La sublime gracia de la Redención del mundo

Entramos en la Semana Santa y en los actos litúrgicos más importantes de nuestra fe. Reconozco que la Pasión y muerte del Señor y su Resurrección me llenan de esperanza en la vida. Porque son el triunfo palpable del bien sobre el mal. Pero me cuesta entender esa dinámica de devolver bien por mal; de perdonar las injurias. De soportar estructuras podridas que atentan contra la dignidad de las personas. Me hierve la sangre ante el dolor y el sufrimiento que nos provocamos unos a otros.

Y sin embargo el Evangelio es un itinerario donde se soporta el poder de una Roma Imperial sin sublevarse ante unos dioses paganos; se soporta el dolor de los enfermos, invitando a curarles las heridas como el buen Samaritano; se sacia a los hambrientos compartiendo de lo que se tiene entre todos y se obra el milagro de la multiplicación. Y todo ello sucede en un remoto rincón del planeta. Sin la ostentación y el poder que se le supone a un Rey que ha venido a transformar el mundo y a salvar a la humanidad.

El trazado por los polvorientos caminos de Palestina del siglo I que ha supuesto tanto para la humanidad, sucede de la manera más intimista que se pueda imaginar. Entre pequeños grupos de seguidores que son testigos de palabras y hechos milagrosos. De una llamada a la conversión personal para poder construir un mundo fraterno. Y que tardarán mucho en comprender que Jesús no ha venido a imponer la dinámica del reino al estilo del mundo.

Sin embargo seguimos preguntándonos por el silencio de Dios frente al mal y sólo nos encontramos una cruz en el Gólgota y un grito desgarrador de quien se siente abandonado, impotente, derrotado, hasta reclinar su cabeza confiando en que todo aquello es necesario para cumplir la voluntad de Dios. Y todos estos acontecimientos que vamos a vivir han llenado tratados de teología, pero también han provocado la chispa de la fe allí donde nada parecía poder nacer.

Creer que todo lo que pidamos al padre en el nombre de Jesús se nos puede conceder, es un acto de fe proclamado en el Evangelio. Por eso seguimos reuniéndonos para celebrar que el Cuerpo y la Sangre de Cristo nos transforma de tal manera que nos hace partícipes de la redención. En palabras de San Pablo: «Os ruego, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia vida, santa y grata a Dios: este es vuestro culto racional». (Romanos). Y de esa manera podemos seguir entendiendo el misterio del dolor en el mundo: «Nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabedores de que la tribulación produce la paciencia; la paciencia, una virtud probada, y la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará confundida, pues el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado». (Romanos).

Y los frutos del Espíritu obrando en cada uno de nosotros ni nos atribulan, ni nos hunden, sino que nos hace resurgir de las cenizas como el Ave Fénix. Porque encontramos sentido a todo aquello que va sucediendo en nuestra vida. Aunque ello nunca evite momentos de oscuridad y de abatimiento, que son humanos y naturales. No obstante, gracias a la comunión de los santos y a la fraternidad que nos une, nos apoyamos unos en otros.

Que esta Semana nos haga más partícipes de esa humanidad doliente a la que estamos llamados a llevar la luz de la fe y de la esperanza.

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Acerca de Carmen Bellver

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