Europa cristiana y un solo mandamiento

Me impacta poderosamente el evangelio de hoy: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.» san Juan (15,12-17)

Dos consideraciones: primero que somos elegidos por Dios, lo cual no es un tema baladí. Estamos diseñados de manera amorosa y premeditada por el Señor. La segunda consideración es que nadie puede dar fruto si no es por la gracia de Dios. Lo poco o mucho que podamos hacer tiene su valor desde el mismo momento en que nos ponemos bajo la voluntad de Dios. No hay ningún atisbo de que las obras realizadas sean cosa nuestra. Más bien obedecen al plan de la divina providencia y a la docilidad del Espíritu. Por eso los frutos tampoco nos pertenecen, son directamente obra de Dios.

Por último se nos pide amarnos unos a otros. Y como muy bien sabemos por propia experiencia, el amor duele hasta lo más profundo del alma. Y si no duele, será un sentimentalismo pasajero. Porque el amor de Cristo es el del servicio y la entrega a los demás. Y esto no se consigue tampoco con el esfuerzo personal, sino con la oración y los sacramentos que son capaces de lavar la mugre de nuestro orgullo, soberbia, ira, envidias y demás sanguijuelas que día a día soportamos en nuestra propia carne.

El amor a los demás es desear lo mejor incluso a quien se considera tu peor enemigo. Es ser capaz de perdonar sin atisbo de rencor. Y ese listón está muy alto para poder superarlo sin la ayuda de la oración y los sacramentos. Hacer felices a quienes nos rodean es un don, un regalo del cielo, que no evitará momentos duros y complicados, pero que en última instancia sabe que se trata de eso, de hacer la vida agradable allí donde nos encontremos. De estar disponibles para hacer el bien, aunque no compartamos al 100% la fe o las ideas.

Volviendo al territorio de la diferencia entre lo que deseamos y lo que de verdad somos, nos podríamos derrumbar pensando que nunca vamos a conseguir ese amor a los demás. Precisamente porque confundímos el amor con un sentimiento de afecto y afinidad hacia el otro. Pero lo que nos enseña el Evangelio y concretamente la vida de Jesús. Es precisamente el que amor está más allá de las afinidades personales. Es capaz de ayudar a quién te ha perjudicado, difamado, perseguido o humillado. Y eso sólo es posible si ponemos dentro de nuestras prioridades a Dios como el centro de nuestra existencia.

Finalmente tenemos la consolación de saber que todo aquello que pidamos al Padre en el nombre de Jesús nos lo dará. Seguramente no de la manera que esperamos, ni por los caminos que habíamos imaginado. Pero sí con esa línea difusa que suele trazar la providencia por la que llegamos a encontrar que aquello que nos ha sucedido tiene el sello personal del Señor.

En estos tiempos tan convulsos donde resulta difícil distinguir lo blanco de lo negro. Hay sin lugar a dudas un camino que lleva a la Verdad por el que han transitado muchos creyentes antes que nosotros. Y ese camino nos reúne en una mesa común cada domingo para compartir lo bueno y lo malo que nos va sucediendo. Para ofrecer aquello que vamos realizando con la esperanza de que seguimos cumpliendo la voluntad de Dios.

En vísperas de unas elecciones generales para el Parlamento Europeo pidamos al Señor que abra los oídos a los sordos al clamor del sufrimiento de tantos y que devuelva la vista a los ciegos que son incapaces de ver que el bien común se construye superando las cicateras diferencias que todos partidos quieren imponer a los otros. Que el amor a la justicia triunfe ante la banalidad del mal. Y que nos volvamos a sentir orgullosos de las raíces cristianas de Europa.

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Acerca de Carmen Bellver

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