundizar en los acontecimientos de la vida buscando siempre el lado positivo. Todo eso es lo que impacta, hasta llegar a la experiencia personal de conversión, donde el corazón queda tocado por la gracia.

Nosotros como creyentes tenemos que hacer visible esa maravilla que subyuga nuestra vida, que nos lleva a aceptar renuncias con alegría, porque estamos convencidos de que vale más alejarnos del pecado que sucumbir a su seducción. Pero también debemos presentarnos con la humildad de nuestra condición pecadora, que se sabe muy alejado de aquello a lo que aspiramos. Estamos envenenados por los ídolos del mundo, por el egoísmo, la ambición, la avaricia, la ira. Y sin embargo apostamos por todo lo contrario, por un mundo fraterno donde el mayor ejemplo que tenemos es el de quien se entrega en manos del mal para hacer palpable el triunfo del bien. Un triunfo discreto, no hay en la Resurrección del Señor campanas y trompetas que anuncien la belleza de una vida nueva y renovada. No hay proclamaciones oficiales. Sólo se aparece a sus discípulos y lo hace en habitaciones cerradas, en lugares alejados de los Templos.

Esa es la gran enseñanza de la fe. Que no deslumbra a los poderosos, porque no sigue sus métodos. Que se manifiesta en el silencio orante de una habitación, en la capilla del Santísimo levemente iluminada. En las manos voluntarias de Cáritas que acuden un día a la semana a gestionar los alimentos del economato. Es decir que la fe, como dice el Evangelio de este domingo, necesita de ojos abiertos a la luz. Y lo que nos encontramos por el camino son ojos como el ciego de este domingo. Un ciego que nunca ha visto la belleza del sol, de las aves del cielo, de las flores del campo. Ese ciego, somos de alguna manera todos aquellos que no sabemos ver la luz del mundo. La verdadera luz que dar razón de nuestra esperanza.

Porque la apuesta por el bien se construye en base a la gracia que se otorga a través de la oración y los sacramentos, especialmente de la Eucaristía, donde proclamamos que partimos el cuerpo y la sangre para los demás. Conmemoramos ese desprendimiento voluntario y debemos estar convencidos que para alcanzarlo tenemos que ejercitar nuestro corazón y nuestra vida. No existe capacidad de aguante ante los envites de la vida, si no ha habido un camino de ejercicios practicados como los atletas, con voluntad y constancia. Ese es el secreto de cualquier enamorado de Jesús. Tenemos que sentirnos arrastrados a seguir su ejemplo, estar enamorados de su proyecto, convencidos de que vale la pena apostar por el bien frente al mal. Y de que cuando caemos, hay que volver a levantarse con la humildad del sacramento del perdón.

Hoy pedimos que el Señor nos abra los ojos para que veamos con claridad su proyecto. Para que seamos capaces de manifestarlo a otros con la alegría confiada de quien se sabe heredero de una gracia que hay que donarla a los demás. Porque no nos pertenece. Somos enviados en cada misa a proclamar la Buena Nueva. La misericordia del Señor nos ha salvado con su muerte y resurrección. Creamos firmemente que tenemos entre las manos el tesoro por el que vale la pena arriesgar todo lo demás. Feliz semana.

Acerca de Carmen Bellver

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