San Juan XXIII y San Juan Pablo II

Esta historia de dos santos al alimón es a mi juicio cerrar un círculo que llevaba abierto durante más de cincuenta años. El Papa que inició el Concilio Vaticano II, que hizo brotar un soplo de esperanza e ilusión en la Iglesia. Y el Papa que tomó las riendas para sujetar las bridas que se habían desbocado tras las huellas de ese Concilio. Por el medio nos dejamos al Papa de mi adolescencia, a Pablo VI, del que seguramente también deberíamos de hablar, por lo mucho que tuvo que sufrir los envites de ese Concilio.

Unir ambos Papa, tan dispares en personalidad y estilo en un día tan especial como el de la Divina Misericordia, me resulta una especie de guiño gracioso a todos los fieles. Los que idolatran personalidades, los que convierten en ídolos mundanos a personajes que se desgastaron por la Iglesia. No van a entender esta subida a los altares. Entre otras cosas porque muchos de ellos confunden la santidad con una especie de gloria mundana. Como si a uno le tocase la lotería. Porque por el camino todos somos conscientes de que hay multitud de santos anónimos. Y los invocamos en ese día especial de Todos los Santos.

A mí, sin embargo, me hace recelar que el Papa Francisco ha querido unir esas dos Iglesias que andan a la greña durante estos últimos tiempos. Los que convirtieron a Juan XXIII en un icono progresista revestido con ropajes que le iban adosando a su medida. Y que por el mismo motivo no pudieron perdonar a Juan Pablo II que mantuviese firme la nave de la Iglesia en una dirección que nos les gustaba.

La enorme secularización de la Iglesia es un drama que todavía anda abierto. Y que Juan Pablo II y Benedicto XVI supieron detectar. No se trataba de ser mundanos, al estilo protestante. No se trataba de rebajar el listón de la santidad personal. Sino precisamente de provocar la conversión de las almas con la fuerza de la gracia. Siendo conscientes de que las iglesias se seguirían vaciando, al mismo ritmo que bajaban las vocaciones y se duplicaban las secularizaciones del clero.

El choque cultural del siglo XX visto con perspectiva ha sido una larga noche oscura de purificación para la Iglesia. Que guiada por el Espíritu no ha sucumbido a la mundanidad sino que sigue mostrando un camino que algunos les parece difícil, pero que sigue los criterios del Evangelio.

Juan XXIII y Juan Pablo II fueron hombres de honda espiritualidad. Y por ello siguen siendo modelo de un estilo de vida que se aparta del pecado para donarse a Dios y cumplir su voluntad. El camino de cada cristiano sigue la misma dinámica. Tiene que saber renunciar a los atractivos del mundo que son obra del pecado, al mismo tiempo que vive con alegría los dones de la vida en el mundo.

Me gusta la idea de unir lo dispar. Un Papa tranquilo y un torbellino carismático que llenaba estadios, que hizo visible una fe de multitudes mientras se vaciaban los asientos de las iglesias. La síntesis de ambos nos introduce en una nueva dinámica, que con sabiduría pasmosa intuyó Benedicto XVI. Caminamos hacia una fe de minorías, más auténtica, menos sociológica, más comprometida y que tiene que llegar a ser fermento en la masa.

Algo se vislumbra en el horizonte. No todos los continentes siguen la misma dinámica. Porque a lo largo de dos mil años la vida de la Iglesia también ha florecido en rincones donde ahora está completamente aniquilada. Y sin embargo, también fecundó tierras nuevas, puso raíces en multitudes de países lejanos. Y seguirá floreciendo en los rincones más ignotos.

Por otra parte la vida religiosa en un mundo sociológicamente con las necesidades cubiertas tenía que renovarse. La educación obligatoria y laica les quitaba la formación de conciencias. Y ahora todo queda en manos de las parroquias y los laicos comprometidos. Porque la escuela concertada puede ser una opción de libertad religiosa para los ciudadanos. Pero dejará por el camino miles de almas sin una gota del agua de la gracia.

De manera que al estilo del Papa Francisco hay que hacer jaleo. Hay que saber moverse en todos los ámbitos, hacerse visibles y al mismo tiempo seguir siendo fieles al encuentro con Jesucristo. Y ese mismo mensaje lo mantuvieron Juan XXIII y Juan Pablo II. De manera que no caigamos en el juego de las dos banderas. Porque sólo hay una Iglesia y es la misma para ambos Papas.

San Juan XXIII y San Juan Pablo II seguid rogando por nosotros e intercediendo junto a todos los santos por la salvación del mundo.

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Acerca de Carmen Bellver

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